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tribuna

Alfabeto del macho alfa

Sobre los animales siguen circulando simplificaciones, que algunos usan para justificar sus ideales sociales

Fernando Vicente

De madrugada el despertador taladra nuestros sueños. Es el heraldo chillón de los horarios y las obligaciones, de las tareas nuestras de cada día. En esos instantes todavía oníricos, entre bostezos, alguien añora tal vez una vida sin jefes ni imposiciones. En lugar de legañas y atascos de tráfico, imagina un mundo a su mando, una vida sometida solo a su voluntad. Y mientras acalla a la fiera aulladora que da la hora desde la mesita de noche, fantasea con parecerse a esos animales salvajes y pletóricos que aterrorizan la selva. Al parecer, existen tantos hombres deseosos de encarnar la quimera del macho alfa que ha nacido un nuevo negocio: el mercado ofrece campamentos de endurecimiento para padres e hijos, concebidos por gurús del ramo. Prometen largas tandas de flexiones, baños en agua helada y rutas reptando entre barrizales y alambradas, amenizadas por arengas de marines retirados, todo incluido. Garantizan la inmediata transformación en un tipo duro y triunfador, un auténtico jefe de la manada.

Somos carne, hueso y fantasías. Pensamos el mundo y, en algún momento misterioso, las teorías se impregnan de nuestras burbujeantes ilusiones. El concepto del macho alfa empezó siendo una descripción estrictamente científica, pero brincó al territorio anhelante de las aspiraciones. En el camino se forjó un gran malentendido. El primatólogo Frans de Waal, que contribuyó sin pretenderlo a construir el mito, señala que la expresión se refería a los lobos, luego incluyó a los primates, pero no se aplicaba a los humanos. Todo cambió cuando su libro La política de los chimpancés catapultó el concepto al torrente de las revistas, los vídeos y los discursos sobre el liderazgo agresivo. La biología parecía refrendar un viejo sueño de poder. Había nacido un arquetipo social: el hombre arrogante y avasallador que domina intimidando a sus competidores.

Desde entonces, De Waal ha intentado rebatir esos estereotipos falaces. Explicó que en cada grupo de primates hay un macho alfa, pero también una hembra alfa; ambos no se excluyen y a veces trabajan juntos. Contra la idea extendida, el macho de mayor rango no es el más grandullón. La posición en la cima no se dirime en la cruda lucha, sino a través de un proceso político que depende de coaliciones. Si el cabecilla resulta demasiado violento —a veces triunfan tiranos y matones—, alguien suele desafiarlo y los demás apoyan la revuelta. En la naturaleza, el macho alfa ideal protege a los desvalidos, detiene peleas y mantiene al grupo unido. Hay diferentes tipos simultáneos de poder: las imponentes abuelas alfa ejercen el mando por sus conocimientos, carisma y redes de apoyo. De Waal lamentó que una lectura interesada modificara el sentido del término en la primatología. “Deberíamos volver al significado original, el del líder responsable macho —y muy a menudo hembra— que vela por la convivencia. Esa tontería sobre demostrar quién es el jefe siendo autoritario, obtuso y egoísta para quedarse con las chicas es una equivocación".

A lo largo del tiempo, una y otra vez hemos mirado a otras especies animales para entender quiénes somos. Más egolatría que biología: siempre se trata de nosotros. Ya en las fábulas del griego Esopo, animales antropomórficos encarnan nuestros rasgos y pasiones: el zorro es astuto; el burro, estúpido; el león, rey todopoderoso; el lobo, rapaz y traicionero; la cigarra, indolente y poco previsora; la oveja, ingenua. Estos personajes ofrecen una mirada con moraleja sobre la humanidad, pero nada revelan sobre esas especies. El escritor hondureño guatemalteco Augusto Monterroso escribió, entre otras fábulas contemporáneas, El mono que quiso ser escritor satírico. En ella, el mico —y cómico— protagonista asiste a todos los cócteles de la jungla para observar por el rabillo del ojo a sus congéneres animales mientras unos y otros, copa en mano, charlan sobre política internacional. Le abrían las puertas de los más elegantes salones selváticos porque era gracioso y entretenía a todos con sus piruetas. Y así —escribe Monterroso— llegó a ser, entre la fauna, “el más experto conocedor de la naturaleza humana”.

Sobre los animales siguen circulando simplificaciones, que algunos usan para justificar sus ideales sociales. Si los machos alfa de los chimpancés no son como pretenden ciertos gurús, tampoco las hembras reales se amoldan al estereotipo de criaturas pasivas, menudas, desvalidas o complacientes. En su ensayo Hembras, Lucy Cooke, especialista en Zoología, describe sociedades animales dominadas no por machos, sino por hembras que van desde el tipo más benevolente hasta el más brutal. Despliegan un fascinante espectro de anatomías y conductas. Pueden competir entre sí con saña: las antílopes topi se enzarzan en feroces batallas por los machos más deseados, mientras las matriarcas suricatas son el mamífero más sanguinario del planeta. Existen arañas hembra caníbales que se comen a sus amantes como tentempié después del coito, o lagartijas que prescinden de los machos y se reproducen por clonación. El animal más grande conocido es la hembra de la ballena azul —que supera al macho de su especie—. Un ejemplar capturado en las islas Georgias del Sur medía 30 metros de largo y pesaba 173 toneladas: tres veces la longitud de un autobús de dos pisos y más de trece veces su peso.

Según Cooke, observar con verdadera atención a los animales enriquece nuestra visión de lo que significa ser hembras. Se documentan madres cariñosas, pero también otras que se desentienden de la descendencia. En la mayoría de especies de peces, los padres se encargan solos del cuidado de las crías, mientras las madres desaparecen para siempre. Algunos machos, como el del caballito de mar, incluso dan a luz. Tras el cortejo, la hembra deposita sus huevos en el saco de crianza del macho, donde este los insemina. Diversas investigaciones recientes revelan que el carnoso saco del macho se asemeja mucho a un útero.

Solemos contemplar el reino animal a través del prisma de nuestra existencia más bien limitada —y usarlo para limitarnos todavía más—. Muchos creen que la naturaleza enseña a las sociedades humanas lo correcto: es la falacia naturalista. El error consiste en convertir una descripción en prescripción moral o política. Hay machos que devoran a las crías de una hembra para aparearse con ella, o hembras que se zampan a su pareja sexual. Sucede en el seno de la madre naturaleza, pero eso no lo convierte en pauta de conducta. No es cierto que lo natural sea siempre bueno y lo cultural no: en la vida salvaje pueden devorarte vivo, pero no te graduarán unas gafas ni recibirás un trasplante de corazón.

El estudio de las especies vivas demuestra que, lejos de las expectativas estrictas y obsoletas, el abanico de conductas es variopinto y dinámico. Sea lo que sea lo que busques, encontrarás algún ejemplo en apoyo de tu posición. Existe la competencia descarnada, pero también abunda la colaboración. Las características de los animales, tan variadas como plásticas, no ofrecen un modelo unívoco. O más bien sí: de capacidad para transformarse, perpetuo ajuste y lucha por la supervivencia. Machos y hembras, hombres y mujeres nos parecemos en la asombrosa diversidad que podemos desplegar. ¿Qué es la bravuconería alfa? Un delirio fanfarrón, una sombra, una ficción. Antes de creer en energías masculinas y femeninas, Frans de Waal reclamaba que aprendamos biología: será una revelación e incluso una revolución.

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