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'Caso Koldo'
Análisis

Los consejos del abuelo

Aldama, actor protagonista del primer acto de la obra ‘Mascarillas’

El empresario Víctor de Aldama a su llegada al Tribunal Supremo para declarar como acusado en el juicio por las mascarillas.Daniel Gonzalez (EFE)

El edificio que acoge al Tribunal Supremo ha sido varias cosas en sus siglos de historia. Palacio, convento y, ahora, teatro. Al menos eso parecía este miércoles. Un teatro de estreno, con público y todo haciendo cola para no perder asiento en primera fila. Merecía la pena. La obra Mascarillas llevaba semanas ensayándose ―desde el 7 de abril para ser exactos―, los actores (acusados, abogados, fiscal) pululaban por ahí preparando el terreno para el gran día. Ese en el que, lógicamente, ha habido puesta de largo. Víctor de Aldama, protagonista del primer acto, se ponía corbata (de lunares) por primera vez. También chaleco y pulseras por doquier. La crucecita en la solapa era la de siempre, un amuleto prestado por la mujer que le arregla los zapatos. El vestuario, como todo buen disfraz, era una ilusión. Escondía una metralleta que ha disparado con ganas.

El objetivo era otro edificio, La Moncloa. En una interpretación soberbia, que solo ha hecho aguas cuando las defensas han resaltado algunas “contradicciones”, que el tribunal ya ha anticipado que no son tales ―que nadie se preocupe―, Aldama se ha proyectado como un hombre hecho a sí mismo a partir del consejo que ha moldeado su vida, el que le dio su abuelo: “El mejor negocio se hace con el dinero de los demás, no con el tuyo”. ¿Y dónde hay más dinero de titularidad más difusa?, debió pensar él. En lo público. Y allí que se fue, a buscar la gracia de otro emprendedor, Koldo García, arrimado al núcleo del poder: José Luis Ábalos y el mismísimo “Pedro” (Sánchez).

Primero tuvo que presentar credenciales. Para eso tiró de amigos mexicanos, que venían con frecuencia a “pasear” a la doña por España. Un viaje allende los mares y varias “señoritas” después le consiguieron el pase VIP. Metida la cabeza, empezó el business. Él nunca tuvo mochila (lo puede jurar y aportar testigos) pero ahora la necesitaba porque con tanta mordida, suya y de constructores y de todo el que estuviera dispuesto a soltar billete, los sobres no daban abasto. Así que se compró una, pero de categoría, oiga, que el personaje lo pedía a gritos, marca Montblanc. Otro disfraz, porque albergaba una vulgar bolsa del Carrefour. La cosa es que iba preñada de dinero. Le cabían unos 250.000 euros. ¡Menuda matriosca!

Ya con el equipamiento adecuado, comenzó su peregrinación para repartir efectivo cual cajero. Al Ministerio (por la puerta de atrás), a casa de Ábalos, a donde Koldo le dijera (este gustaba más de bares)... Hasta le pidieron para el PSOE, dice. Total, que tanto repartió que sin dinero se quedó. Y hubo que mandar emisarios a República Dominicana, donde tenían buen cash. Ni por esas. Él, que es hombre de palabra, no podía consentirlo. Con la ayuda de Koldo, ser de buena voluntad pero poca finura, idearon nuevas formas de avivar el fuego. Casas varias, incluida una soñada en la Costa del Sol, y las “señoritas”, siempre las “señoritas”, porque también había fuego carnal. Demasiado, para el gusto de Aldama.

De hecho, la cosa se acabó yendo de madre. Ábalos, defenestrado sin haber trincado casa en propiedad. Mal asunto, que ya se sabe cómo está el mercado inmobiliario en Madrid. “No les cuento con gato a cuestas”, que diría una. Koldo, mendigando trabajo y la amistad entre ellos rota, destrozada. ¡Con lo que habían sido! Qué solo les faltó acostarse y terminaron llegando a las manos. Y, lo peor, él enredado en todo esto. Se arrepiente, asegura, en una escena final donde amaga una lagrimita que no termina de parir (por lo que sea). “Si Ábalos en vez de ministro hubiera sido fontanero...”, apunta una abogada. “Pues evidentemente no estaríamos aquí”, completa el presidente del tribunal. Esa habría sido otra historia, sin duda. Pero es que Aldama se emperró en seguir el consejo de su abuelo y en estas se ve. No le queda más remedio que colaborar con la Justicia. Y lo que queda, avisa su abogado. Se baja el telón. Atentos al siguiente acto. Pasen y vean.

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