Ir al contenido
_
_
_
_
Tribuna

Vago, pero emocionante

Las instituciones que impulsan la relación entre científicos y artistas generan interacciones que son beneficiosas para unos y otros

Un ganglio retinal de una golondrina, dibujado por Santiago Ramón y Cajal y expuesto en el museo del Instituto de Tecnología de Massachussets (Cambridge, EE UU)Alamy Stock Photo

La capacidad de las teorías para hacernos ver aquello que parece ausente, y que puede modificar el mundo, no pasa siempre por describir lo visible; a veces, consiste en crear las condiciones para que algo sea posible, y, silenciosamente, emerja. Cuenta Tim Berners-Lee que cuando presentó la propuesta de lo que hoy conocemos como la World Wide Web, su jefe, Mike Sendall, la describió como “vaga pero emocionante”. La mezcla de escepticismo y curiosidad fue suficiente. La propuesta no fue rechazada ni celebrada: fue tolerada. Y esto permitió que Berners-Lee trabajara en ella silenciosamente en paralelo con sus tareas corrientes en el CERN de Ginebra. Antes de convertirse en la red que habitamos, la World Wide Web fue una hipótesis de organización del conocimiento. Era difícil imaginar entonces cuánto cambiaría el mundo aquella idea todavía imprecisa. Lo que comenzó como una necesidad técnica de orden y estructura terminó por modificar radicalmente nuestra manera de vivir, comunicarnos y pensar.

Esa tensión entre imaginación, experimento y solidez técnica no pertenece solo al terreno de la ciencia. Salvador Dalí admiraba profundamente a Santiago Ramón y Cajal. Le fascinaban sus dibujos microscópicos, la belleza casi arquitectónica de las neuronas. Cajal demostró la naturaleza de la célula nerviosa y cómo estas formas abstractas describían con precisión el componente esencial del sistema nervioso. Los dibujos se destinaron a crear algo que convertía la ciencia en forma visible, en realidad física. Si Dalí encontró en ellos una confirmación de su intuición simbólica, lo acompañó de la certeza de que lo invisible, ya sean sueños o formas vivas, sostiene el mundo visible.

Ocurrió también con John Couch Adams y Urbain Le Verrier, mientras trabajaban de forma independiente en una propuesta derivada de una anomalía: la órbita de Urano no coincidía exactamente con lo que predecían las leyes de Newton. Detectando esta discrepancia propusieron la existencia de un planeta aún invisible. Realizaron cálculos y determinaron posiciones en el espacio, y cuando los telescopios apuntaron al lugar indicado, allí estaba el planeta: Neptuno. En este caso, una idea precedió a su verificación, y a la transformación de los mapas mentales del mundo.

La pregunta no es solo cómo imaginamos, sino cómo sostenemos lo imaginado. Qué formas empleamos para comprender el mundo y cuánto tiempo estamos dispuestos a dedicar a una teoría antes de que se convierta en evidencia científica, en herramienta de transformación social o en obra de arte.

Los espacios de la ciencia se han transformado en nuevos espacios de creación, donde artistas y científicos ya no se limitan a representar: experimentan juntos. Observan, manipulan, dialogan, ensayan, fracasan. Se desplazan entre el estudio y el laboratorio, entre la trama urbana, o en regiones remotas, entre lo visible y lo apenas intuido, en cualquier localización del planeta que nos cuenta algo más que no sabemos.

En este contexto, destaca el creciente interés de las instituciones científicas por acoger artistas y reconocer el potencial transformador de su participación en la vida del laboratorio. Los artistas acceden a ideas científicas que se amplifican más allá del ámbito académico en forma de narrativas y experiencias. Mientras, los científicos participan en procesos creativos inusuales, pero que les resultan extrañamente familiares a su propia práctica, y que puede llevarles a cuestionar su actividad y el impacto de esta. Además, estos encuentros se sostienen en profundas afinidades metodológicas: tanto en el arte como en la ciencia, abordar grandes preguntas implica explorar lo inesperado, aceptar desvíos, asumir el error como parte esencial del proceso, valorar la colaboración y anticipar lo que está por venir. El arte y la ciencia nos ayudan a proyectar futuros posibles y, sobre todo, a ensayar nuevas formas de comprender el mundo. No son únicamente formas de describir la realidad; son modos de acción estratégica que se enriquecen mutuamente. Plantean intervenciones concretas e invitan a pensar cómo las decisiones que tomamos hoy pueden prosperar en ciertos futuros imaginados o resultar fallidas en otros.

Hoy abundan las ocurrencias, y escasea la idea sostenida. Plantear una teoría relevante, analizar su significado, desarrollarla con rigor y audacia, y aceptar que puede requerir años de elaboración silenciosa, parece un gesto cada vez menos frecuente. Nos hemos acostumbrado a la inmediatez, pero no necesariamente a la profundidad, ni al impacto duradero de aquello que nos conmueve.

Tal vez lo que distingue a una época no sea la cantidad de ideas que produce, sino la calidad de la atención que es capaz de sostener sobre ellas. La World Wide Web fue una idea vaga que encontró tiempo para madurar. Neptuno fue una hipótesis que resistió el cálculo. Una neurona fue una forma invisible que alguien decidió dibujar. Imaginar los horizontes del mundo —un gesto muy daliniano— sigue siendo un acto radical. Más radical aún es sostener una idea hasta que el mundo termine por hacerla visible.

Tu suscripción se está usando en otro dispositivo

¿Quieres añadir otro usuario a tu suscripción?

Si continúas leyendo en este dispositivo, no se podrá leer en el otro.

¿Por qué estás viendo esto?

Flecha

Tu suscripción se está usando en otro dispositivo y solo puedes acceder a EL PAÍS desde un dispositivo a la vez.

Si quieres compartir tu cuenta, cambia tu suscripción a la modalidad Premium, así podrás añadir otro usuario. Cada uno accederá con su propia cuenta de email, lo que os permitirá personalizar vuestra experiencia en EL PAÍS.

¿Tienes una suscripción de empresa? Accede aquí para contratar más cuentas.

En el caso de no saber quién está usando tu cuenta, te recomendamos cambiar tu contraseña aquí.

Si decides continuar compartiendo tu cuenta, este mensaje se mostrará en tu dispositivo y en el de la otra persona que está usando tu cuenta de forma indefinida, afectando a tu experiencia de lectura. Puedes consultar aquí los términos y condiciones de la suscripción digital.

Rellena tu nombre y apellido para comentarcompletar datos

Archivado En

_
Recomendaciones EL PAÍS
Recomendaciones EL PAÍS
Recomendaciones EL PAÍS
_
_