Diez millones de memorias
Si la España actual es mucho más diversa, la visión colectiva del pasado también debería serlo


Fue al acabar la charla en aquel instituto público cuando entendí mi error. Había estado hablando con un centenar de adolescentes acerca del eje que articula nuestra memoria colectiva: la guerra que trituró a jóvenes imberbes, la posguerra de paredón al alba, la dictadura de represión y censura, una transición cosida con el hilo del olvido y un presente donde los nietos tienen que seguir luchando al pie de las fosas para recuperar a sus familiares.
Les había estado contando acerca de ese recuerdo vivo, compartido por los españoles desde 1936, que todavía hoy condiciona y hasta envenena nuestro debate público. Y fue al acabar aquella reflexión sobre la memoria que permanece, sobre el pasado que no pasa y aquellos recuerdos que nos acompañan como una piedra en el zapato, cuando me fijé en sus rasgos. Había chavales colombianos, venezolanos, peruanos, marroquíes, rumanos, ucranianos, quizás algún paquistaní, tal vez una niña india. Yo, que les había hablado de mi abuelo y de su padre fusilado, me pregunté qué habría sido de sus abuelos, de su memoria heredada. Me pregunté qué sentido tenía que habláramos, únicamente, de mi pasado.
En España viven diez millones de personas nacidas en el extranjero. Si añadimos sus hijos nacidos ya en España la cifra rondará los 13 millones de personas. Más del 25% de la población, en cualquier caso. En ciudades como Madrid o Barcelona puede suponer el 40%. Qué significan Gernika o Paterna para ellos. Qué es la República o Franco para ellos. Qué resonancia puede despertarles el no pasarán, la desbandá, las Trece Rosas o el éxodo a pie que cruzó los Pirineos. Qué puede evocarles el garrote vil a Puig Antich, el tiroteo a los abogados de Atocha o Miguel Ángel Blanco de rodillas y maniatado en un descampado.
El súbito y espectacular aumento de la migración –no llegaban al millón de personas en el año 2000, ahora son diez veces más– supone el fin de la memoria compartida tal y como la entendíamos: un relato forjado en torno a los mitos y traumas de nuestra Historia que ha sido transmitido por la familia, la escuela, los medios, la sociedad. Con la recomposición demográfica del país y la desaparición de los últimos testigos de la Guerra Civil, ¿qué recuerdos comunes circularán ahora?
No expreso ninguna nostalgia, en absoluto. Es, más bien, la inquietud de cómo somos capaces de pasar de una memoria heredada a una memoria compartida. Una memoria colectiva que supere nuestras fronteras porque nuestros ciudadanos ya han desbordado ese marco sin que nos demos cuenta. Una memoria que trascienda nuestros episodios nacionales para abrirse, también, a las historias que han traído consigo los nuevos pobladores de nuestra sociedad. Una memoria basada en que el pasado de los demás —su cultura— también importa.
Hay que aspirar a que un extranjero se emocione con el dolor de nuestras cunetas, pero también estar dispuestos a sentir las memorias ajenas como parte de la nuestra. Releer con otros ojos la resistencia anticolonial del Rif o la Marcha Verde marroquí, los vuelos de la muerte argentinos y sus bebés robados, la atroz invasión rusa para los exiliados ucranianos, las violencias guerrilleras y paramilitares incrustadas en el ánimo de los colombianos, la digestión brutal de la dictadura de Ceaușescu en los rumanos, el trauma que engendró en los peruanos el terrorismo de los años ochenta contra los pueblos indígenas y la bestial respuesta del Estado, o la resaca que han provocado el desarraigo, la escasez y tantas crisis seguidas para los venezolanos. Son sus memorias, y sus memorias están aquí. Entre nosotros. Son su batalla del Ebro, su ETA y su GAL, su 23-F, su vendimia a Francia y su Winnipeg a Chile. Son sus exilios políticos y su migración por una vida mejor. Son su relato familiar. El de sus padres y sus abuelos.
Sería egoísta y poco democrático querer el paquete de Amazon en la puerta de casa, la ración de calamares servida en la mesa del bar, ver bien atendida a tu madre por su cuidadora, y a la vez excluir de la conversación pública a quienes hacen que todo ello sea posible. Sería egoísta, además de estéril, imponerles una memoria cerrada. Sin que importe su voz. Sin que su memoria tenga derecho a mezclarse con la nuestra.
¿Puede hablar el subalterno?, se preguntó la pensadora india Gayatri Spivak. Me pregunto yo: ¿Puede recordar?, ¿pueden sus recuerdos permear una memoria hegemónica?, ¿puede ser integrada su memoria? Con ello ganaremos todos. Veremos que nuestra vieja historia de guerras, violencias, dictaduras, represión, pérdidas, resistencias, exilios y migraciones es más universal de lo que aprendimos. Si la España actual es mucho más diversa, nuestra memoria colectiva también debería serlo. No se trata de recordar lo mismo. Basta con saber, y sentir, lo que el otro recuerda. La próxima vez que pise un aula les preguntaré por sus abuelos.


























































