La lengua del Imperio
La relación de Carlos I con Isabel de Portugal, de cuya boda se cumplen cinco siglos, relativiza la mirada actual sobre los vínculos entre poder y lengua


Cuando el rey duda ante una decisión que ha de tomar, tiene por costumbre, en soledad y para sí mismo, escribir considerando sus ventajas e inconvenientes. No llamemos a esto escritura terapéutica ni (ay, nueva anglobobería) journaling. Porque este rey es un monarca de hace 500 años, es Carlos I de España y V de Alemania, a quien llamamos emperador. En 1525 y de su propia mano, escribe unas notas introspectivas que hoy custodia un archivo austriaco. En ellas revisa estrategias bélicas, piensa en cómo gobernar, reconoce que a su edad (frisa los 25 años) le toca casarse. Y todo esto lo pone por escrito en francés, la lengua que adquirió desde niño, criado entre borgoñones en Flandes. Cuando, adolescente, llegó a la península Ibérica para asumir las coronas de Castilla y de Aragón, el castellano era todavía una lengua nueva para él, que aprenderá por imperativos de gobierno. Lo que el emperador Carlos no sabe en ese inicio de 1525 es que la boda que ya entonces planea con su prima hermana Isabel de Portugal, también nieta de los Reyes Católicos, va a cambiar su biografía lingüística de una forma conmovedora, y que él, con un innegable don de lenguas, iba a terminar prefiriendo el castellano a las otras que hablaba.
Una boda real no era entonces otra cosa que un modo de consolidar redes de poder entre casas reinantes. El amor, si llegaba, lo hacía después, o no llegaba. Pero la unión del rey Carlos con Isabel es una excepción. Las fuentes apuntan a que cuando se vieron por primera vez surgió una cierta complicidad entre ambos (mido las palabras, me da pudor tasar el amor ajeno), que con el tiempo se materializó en una confianza mutua que iba más allá de la esfera personal. Él, dedicado a defender sus territorios europeos, se ausenta de España por largos periodos, y será la emperatriz quien ejerza de lugarteniente del reino.
Isabel decide y gobierna en su ausencia. Lo sabemos por las cartas que ella le envía: le consulta la gestión del territorio americano, la seguridad de las fronteras, el control del Mediterráneo. Son cartas poco personales, sin apenas menciones a los hijos o el estado de ánimo: cartas dispuestas por ella y escritas en castellano por algún secretario, donde la letra autógrafa de la emperatriz comparece solo al final, con un “Yo, la reyna” que a veces es precedido de una salutación en portugués, también de su mano: “Beijo as mãos de vossa majestade”. Isabel había nacido y crecido en la corte lisboeta, donde el castellano era una lengua prestigiosa, pero su lengua primera era el portugués, el idioma en que reza y lee, y que usa en Castilla para comunicarse con el séquito de portugueses que la había acompañado en la boda y que la atenderá durante años. Cuando se asusta por un posparto difícil, escribe un borrador de su testamento en portugués, y a sus hijos les pone niñeras portuguesas que hacen que los infantes se familiaricen con la lengua lusa. Esta sería parte de su identidad, como el francés lo era para Carlos.
Cinco siglos después de celebrarse en Sevilla, el 11 de marzo de 1526, la boda entre ambos, la conmemoración del enlace se ha traducido en un amplio programa de actos que examinan y divulgan sus consecuencias: la política dinástica entre España y Portugal, la estructura de la monarquía hispánica o la huella iconográfica del matrimonio. Mientras me tomo el café de la mañana en casa y veo las fotos del desfile con que Sevilla ha recreado la entrada real de los contrayentes, pienso que a este rico panorama bien podría añadirse una cuestión más íntima pero significativa: la lengua. ¿Cómo se comunicaba la pareja imperial?
La aventura personal de comunicación que Isabel y Carlos emprendieron encontró una red de sostén mutuo en el español, una lengua que, para ambos, era ajena. Que el emperador y la emperatriz se comunicaran entre sí en castellano da una lección histórica y obvia sobre la naturaleza primaria de las lenguas: sirven para comunicarse, tienden puentes. Pero hay otra lección añadida aún mayor: relativiza los relatos retrospectivos y monumentales sobre la relación entre poder y lengua.
Las monarquías contemporáneas viven bajo el escrutinio constante de la esfera pública. Los soberanos hablan ante audiencias nacionales e internacionales y su competencia lingüística se convierte en una visibilización de su función institucional: los elogios que recibe la reina doña Letizia al respecto de su impecable capacidad elocutiva muestran que el uso lingüístico de los miembros de la realeza forma parte de su capital simbólico. Pero, antes de que existiera la opinión pública, las Cortes podían ser espacios lingüísticos propios con usos no compartidos por todo el territorio que gobernaban. La experiencia lingüística de la pareja imperial nos muestra que la hegemonía política española no implicaba necesariamente homogeneidad lingüística. Confundir ambos conceptos proyecta hacia el pasado una idea de nación lingüística unitaria que no describe la complejidad del mundo de los Habsburgo.
Una España imperial gobernada por unos reyes que adoptan una nueva lengua para entenderse supone mirar a estos monarcas desde una óptica que los humaniza. Que los viejos emperadores hablaran castellano con acento extranjero y necesitaran escribir sus tribulaciones los hace poderosamente reales.
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