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COLUMNA

El millón de Aena

En el moralista mundo cultural molesta que un agente externo rompa el ambiente de pobretería en el que hemos de vivir los escritores si aspiramos a la pureza literaria

De izquierda a derecha, los escritores finalistas del Premio Aena Héctor Abad Faciolince, Nona Fernández, Marcos Giralt Torrente, Samantha Schweblin y Enrique Vila-Matas, este martes en Barcelona.Albert Garcia

Uno de estos cinco escritores va a recibir hoy un millón de euros: Nona Fernández, Enrique Vila-Matas, Samanta Schweblin, Marcos Giralt Torrente o Héctor Abad Faciolince. Los conozco a todos en persona, los he leído y los admiro. Si yo estuviese en el jurado del Premio Aena me costaría mucho escoger un ganador. Son autores incuestionables, brillantes, singulares y poderosos que representan la excelencia de la literatura en español.

Sin embargo, de ellos no se habla. Ni de literatura. Se habla del millón de Aena. En el muy moralista mundo literario, molesta muchísimo que un agente externo rompa el ambiente de pobretería, mendicidad y remiendos en el que hemos de vivir los escritores si aspiramos a la pureza literaria. Unos aducen que Aena debería invertir ese millón en cosas más propias de su actividad o en dar limosnas. Otros lo ven como una dádiva del fondo de reptiles del Gobierno, que controla el 51% de la empresa.

Hace unos días se anunció que Telefónica (empresa estratégica también participada por el Estado en un 10%) patrocinará a la Selección Española de Fútbol por un importe que no se ha hecho público y tras aprobar un ERE que ya ha costado 2.700 empleos. Nadie critica los incontables patrocinios deportivos de las grandes empresas estratégicas españolas o de los bancos, que se someten a una regulación muy específica y no pueden gastar su dinero a tontas y a locas. No he leído a nadie cuestionar estos desembolsos y reclamar que se dediquen a comprar balones para los niños de la Cañada Real. La polémica solo arrecia cuando la pasta va a parar a gafotas y a juntaletras.

La crítica al premio se argumenta de mil maneras, pero todas operan sobre un fondo social de desprecio a la cultura tan generalizado, que afecta al mismo mundo literario, donde abundan los franciscanos que reclaman un voto de pobreza. Asquea tanto el dinero en la literatura, que son legión los que trabajan gratis. Al mismo tiempo, muchos neomonjes lamentan la nula implicación de las empresas en el mecenazgo cultural, entendido las más de las veces como caridad asistencial. Pero cuando un patrocinio irrumpe con la fuerza que es normal en otros ámbitos, y una empresa con 2.136,7 millones de beneficio neto dedica unas migajas a dotar un premio, se clama por la catástrofe, la corrupción y el tintineo de las monedas de Judas.

Yo felicito preventivamente al ganador. Cualquiera de estos cinco autores merece ese millón. Se lo ha ganado sobradamente, y ojalá lo derroche con alegría. Quienes los leemos y los queremos brindaremos por ello. Y los demás, que se vigilen la bilis.

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