Una nueva era espacial
La misión Artemis 2 está siendo un éxito de EE UU justo en todo aquello que no representa el Gobierno de Donald Trump


El ser humano ha vuelto con éxito a la órbita de la Luna más de medio siglo después de su última misión, en un viaje que ha permitido sobrevolar la cara oculta del satélite y obtener información muy valiosa para futuras misiones. Los cuatro tripulantes de la NASA que componen Artemis 2 han llegado más lejos de lo que ha llegado ningún astronauta y han marcado hitos importantes respecto a anteriores programas. En esta misión ha participado la primera mujer, Christina Koch; el primer afroamericano, el piloto Victor Glover, y el primer no estadounidense, el canadiense Jeremy Hansen. Junto con el comandante Reid Wiseman, todos ellos componen una tripulación que no solo es científicamente capaz, sino que representa un cambio simbólico en la exploración espacial y abren la puerta a misiones más inclusivas y representativas.
Como el Apolo 8 de 1968 —que orbitó el satélite y abrió el camino para el alunizaje pionero de Armstrong, Collins y Aldrin en la Apolo 11 un año después—, la Artemis 2 es el paso intermedio necesario para el regreso de humanos a la Luna, previsto para 2028 con la Artemis 4, su potencial presencia permanente y la futura exploración de Marte. En estos años, además de un objetivo científico en sí mismo, la Luna se ha convertido en el primer eslabón de una futura plataforma logística estable para la exploración del sistema solar. Estados Unidos sigue liderando esta nueva carrera espacial, pero compite de cerca con China, que ya posó las primeras sondas robóticas en el polo sur de la Luna en 2019 y prevé enviar su propia misión tripulada en 2030. En juego no está solo colocar una bandera, sino el control estratégico de un enclave rico en recursos y quién va a definir las normas que regirán el uso del espacio.
A falta de que la tripulación de la nave Orion regrese sana y salva a la Tierra este viernes, Artemis 2 se ha consolidado como un éxito de EE UU justo en todo aquello que no representa la desastrosa Administración de Donald Trump. Junto a la diversidad de su tripulación, el programa consolida una red de alianzas globales en torno a objetivos científicos y tecnológicos que pone en valor el poder de la multilateralidad. Entre esas aportaciones se incluye el Módulo Europeo de Servicio, que es el pulmón de la nave Orion, a la que proporciona propulsión, energía, oxígeno y aire, y que ha sido construido por empresas del Viejo Continente.
Trump se vanagloria de los logros obtenidos por la misión, pero la realidad es que ataca a la ciencia y aplica drásticos recortes al presupuesto de la NASA, con una reducción de más de un 20% de la aportación estatal para programas decisivos de investigación de la agencia. Su Administración, conocida por su oscurantismo e irracionalidad, ha dejado en manos privadas buena parte de los avances en la carrera espacial en los últimos años. Y aunque el Congreso ha frenado parte de las rebajas, ha sido esta Casa Blanca la que ha propuesto los mayores recortes en investigación en Estados Unidos desde la Segunda Guerra Mundial, en el marco además de una brutal campaña de acoso a las principales universidades del país y al conjunto de la comunidad científica.
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