

Empatizar demasiado puede llegar a ser un problema. Koldo García no lo vio venir o eso ha querido vender al Tribunal Supremo. El mayor de seis hermanos, se echó la casa a cuestas. Trabaja desde los nueve años. En lo que haga falta. Ebanista, agricultor o escolta. Fue estudiando como pudo lo que pudo. No le fue mal. Escaló hasta convertirse en asesor, y no de cualquier ministerio, no, del que más presupuesto manejaba. Pese al ascenso social, nunca olvidó sus orígenes y, allí donde se le necesitaba, estaba. Desaliñado, encorvado y cargado de papeles (que apenas ha tocado), por momentos parecía que iba a ponerse en pie, rasgarse las vestiduras y salir volando con su capa de superhéroe. Afortunadamente, no ha habido que verle en mallas.
Como con todo en su vida, con Ábalos empezó desde abajo. De conductor, a chico para todo y, finalmente, asistente personal. Lo mismo le compraba tabaco, que le ingresaba el dinero de la hipoteca o le ayudaba con sus líos de faldas, que daban no poco trabajo. Es que “José”, con lo que fácil que era de contentar ―“con un huevo frito se conforma”―, tenía mala suerte. Llega a ministro de Transportes y le cae una pandemia. Encima, le colocan el marrón de centralizar la compra de mascarillas. “Koldo, vuélcate, que llegue el material sanitario”, le dijo. Pues manos a la obra. Él, casi solo en el ministerio, criba que te criba todas las ofertas que llegaban. Cientos, miles, millones. Y “había muchísimas estafas”. La gente mandaba “un folio con un teléfono y un correo electrónico”. Increíble. Él hizo lo que buenamente pudo, pasó las que parecían fetén y dejó que la gente que sabe, los técnicos, decidieran. Cuando la cosa ya estaba en marcha, siguió pendiente. Si había que hablar con China a las 3.00 de la madrugada, se ponía el despertador y a llamar a quien fuera. “¿Cómo, que el avión va a venir vacío?“. De ninguna manera. No bajo su responsabilidad. Y ahí que llegaron las mascarillas, en cajas amarradas al cinturón de seguridad, cada una en su asiento, cual pasajero. También había que recibirlas, eran ”las primeras” que llegaban a España. Otra vez, ahí estaba Koldo. Cámara en mano para inmortalizar el momento. Y, “oye, a sacarlas rapidito y mandarlas donde haya que mandarlas, que la gente las necesita”.
“El señor ministro” tampoco era afortunado en amores. Mira que lo intentó e intentó pero todas le salían rana. La mujer era “muuuy complicada”. No quería que le pagara ni un euro a los vástagos que no hubiera engendrado ella. No pasa nada, Koldo resolvía y le ingresaba la manutención mensual al pequeño de los Ábalos. En estas estaba cuando el “jefe” conoció a otra chica, Jésica. Se la presentó Víctor de Aldama (favorazo). Con ella veía “una vida juntos” pero la joven también tenía sus cosas. Otro quebradero que el bueno de Koldo se ocupó de mitigar. Le había hecho la boca un fraile. ¿Un piso, un trabajo, unos pendientes? Solucionado. Todo a costa de “favores” de amigos y hasta del dinero de su propia hija. Su trabajo era “quitarle dolores de cabeza” a Ábalos y ella ya amenazaba con airear los trapos sucios. ¡Hasta ahí podíamos llegar! La vida privada es sagrada.
Por “Jose” se desvivía, no había duda. Le debía mucho, aunque al final el ministro también le acabó debiendo a él, entre 30.000 y 40.000 euros para ser concretos. Pelillos a la mar. Ya harán cuentas (más ahora que tienen tiempo, en Soto del Real). Jamás olvidará la oportunidad que le dio, aunque le haya arrastrado al banquillo. “Le estaré toda mi vida agradecido”, ha asegurado. Ábalos no podía más que responder a sus palabras con una mirada casi paternal. “Con lo que hemos vivido...“, parecía decirle con los ojos (cuando estaban abiertos).
La verdad es que, por mucho que idolatrara a su Quijote, no era caso único. “Si alguien me dice que tiene un problema, echo a correr y me pongo a ayudar”. Y si era una empresa española, más. Y si era para salvar vidas españolas, aún más. Ese espíritu solidario, le llevó a ser ¿colaborador?, ¿confidente?, ¿espía? de la Guardia Civil. Por eso tenía hasta 27 teléfonos móviles y manejaba tanta “chistorra”, aunque alguna sí lo era. Todo por la patria. También movía currículums, que en la empresa pública hay mucha vacante, que pagan mal. Además, iba con el bolsillo abierto, cargado de billetes ―que efectivo le sobraba―, para dar limosna a quien pidiera. Alguna bronca le costó con su señora. Un incomprendido. Su “obligación” era “ayudar”. “¿Si no, para qué estaba yo?“.


























































