Todo lo que perdemos sin las bibliotecas
Los trabajadores de las bibliotecas públicas de Barcelona estarán en huelga indefinida cada sábado contra los horarios abusivos y la falta de reconocimiento


No se qué habría sido de mí sin las bibliotecas públicas. Crecí en un piso ruidoso y sin libros heredados. Mis primas vivían en el piso de abajo y nos pasábamos la vida gritándonos desde la galería. El silencio, menudo exotismo, cotizaba altísimo; así que cuando descubrí un lugar en el que poder estudiar sin que nadie me sobresaltase cada tres minutos, experimenté lo más cerca que voy a estar de una revelación mística. Pasó en 1999, cuando inauguraron la biblioteca de La Bòbila de L’Hospitalet, la primera del barrio. Aquel fue mi oasis de emancipación, mi refugio político adolescente. En sus salas de estudio nocturno me preparé la Selectividad y en sus escaleras mis amigas y yo no solo declinábamos en alto el rosa, rosae, rosam, sino que compartimos el desconcierto adolescente llorando y riendo por tíos idiotas.
La Bòbila fue la primera de muchas. En las mesas de otras repartidas por Barcelona me saqué dos carreras, un posgrado y varios novios efímeros, porque en las bibliotecas se juegan intensísimas partidas de miradas, flirteo y deseo. Ansiando un silencio que no encuentro en la Redacción, en la de la Vila de Gràcia he acabado muchas de estas columnas. En la Agustí Centelles del Eixample conocí a Enrique Vila-Matas. En La Cooperativa de Malgrat de Mar escribí parte de mi primer libro. Tengo un amigo que vive en Berlín pero está sacándose las oposiciones y cada vez que viene a Barcelona me va dando consejos sobre las que va visitando en jornadas de concentración máxima —está totalmente rendido a la García Márquez de Sant Martí—.
A las bibliotecas hay que cuidarlas porque, como escribió Jorge Luis Borges, son lo más parecido a algún paraíso. Y las públicas son nuestro gran milagro colectivo. Todas las escritoras que me interesan han defendido ese vínculo irrompible. La Nobel Annie Ernaux contando cómo le cambió la vida la de Rouen en sus primeros años de formación. Susan Orlean dedicándoles un libro y dejando escrita esa verdad de que de una biblioteca pública “siempre se sale más rica de lo que se ha llegado”. En la de Drancy, a las afueras de París, una pequeña Maryam Madjidi encontraría el material para creerse escritora y su frase talismán de Simone de Beauvoir: “Construiré una fuerza en la que me refugiaré para siempre”. Todo esas vivencias contenidas ahí dentro, en nuestros auténticos palacios del pueblo.
Ali Smith, @oyesherman, Míriam Cano i @Marc_Giro també defensen les biblioteques públiques.
— Defensem Biblios Bcn (@defensembiblios) April 23, 2026
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El sociólogo Ray Oldenburg estipuló que esos edificios son nuestro necesario “tercer lugar”, el sitio en el que encontrarnos sin estar definido ni por la familia de la que venimos ni por el trabajo que realizamos. Porque el carnet gratuito de la biblioteca no solo nos convierte en ciudadanos inmediatos sin importar nuestra clase u origen, sino que otorga un derecho equitativo a la información, a la cultura, la educación y el conocimiento. En las bibliotecas he visto a obreros echarse la siesta al mediodía fresquitos antes de volver a la retroexcavadora con la que arreglan nuestras calles a cuarenta grados a la sombra. A jubilados leyendo el diario cada mañana. A padres repasando deberes con sus hijas. A autoras como Mariana Enríquez y Paulina Flores riéndose de que a Milei le guste Charly García.
El pasado Sant Jordi una imagen se replicó sin descanso en nuestras redes. No era ninguna cubierta de un libro, sino la camiseta que mostraron decenas de escritoras y escritores con el lema Defensem les nostres biblioteques. Debemos defenderlas. El sábado, trabajadoras y trabajadores de las 280 bibliotecas públicas de la Diputación de Barcelona secundaron una huelga que se llevará a cabo de forma indefinida ese día de la semana. Denuncian servicios mínimos, horarios abusivos y falta de reconocimiento en un convenio que les ha hecho perder poder adquisitivo. El miércoles, la escritora Ali Smith dijo que “las bibliotecas son el cerebro del mundo, por eso las tenemos que proteger”. No quiero imaginar todo lo que perderíamos si no lo hiciéramos.


























































