El debate | ¿Está preparando la Universidad para un mundo con Inteligencia Artificial?
La irrupción de la IA en las aulas de la enseñanza superior va mucho más allá de una ayuda o un asistente para que los alumnos realicen trabajos porque plantea dilemas que marcarán la sociedad del siglo XXI

La revolución tecnológica ha irrumpido en la enseñanza superior planteando la cuestión de cómo utilizarla y cómo formar respecto a ella a un alumnado que constituirá la primera generación que la empleará con naturalidad en su entorno laboral.
Para el Director del Área de Innovación Educativa en la Fundación Cibervoluntarios y profesor universitario Óscar Espiritusanto es preciso adaptarse al nuevo entorno sin alarmismo pero sin crear expectativas irreales. Por su parte la investigadora y docente universitaria María Solano advierte de que si no se adopta una enseñanza adecuada, en pocos años estaremos abocados a una nueva brecha social.
Ciberoptimismo, si; ciberutopía, no
La Inteligencia Artificial lo está cambiando todo. Impregna cada parte de nuestra sociedad, de nuestro día a día y, por supuesto, su influencia alcanza también a la comunidad universitaria. No es la primera vez que vivimos un punto de inflexión semejante. Ante estos cambios, nos vienen a la mente las palabras atribuidas a Charles Darwin: “No es la especie más fuerte la que sobrevive, ni la más inteligente, sino la que mejor se adapta al cambio”. Eso es exactamente lo que deben tener claro tanto docentes como estudiantes universitarios. La adaptación no es opcional, es una asignatura troncal y obligatoria.
Personalmente me considero ciberoptimista, pero no ciberutópico. La historia no conoce disrupción sin oportunidad, y la IA no será una excepción. Todas las revoluciones tecnológicas a lo largo de la historia han aportado valor y desarrollo a nuestra sociedad y está también lo hará. Hablamos de una herramienta extraordinaria cuando aprendemos a utilizarla bien. Lo que no tengo tan claro es si disponemos del tiempo necesario para procesar este aprendizaje y si contamos, a día de hoy, con docentes lo suficientemente preparados para liderar el reto. La tecnología avanza a una velocidad vertiginosa, con actualizaciones constantes que superan con creces la capacidad de respuesta del sistema universitario.
Nos enfrentamos, por tanto, a la tarea de integrar una herramienta que avanza a un ritmo más rápido que nuestro propio proceso de aprendizaje. Quizás la respuesta esté más allá de las aulas universitarias. Países como Estonia llevan años integrando la alfabetización digital y la IA desde la escuela primaria, preparando con antelación a una generación que, cuando llegue al aula universitaria, ya habrá interiorizado que su futura profesión estará impregnada de inteligencia artificial en mayor o menor medida y que ya tiene un contexto ético y un pensamiento crítico sobre la misma. Si esto se hace bien, los resultados pueden ser muy positivos. Si se improvisa o se obvia, el riesgo es enorme.
Sin embargo, esta alfabetización no puede dirigirse exclusivamente al alumnado. Capacitar a los docentes para este nuevo escenario es importante y requiere recursos reales. El interrogante reside en cómo vamos a materializar esta transformación: ¿Crearemos la figura de un AI Officer en la universidad, como ya hacen algunas empresas?, ¿o constituiremos comités multidisciplinares encargados de definir una estrategia educativa en torno a la IA? Todas estas son preguntas legítimas que encierran complejos desafíos económicos, éticos, de privacidad y de gestión de datos que muchos docentes y estudiantes universitarios no tienen resueltos y a los que es urgente dar respuesta.
Y sin embargo, como decía al principio, soy ciberoptimista y a pesar de esto, lo que más me preocupa cuando imparto la asignatura de Inteligencia Artificial en la universidad no es el posible fraude académico, ni la proliferación de trabajos generados con IA. Lo que más me inquieta, en línea con lo que advierte el profesor Senén Barro, uno de los investigadores españoles más reputados en el campo de la IA, es la delegación cognitiva: la tentación de dejar el pensamiento y la capacidad de reflexionar en una máquina o herramienta. Permitir que las máquinas piensen por nosotros.
El riesgo no está en usar la IA. Está en usarla mal: como sustituto del esfuerzo cognitivo en lugar de como lo que debería ser, un exoesqueleto intelectual que amplíe lo que somos capaces de hacer. Un exoesqueleto nos permite levantar más peso del que podríamos solo con nuestros músculos. Del mismo modo, la IA puede ayudarnos a programar aunque no seamos desarrolladores, generar análisis de datos que antes requerirían semanas, meses o incluso años, incluso explorar territorios del conocimiento que solos no lograríamos. Pero para que eso funcione, el músculo tiene que estar ahí. Y el músculo cognitivo se construye en el aula, con el esfuerzo, con el aprendizaje y, en muchos casos, con la frustración y los errores que nos permiten mejorar.
