Peligroso tiempo muerto en Irán
El empantanamiento de las negociaciones entre Washington y Teherán abre nuevas amenazas de inestabilidad cada día que pasa


Las negociaciones de paz que no terminan de arrancar entre Estados Unidos e Irán, con la reapertura del estrecho de Ormuz como objetivo más urgente, han entrado en un tiempo muerto indefinido. La consecuencia, cada día que pasa, es la prolongación del paulatino pero constante estrangulamiento del corredor de los hidrocarburos de Oriente Próximo y, con él, la posibilidad de una recesión mundial. No hay señales de un mínimo acuerdo que permita no ya una imposible vuelta a la normalidad, sino al menos la reapertura del flujo del petróleo por el estrecho. Este silencio coyuntural de las armas puede generar una impresión de cese permanente de las hostilidades. Sería ilusorio, y peligroso.
Un factor que explica la parálisis es que Israel ha dejado fuera de la ecuación de la paz al Líbano y bajo el pretexto de combatir a Hezbolá, la guerrilla armada proiraní omnipresente en el país mediterráneo, continúa los bombardeos contra infraestructuras y edificios civiles, y avanza sin resistencia en su proceso declarado de ocupación por la fuerza del 10% de territorio libanés. Es evidente que el régimen de Teherán ha sobrevivido al descabezamiento de su cúpula y ha redoblado la violenta represión interna. Además, está obteniendo un respaldo cada vez más abierto de Rusia, superpotencia nuclear que recibe un significativo suministro de drones iraníes para su campaña en Ucrania. La recepción en Moscú al ministro de Exteriores iraní, Abbas Araghchí, por parte de Vladímir Putin va mucho más allá de lo simbólico.
Las economías ricas, mientras tanto, revisan a la baja las previsiones de crecimiento, y las pobres afrontan el riesgo de catástrofe alimentaria, según ha advertido la FAO. Teherán y Washington se han embarcado en un desesperante juego del gato y el ratón en el que Irán ha tomado la palabra a Trump, que le exigía un plan de paz, y ha presentado una propuesta en tres etapas rechazada enseguida por el mandatario estadounidense. Según el plan iraní, en la primera fase habría un cese de las hostilidades estadounidenses e israelíes no solo contra Irán sino también contra Líbano. En la segunda, se acordarían las condiciones de reapertura de Ormuz. En la tercera, se abordaría la cuestión nuclear. Trump, sin embargo, considera que el acuerdo para evitar un futuro nuclear de Irán es prioritario. Es el mismo Trump que en 2018, nada más llegar a la Casa Blanca, desechó un acuerdo en ese sentido firmado por su antecesor, Barack Obama, tras años de laborioso esfuerzo diplomático.
Entre los efectos colaterales de la irresuelta tensión bélica, Emiratos Árabes Unidos (EAU) anunció este martes que abandona la OPEP, el cartel de los mayores productores de petróleo. Además del efecto sobre el control de precios del crudo, EAU abre una división en una región que con prudencia se ha negado a entrar la lógica de la guerra pese a los ataques de Teherán. Paradójicamente los ayatolás y Trump coinciden en su querencia por implicar a más países en la guerra y, si bien Emiratos no lo hace, la decisión abre una brecha en la región que va a ser difícil cerrar.
Lejos de disminuir, la crisis desatada por Trump en Oriente Próximo activa otros escenarios que pueden complicar la resolución de un conflicto cuyas repercusiones globales se agravarán a medida que pasan las semanas. EE UU e Irán estaban dispuestos a sentarse a hablar en Islamabad con todas estas piezas en juego. Tienen que hacerlo antes de que se abran más derivadas imprevisibles, para la región y para el planeta.


























































