Enriquecer la conversación
En muchas sociedades hablar de dinero sigue considerándose poco elegante, como si poner cifras sobre la mesa arruinara algo delicado


Una mañana cualquiera, una escritora recibe un correo con una propuesta para participar en un “espacio de conversación abierta y reflexiva” sobre “la construcción de la autonomía”. La invitación incluye todo lo imprescindible: un hotel solvente y sofisticado, un tema que no entiende nadie, pero suena relevante y una promesa vaga de “diálogo cuidado”. Es, en definitiva, una invitación llena de detalles, pero que pasa por alto uno importante que, como suele ocurrir, la autora tiene que averiguar en un segundo correo. En él, en un gesto radical de conexión con la realidad material, pregunta: “¿Cuál es la remuneración?“.
Podría resumir la respuesta, pero merece la pena copiarla porque la escritora, claro, soy yo. Dice así: “En este caso, no contamos con una remuneración económica, ya que la propuesta busca ser un espacio íntimo y cuidado, más tipo conversación que mesa redonda al uso. La idea es generar un momento agradable para pensar en voz alta y disfrutar de un diálogo con X, cuyo perfil cuenta con una comunidad consolidada (623K) y puede enriquecer mucho la conversación”. El argumento implícito es impecable: no te pagamos, pero hay mucha gente mirando cómo no te pagamos.
Fuera del ámbito cultural, estos asuntos suelen resolverse de forma bastante menos poética. No sé si un fontanero, cuando es requerido para cubrir unas humedades en el baño, se plantea si va o no a ser remunerado. Ni si el peluquero, ya tijeras en mano, ha inquirido antes, con voz baja para no incomodar, si aquello tenía algún tipo de compensación. Cuando recibo este tipo de correos, siempre fantaseo con invertir los términos y pedir un servicio —ese ruidito del coche, ¿me lo arregla?— y decir que lamentablemente no dispongo de presupuesto, pero que tengo un Instagram con mucha visibilidad, y a ver qué pasa.
La realidad, sin embargo, no se queda muy lejos de esa fantasía. Hace ya muchos años me invitaron a ser jurado de un premio literario en el que tenía que leer la nada desdeñable cifra de 40 libros. Después de habernos cruzado varios correos con el organizador, me confesó que no estaba remunerado, pero que, en agradecimiento, me mandarían un obsequio. Rechacé la invitación argumentando —muy amablemente— que creía en un modelo de cultura en el que se pagaba por el tiempo dedicado a las tareas. ¿Que si volvieron a llamarme de esa misma institución? Pueden imaginar la respuesta.
Si esto que cuento ocurriera en casos aislados no merecería convertirse en columna, pero en prácticamente todas las propuestas que recibo —y en las que comentamos entre compañeros de profesión— el tema económico raramente aparece en el primer correo. Averiguarlo se convierte en una prueba de obstáculos y, sobre todo, en algo que hay que preguntar de manera sutil. En muchas sociedades —y en España con especial empeño— hablar de dinero sigue considerándose poco elegante, demasiado directo, casi una descortesía. Como si poner cifras sobre la mesa arruinara algo delicado. Funciona como una convención no escrita: primero conectamos, generamos afinidad, nos reconocemos en el entusiasmo compartido… y ya si eso, más adelante, vemos.
El pasado verano me invitaron a una mesa redonda (también con su pequeña gincana para averiguar el pago) y, una vez allí, un compañero con una trayectoria muy similar a la mía, comentó con naturalidad que era una suerte que nos pagaran tan bien en ese caso, y menciono la cifra: 800 euros. Gracias a eso supe que a mí me habían ofrecido la mitad. Pude reclamar, escribir un correo amable en el que remarcar la diferencia de honorarios y pedir una explicación. ¿Volverán a llamarme de esa misma institución? Pueden imaginar la respuesta.
No es solo una cuestión cultural. También hay un interés claro en que no se hable de dinero: cuanto menos se sabe, mayor es el margen para ajustar a la baja. Pero la opacidad no favorece a nadie. Sabemos que en entornos donde hay mayor transparencia salarial —donde se sabe quién cobra qué: un artículo en un medio determinado, un coloquio, la presentación de un libro, una mesa redonda, una colaboración en la radio— las desigualdades se reducen y es más difícil que alguien cobre la mitad por el mismo trabajo sin saberlo. Quizá en otros ámbitos laborales todo esto esté más tipificado, pero en el mundo de la cultura la conversación sobre el dinero sigue rodeándose de silencios. Si habláramos de ello con naturalidad, sabríamos quién cobra qué, habría referencias claras y sería más difícil colar propuestas sin presupuesto. Si bien es cierto que no todo tiene que pagarse siempre, porque hay proyectos pequeños, iniciativas independientes o instituciones sin recursos donde una decide participar sabiendo que no hay dinero, incluso en esos casos, lo razonable sería que eso se dijera desde el principio, con claridad, y no como una revelación tardía disfrazada de amabilidad.
Lo más inquietante es que hemos terminado normalizándolo. Nos han entrenado para cobrar en prestigio simbólico: visibilidad, networking, comunidad y, a pesar de que todo eso puede tener valor, muchas veces funciona como sustituto emocional del dinero. Sin embargo, la incomodidad sigue recayendo en quien pregunta, como si insistir en cobrar fuera una falta de elegancia, cuando en realidad es, simplemente, no trabajar gratis. Así que la próxima vez que me hablen de enriquecer la conversación, diré: primero hablemos de dinero.


























































