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editorial

Los libaneses, rehenes de la guerra

El desplazamiento forzoso de 700.000 civiles es otro atentado contra el derecho internacional humanitario

Varios vecinos huyen tras la explosión de un misil en un edificio en un barrio de beirut, este jueves. WAEL HAMZEH (EFE)

La huida de sus hogares de cientos de miles de civiles libaneses lejos de ser un mero daño colateral del enfrentamiento militar de Estados Unidos e Israel con Irán supone un nuevo y trágico fracaso en el respeto al derecho internacional. También un peligroso factor de desestabilización para un país de cinco millones de habitantes, muy fragmentado política y religiosamente, que no acaba de sacudirse el estigma de la guerra.

En solo una semana, y según cifras de Naciones Unidas, al menos 700.000 personas han tenido que abandonar sus viviendas en el sur del país como consecuencia de los bombardeos del Ejército israelí en represalia a los ataques de Hezbolá. La otrora poderosa milicia había retomado el lanzamiento de misiles contra territorio de Israel para responder a la ofensiva del 28 de febrero contra la República Islámica, su mentora y principal sostén material e ideológico.

En lo inmediato, este atropellado movimiento de masas ha puesto en peligro la cadena de suministros alimenticios en todo el país, según ha advertido el Programa Mundial de Alimentos de Naciones Unidas en Líbano, que registra una demanda exponencial que está superando los recursos disponibles.

La población libanesa es rehén del nuevo enfrentamiento a gran escala entre Hezbolá e Israel, que no parecen tener miramiento alguno con una ciudadanía extenuada tras años de hostilidades. Esta vez, al control férreo de los milicianos islamistas se le suman las órdenes israelíes de evacuación, que vulneran claramente el derecho internacional humanitario. Si la milicia se opone al desplazamiento forzoso de civiles no es por cuestiones morales sino porque pierde una cobertura de la que se ha aprovechado durante décadas.

Así las cosas, mientras Hezbolá ataca los centros de población israelí, el ejército Israel trata de rematar a un enemigo duramente mermado tras el enfrentamiento de hace dos años, cuando descabezó a su cúpula y a su cadena de mando: ya ha perdido en torno al 70% de los proyectiles de su arsenal, hace meses que vio interrumpido el suministro de armamento a través de la vecina Siria y su apoyo popular está bajo mínimos. Es una guerra a todo o nada donde no importan las consecuencias.

Al drama humano se le suma el profundo daño institucional que la guerra está causando a un país que trataba de mantener el complejo y muy precario equilibrio emergido tras una de las guerras civiles más sangrientas y duraderas de Oriente Próximo, la que se prolongó entre 1975 y 1990. El pasado lunes el Parlamento de Beirut aprobó la extensión de su mandato durante dos años más. Esto significa que las elecciones legislativas, que debían celebrarse en mayo, según marca la Constitución, quedan suspendidas. Una vez más, los libaneses son rehenes de una guerra de la que no sacarán ningún beneficio, pero cuyos daños ya han empezado a sufrir.

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