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Columna

Dos zorros y un gallinero llamado OpenAI

Elon Musk y Sam Altman no son dos visionarios que luchan por el futuro de la industria; son dos oportunistas peleando a navajazos por el mismo botín

Dibujo de la vista en el juicio de Elon Musk contra Sam Altman, el pasado 30 de abril en Oakland, California. Vicki Behringer (REUTERS)

Hace 11 años, Elon Musk y Sam Altman crearon juntos una startup llamada OpenAI. Querían desarrollar una inteligencia artificial “segura y abierta” para salvar a la humanidad de la que Demis Hassabis estaba desarrollando para Google DeepMind.

Administrativamente, sería una organización sin ánimo de lucro porque, si buscaran maximizar ganancias, tendrían incentivos para priorizar velocidad sobre seguridad, lanzar sistemas peligrosos sin pensar en las consecuencias y concentrar demasiado poder. Cuesta imaginarlo. Iban a poner un fondo de hasta 1.000 millones de dólares de dinero propio, la mayor parte de Musk. La premisa oenegera les sirvió para seducir a ingenieros genuinamente convencidos del altruismo científico del proyecto, que se fueron de empresas como Google y Meta cobrando menos, pero sintiéndose mejor. También sirvió para conseguir acuerdos generosos con empresas como Nvidia, y para justificar el robo de miles de millones de contenidos protegidos. Cualquier cosa por la ciencia y la paz mundial. Dos años después, Musk quiso convertirla en un proyecto con ánimo de lucro y llevársela a Tesla. No le salió bien.

Hubo un pulso y ganó Altman, que se quedó con la empresa pero perdió su fuente de financiación. Pronto descubrió que entrenar modelos de IA es muy caro. En 2019 metió dentro de la ONG una entidad con fines limitados para atraer inversores. Ahora es una matrioshka llamada OpenAI Nonprofit que tiene dentro la entidad con ánimo de lucro que opera realmente el negocio —OpenAI Global LLC— y, dentro de esa, otra capa operativa llamada OpenAI OpCo. Pero vale 850.000 millones de dólares y quiere salir a bolsa.

Musk acusa a Altman, al presidente Greg Brockman y al socio Microsoft de incumplimiento de deber fiduciario y violación de una estructura benéfica y quiere 134.000 millones, la decapitación de Altman y Brockman y que vuelva a ser una ONG. Todos saben que no tiene posibilidades, pero no ha habido tanta expectación desde que Zuckerberg le explicó al senador de Utah cómo ganaba dinero ofreciendo servicios gratis ("senator, we run ads"). Sabemos que destapará secretos de dos de los hombres más poderosos del mundo y sus monstruosos imperios en expansión.

No hay lado bueno: es el Joker contra el duende verde, Lex Luthor vs. Doctor Doom. Musk dice que ideó el proyecto, lo financió, le puso nombre y la “ideología”. Invirtió menos de 40 millones pero trajo lo más importante: Ilya Sutskever, el arquitecto de GPT. Altman se quedó el proyecto no fue “consistentemente franco en sus comunicaciones” y tampoco trabajó por el bien común. Pero la persona que convirtió OpenAI en un éxito fue Sutskever, que los desprecia a ambos y dejó OpenAI en 2024 para fundar Safe Superintelligence, una empresa de IA centrada en la seguridad. Los arquitectos de esta revolución —Sutskever y Hassabis— saben que, de ser posible, la inteligencia general no es una propiedad emergente de la arquitectura actual, por más servidores, unidades gráficas y electricidad que le echen al caldo. Este juicio no tiene nada que ver con el futuro ni con la IA. Su único propósito es destruir a Sam Altman antes de que pueda salir a bolsa, para satisfacer el resentimiento de su archienemigo y eliminar competición.

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