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COLUMNA

Miguel Yuste, 40

Así, a lo tonto, llevo cuatro décadas en una redacción en la que todo periodista quisiera trabajar y, quien lo niega, miente

02:15
La primera redacción de EL PAÍS 50 años después
Equipo fundador de El Pais, en el centro, Juan luis Cebrián, direMctor e 1976 , a su derecha, el director actual jan Martínez Ahrens. Foto: Bernardo Pérez | Vídeo: EPV

El edificio de EL PAÍS en Madrid, España, Unión Europea, es un mamotreto feo como él solo plantado al final, o al principio, según se mire, de una cuesta del demonio camino del Metro Suanzes. Hace medio siglo, semejante artefacto era directamente un ovni en un polígono atestado de empresas de artes gráficas, mecánicos con el mono azul mahón de motores Perkins, los operarios de la fábrica de los CETME, los fusiles de la mili y, a tiro de piedra, los primeros yonquis del parque de San Blas buscándose la vena. En ese páramo, a tomar viento de los centros intelectuales y de poder del inmediato posfranquismo, un grupo de jovenzuelos liderados por un empresario ilustrado levantó de la nada un periódico que, el 4 de mayo de 2026, cumple 50 años molestando. Entre los fundadores había gente de todo pelaje. De notables hijos del Régimen y progres de barbas bíblicas y faldas hippies, a un motorista analfabeto al que, cuando iba a recogerle el artículo a casa a algún columnista de barrio fino, le salía al rellano un vecino armado con un bate al grito de “comunistas, hijos de puta” sin que se les moviera una ceja ni a uno ni a otro.

Era aquella una Redacción burbujeante, dominada por una escandalera de teléfonos, gritos, exabruptos y señores y señoras aporreando las máquinas de escribir como si quisieran asesinar a alguien, o cambiar el mundo a yemazos, fumando cual chimeneas y con una botella de priva en la cajonera apoyada sobre la moqueta infectada de ácaros con certificado de empadronamiento. Luego vino el éxito súbito. Los años de poder y rosas. El narcotizante sueño de los laureles. Los roces. Las crisis. Las debacles. Las heridas que aún sangran en cuanto las tocas.

Pero también vino, habita ahora mismo entre nosotros, una legión de jóvenes con dos másteres, cuatro idiomas, los oídos ocluidos por auriculares, la tripa al aire y la cantimplora de agua en ristre, que, lo mismo te miran como si vinieras de Atapuerca si te suena el teléfono, que te escriben y te suben a la web una pieza impecable desde el móvil mientras lo que sea que cuenten está sucediendo ante los septums de sus narices. Alrededor, los impresores, mecánicos, fusileros y yonquis han mutado en empleados y clientes de centros de datos, hoteles y cafés cuquis, adictos a los ansiolíticos y, ay, una residencia de mayores hasta la que casi te puedes tirar en tirolina desde tu mismísimo puesto de trabajo cuando te llegue la hora de dejar un periódico donde todo periodista quisiera trabajar y, quien lo niega, miente. Así, a lo tonto, llevo casi 40 años currando en Miguel Yuste, 40. Aún no me lo creo.

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