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columna
Opinión

Nadie piensa en esa mujer

Los barrios invisibles de las periferias o algunos centros históricos apenas aparecen reflejadas en la prensa nacional

Una de las mujeres afectada por la regularización de inmigrantes aprobada por el Gobierno, el pasado enero en Madrid. Candela Ordóñez

Uno va por la vida viendo la realidad con las gafas de esta columna, intentando que la ideología no le distorsione la mirada como si padeciese vista cansada. Era sábado. Paseábamos por una capital de comarca. No una pequeña ciudad, tampoco un pueblo pequeño. Va camino de los 18.000 habitantes, el volumen de población más alto de su antiquísima historia. Habíamos quedado con una joven periodista que trabaja en Barcelona y los fines de semana regresa a la que considera su casa. Hicimos tiempo andando por la vieja muralla, restaurada gracias a una potente inversión del Departamento de Cultura de la Generalitat (fueron casi 900.000 euros), y luego nos acercamos a una iglesia situada sobre una colina. Se veía el campo, qué verde era mi valle, alguna industria. Era la hora. Nos orientamos con el móvil para llegar al lugar de la cita. Estábamos en la zona que siempre había definido la identidad de la localidad, pero esa identidad se ha ido desfibrando porque muchos de los vecinos de toda la vida han ido a vivir a la parte moderna.

Entonces, la vimos. Era una anciana que salía de su casa. La puerta estaba entreabierta, curioseamos, podía intuirse el mobiliario ocre y anticuado de la menestralía rural. Una calle empinada, pocas tiendas, edificios envejecidos, los equipamientos del bienestar a escala local no están cerca. Las casas colindantes, cuya reforma costaría un dineral, parecían deshabitadas o en ellas residían vecinos que han llegado en búsqueda de prosperidad durante los últimos años. Allí 4.899, según datos oficiales, han nacido fuera de España. ¿Cómo descifraba su nueva realidad aquella vieja mujer? No debe ser cómodo vivir allí. Minutos después nos sentábamos para tomar una cerveza en la terraza de un bar en una plaza porticada. La periodista lo confesó resignada: algunos de sus amigos votarán xenofobia.

Hace medio año el Consejo Económico y Social aprobó el informe La realidad migratoria en España. Desde que lo presentó oficialmente, junto a la a ministra de Inclusión, Seguridad Social y Migraciones, el economista Antón Costas —presidente del CES, un referente ético— ha hecho una gira por distintas capitales para explicar su contenido. Es muy necesario. Costas explica que nuestro país, en comparación con los socios europeos, nunca había sido temeroso con la inmigración, sino más bien acogedor.

“Sin embargo, esta excepcionalidad se está acabando”. Ya es nuclear en las campañas electorales, en los pactos de gobierno. En el informe se explicita que este cambio se está produciendo, entre otros motivos, por la inexistencia de una contranarrativa convincente que desactive el magnetismo de los discursos del odio en estos tiempos de brutalización de la conversación pública. En muchas ocasiones lo que ocurre es que, de forma reactiva, se interviene en una discusión “sin articular una contranarrativa que permita comprender la realidad desde una perspectiva alternativa y, lo que puede ser aún más problemático, adoptando ciertos supuestos que refuerzan los discursos de odio”. En las presentaciones Costas se refiere a los “puntos negros” que demasiadas veces no se ven en columnas tan confortablemente cosmopolitas y progresistas como esta: los barrios invisibles de las periferias o algunos centros históricos de grandes ciudades o localidades intermedias que apenas aparecen reflejados en la prensa nacional. Lugares donde se cruza el envejecimiento con la nueva migración sin que se hayan fortalecido los servicios públicos ni haya mecanismos para la construcción de vínculos vecinales. En la calle donde vive esa mujer con su desazón y que vimos un segundo mientras paseábamos un día y ella, sola en su calle, sentía que se estaba quedando sin sociedad. Allí donde la democracia puede fallar en su promesa de fraternidad.

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