Por suerte, en nuestro país la brecha no es una cuestión de acceso. Según la Fundación CYD, el 89% de los universitarios españoles ya usa la IA. El problema es cómo la utilizan. Habrá quienes la usen para ejercer esa delegación cognitiva, reduciendo su capacidad de reflexión, y quienes la utilicen como un exoesqueleto del pensamiento para llegar a lugares que, hasta hoy, eran inaccesibles para la mente humana. Los segundos llegarán al mercado laboral con ventaja y se desarrollarán mejor como profesionales. Y esta diferencia de uso es una elección libre de cada estudiante y de cada docente, que deberán aprender a adaptarse a este nuevo ecosistema.
Baja autoestima y pensamiento acrítico
La revolución de la Inteligencia (no tan inteligente) Artificial (no tan artificial) ha entrado de lleno en todos los ámbitos de la vida y la Universidad no podía quedar al margen. No podía, por tres razones. La primera, que la van a usar. Esta generación de jóvenes que planifica su vida alrededor de la expresión “me renta” está encantada de poder recurrir a un buscador potente que le sintetice los resultados y que, además, le genere un contenido de apariencia muy profesional que ellos tardarían horas en producir. La segunda, que se la van a demandar en el entorno profesional. Los profesores tendremos que adaptar nuestras asignaturas para introducir temas específicos en los que se analicen oportunidades, retos y riesgos de la IA. Han llegado a nuestras aulas para adquirir el pensamiento crítico necesario que les permita tomar decisiones éticas y acertadas en un futuro entorno laboral, y la IA estará allí. La tercera, es que no debemos obviar su potencial, sino aprender a gobernarlo con acierto, y la Universidad, tanto desde la investigación como desde la docencia, debe ser un acicate para la mejor alfabetización digital de la sociedad.
Ahora bien, aunque el punto de partida sea que la IA tiene que estar en las universidades, la cautela necesaria de cualquier movimiento en esta vetusta institución de enseñanza obliga a plantearse con prudencia cuáles son los riesgos de su uso para poder sortearlos. Nuestros universitarios tienen que ser el motor del futuro y necesitamos que estén preparados con excelencia, no tanto en la técnica, que se aprende más rápido de lo que parece, como en la esencia del conocimiento. Al final, el que sea más filosófico hará el mejor prompt y el que sea más culto descubrirá mejor las alucinaciones e incongruencias a las que la IA nos empieza a tener acostumbrados.
Porque aquí está el principal riesgo de la IA, un temor que nos ronda a todos la cabeza sin saber verbalizarlo aún de manera adecuada: si no lo remediamos, en menos de una década, asistiremos a una nueva brecha social que generará nuevos pobres y nuevos ricos, parias del pensamiento y gestores del saber, la brecha entre los que sepan manejar la IA y los que se dejen arrastrar por ella. Y la única manera de evitar esa distopía es la formación integral de los estudiantes que aglutine técnica, ética y conocimiento. Poco podemos esperar de ineficaces legislaciones y menos aún de las empresas tecnológicas prestas a usar cualquier medio con el fin de multiplicar sus ingresos.
Creo que la brecha entre los que dominen la IA y los que se dejen dominar por ella va a venir dada por la capacidad de los universitarios de descubrir los límites de esta tecnología y eso se consigue con pensamiento crítico. El problema es que, para aplicar pensamiento crítico frente a una respuesta de la IA, hay que tener pensamiento previo, de modo que quien haya adquirido más conocimientos estará en mejor posición para contrastar los que la IA le da. El que no tenga con qué contrastar, caerá en las garras del pensamiento acrítico porque no podrá hacer más que creerse la respuesta –correcta o incorrecta, sesgada o no– de la IA de turno. No se puede poner en duda aquello que no se sabe.
De hecho, derivada segunda del pensamiento acrítico es esa lenta pero paulatina caída por la pendiente deslizante de la falta de autoestima: dado que ya no saben casi nada y la IA parece saberlo casi todo, dejan de fiarse de ellos mismos. Y, sin conocimientos ni experiencia previa, no disponen de la valiosa intuición que en tantas ocasiones nos hace dudar de los resultados que nos da una máquina. Este fenómeno se conoce como “sesgo de automatización” y pone de manifiesto que, cuanto más se usa la IA en la toma de decisiones, más tiende el humano a imitar sus errores y menos se fía de su propio criterio.
Los cientos de alumnos que han pasado por mis clases en las últimas décadas recuerdan bien el más importante de los conceptos de cualquiera de las asignaturas que imparto: para ser buen profesional hay que ser buena persona. Mi temor, ahora que la IA ha llegado a la Universidad, es que, obnubilados por las rápidas respuestas sin ética de un desordenado conjunto de fuentes, la IA les haga olvidar que son ellos, y sólo ellos, las buenas personas.
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