Una Europa sin tropas de EE UU
La retirada de 5.000 soldados de Alemania debe ser el principio del impulso definitivo para construir una defensa europea


Donald Trump no ha tardado en cumplir la amenaza pronunciada el miércoles pasado en Washington ante el canciller alemán, Friedrich Merz, de cambiar la relación bilateral entre ambos países surgida tras la II Guerra Mundial y reducir la presencia de tropas estadounidenses en Alemania. Apenas 48 horas después de esta amenaza, el Pentágono anunció el retorno a EE UU de 5.000 militares estacionados en territorio germano. Este movimiento hace finalmente real e inmediato el dilema existencial que el continente ya no puede eludir. Por un lado, es la constatación de que Europa no puede seguir dando por descontada la colaboración estadounidense en la defensa del continente, la clave de bóveda del equilibrio de seguridad hasta ahora; al mismo tiempo, le empuja a emprender una senda, que no acaba de encontrar, para avanzar en una defensa común más urgente que nunca.
La cifra no es importante en términos cuantitativos. En la actualidad, Estados Unidos mantiene estacionados en Europa unos 86.000 soldados, de los cuales casi 40.000 están desplegados en Alemania. Sin embargo, esas bases constituyeron durante toda la Guerra Fría un importante elemento de disuasión ante una potencial amenaza de Moscú. El comienzo de su desmantelamiento antes de que haya un reemplazo defensivo adecuado va más allá de lo simbólico y puede emitir una peligrosa señal de vulnerabilidad a Rusia.
En Europa ha cuajado el consenso de que es urgente concretar una defensa común, un consenso que se ha convertido en urgencia desde la llegada de Trump. La actual situación, semejante en términos militares a un protectorado de Estados Unidos sobre Europa, ha caducado desde un punto de vista político —por el divorcio de intereses decretado por Trump— y también estratégico, como evidencia una guerra de agresión en territorio europeo ordenada por el presidente ruso, Vladimir Putin. Pero ese consenso no ha terminado de producir resultados.
La tarea de asumir desde Europa la propia defensa tiene dos ramas. Por un lado, construir una capacidad tecnológica y militar real con una coordinación de capacidades industriales que hoy no existe; y en segundo lugar, establecer un mecanismo real de defensa común en el seno de la Unión Europea que además tenga en cuenta a Reino Unido. No es una mera cuestión de presupuesto. El gasto en defensa sin doctrina compartida puede generar grandes arsenales, pero no la necesaria capacidad estratégica.
Sería irresponsable caer en el error de pensar que Trump no va a cumplir hasta el final lo que dice. Es cierto que tiene trabas internas legales para sacar totalmente a los soldados estadounidenses de Europa y que no es la primera vez que habla de esa posibilidad. Pero es la primera ocasión en que ha dado un paso concreto. La estrategia negociadora de Trump consiste primero en crear confusión para a continuación desdecirse y buscar un acuerdo, pero Europa debe ponerse en lo peor y responder cuanto antes de forma igualmente concreta. Los retos son muchos. Además de la guerra en Ucrania, hay un atraso en aspectos como la inteligencia artificial. Europa está menos preparada para los nuevos modelos de enfrentamiento como los conflictos híbridos o la guerra cognitiva que otras potencias mundiales y especialmente China. Esto, y dotarse de unas fuerzas convencionales verdaderamente operativas solo será posible mediante un acción común y coordinada que debe comenzar cuanto antes. La retirada de EE UU ya no es retórica.


























































