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Columna

‘Big Tech’ lo puede parar

Las grandes tecnológicas todavía tienen el poder de evitar el fin de la democracia y el principio de una nueva guerra sin control ni final

De izquierda a derecha, el presidente de EE UU, Donald Trump; el consejero delegado de Microsoft, Satya Nadella, y el presidente ejecutivo de Amazon, Jeff Bezos. Jabin Botsford (The Washington Post / Getty Images)

Esta semana nos ha recordado algunas de las consecuencias de vivir en ciudades llenas de dispositivos “inteligentes”. La primera, que un gobierno que tiene acceso masivo a los datos privados de los ciudadanos puede usar el poder coercitivo del Estado para utilizarlos legalmente contra la población. El desencuentro del Departamento de Guerra de EE UU con Anthropic nos ofrece un anticipo de cómo la quieren usar, especialmente cuando tenga que afrontar las olas de protesta y desconcento en las calles de EE UU. En las últimas semanas, Google, Reddit, Discord y Meta han recibido (y en muchos casos, satisfecho) cientos de citaciones administrativas del Departamento de Seguridad Nacional solicitando identificación de cuentas de usuarios que han criticado al ICE o han señalado las ubicaciones de agentes del ICE. La misma infraestructura que se despliega para investigar, detener y encerrar a inmigrantes servirá para perseguir manifestantes, activistas y opositores que ejercen su derecho a la libre expresión para participar de forma activa en la vida pública, una condición irrenunciable de una democracia. Y servirá para perseguir mujeres que han ejercido su derecho a decidir sobre su propio cuerpo y han terminado un embarazo, o adquirido la píldora del día después.

La segunda, que el despliegue urbano de dispositivos “inteligentes” ofrece una superficie idónea para bombardear objetivos políticos, secuestrar jefes de Estado o destruir infraestructura crítica. A principios de esta semana, el Financial Times señaló cómo el ejército israelí había accedido a “casi todas” las cámaras de tráfico de Teherán para ejecutar, en colaboración con la CIA, el ataque aéreo que mató al líder supremo de Irán. Un informe de la empresa de seguridad israelí Check Point vincula cientos de hackeos de cámaras de seguridad en todo Oriente Próximo a los recientes ataques con misiles y drones iraníes contra Israel, Chipre, y Qatar.

Hasta hace poco, incluso un gobierno como el de EE UU estaba limitado en su habilidad de utilizar la pantagruélica cantidad de datos que estaba acumulando sobre sus ciudadanos. Gracias a los modelos de IA, la Administración ya no necesita millones de analistas de seguridad para encontrar agujas en los pajares, o para ejecutar una operación bélica coordinando datos de dispositivos hackeados con tecnologías de combate en tiempo real. La plataforma de Palantir, aumentada con Claude, el modelo de IA de Anthropic, resuelve el problema que antes hubiese requerido millones de analistas coordinados, peinando información. Con un detalle, quizá temporal.

Los modelos fundacionales requieren infraestructura de una escala sin precedentes, todavía en manos de unos pocos: OpenAI está en la nube de Microsoft; Anthropic en la de Amazon, y Google tiene Gemini, su modelo de IA, en su servidor. Esto significa que las empresas conservan su capacidad de decisión sobre cómo se puede utilizar su tecnología. Al menos de momento. Por eso el Gobierno de EE UU está tan furioso con Anthropic: la empresa podría cortar el acceso a Claude si cree que se incumplen las condiciones de su contrato. Y por eso OpenAI ha sido tan rápido en reemplazar a su rival. Para continuar con su agenda, el Departamento de Guerra necesita la colaboración activa de las tecnológicas. Aquí hay una oportunidad. Si quisieran respaldar a Anthropic y negarse en bloque a colaborar con la vigilancia masiva de ciudadanos o el uso de armas letales autónomas sin intervención humana, el Gobierno no tendría más remedio que claudicar.

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