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Red de Redes
Columna

El ‘soldado algoritmo’

El concepto mismo de desinformación necesita ser redefinido permanentemente y la crisis de Oriente Próximo es una ocasión inmejorable para comprobarlo

Un robot humanoide de la empresa Honor se dirige a un almacen, mientras varios empleados hacen un descanso, en el Mobile World Congress en Barcelona, el pasado jueves. Enric Fontcuberta (EFE)

Durante mucho tiempo pensamos que la desinformación era, básicamente, una guerra de mensajes. Aparecía una mentira en internet y alguien, un periodista, un verificador o un medio, salía a desmontarla. El combate enfrentaba a un rumor frente a un dato. Hoy el campo de batalla es bastante más complejo y el concepto mismo de desinformación necesita ser redefinido permanentemente. La crisis de Oriente Próximo es, además de un problemón, una ocasión inmejorable para comprobarlo.

¿Están manipulando sus algoritmos redes sociales como X para diseñar el menú de información sobre el conflicto que reciben los usuarios? Algunos creen que sí. Con más de 1,2 millones de seguidores el responsable de la cuenta @WarMonitor, se quejaba el pasado jueves: “El algoritmo se rompió completamente esta noche. ¿Qué está pasando?”. Su comentario recibe más de 300 respuestas de otras personas que afirman haber dejado de ver sus cuentas favoritas en su timeline o que han visto reducidas a la mínima expresión las publicaciones que hablan de la guerra. Algunos reportan el curioso caso de la desaparición de los tuits de la cuenta de X de Pedro Sánchez, muy difíciles de localizar, afirman, desde que plantó cara a Trump. “No puedo ver al presidente del Gobierno español en mi cronología, aunque sigo su cuenta”, afirma @kizilkurabiye. El usuario @iffyviews sostiene que se han evaporado de su menú las cuentas de los analistas de inteligencia de fuentes abiertas, especialmente valiosas estos días para seguir el conflicto.

Dos recientes estudios científicos han empezado a documentar con datos algo que muchos intuían: la influencia real de los algoritmos en la conversación pública. Una investigación publicada por Nature observó que el sistema de recomendación de la red social X amplifica determinados contenidos y reorganiza la dieta informativa de quienes utilizan la plataforma hasta condicionar su posicionamiento ideológico. A la misma conclusión llega otro estudio del Simposio sobre Seguridad de Redes y Sistemas Distribuidos que analizó cuarenta millones de tuits publicados durante las elecciones estadounidenses de 2023 y la guerra de Ucrania.

Los investigadores encontraron un patrón curioso: los tuits que incluyen enlaces externos, que van a otras webs como las de medios de comunicación, reciben entre cuatro y ocho veces menos visibilidad en X. El sistema algorítmico encierra a los usuarios en un magma de contenidos sin referencias externas y decide qué mensajes llegan a la mayoría de los usuarios y cuáles se quedan en el camino. Confiar en las redes sociales como única fuente de información resulta, en este contexto, un problema añadido. Cabe preguntarse qué hará Elon Musk con su algoritmo cuando se acerquen elecciones decisivas como las presidenciales francesas o las legislativas italianas de 2027.

X es sólo una parte del problema para Europa frente a los cada día más numerosos y dañinos intentos de invasión e injerencia extranjera de los espacios de información. En los países bálticos se han detectado intentos de “envenenar” modelos de inteligencia artificial con páginas de propaganda rusa mientras la cadena estadounidense Newsmax, cercana al entorno de Donald Trump, prepara su expansión en Europa, desde Serbia, con la creación de canales locales para influir en el debate político europeo y construir un ecosistema mediático alternativo al dominante en Bruselas.

La guerra contra las democracias liberales se libra ya en el corazón del continente europeo, aunque no haya existido una declaración oficial. Ello obliga a una movilización a la altura del desafío. Frente al soldado algoritmo, la UE debe formar al soldado ciudadano para que sea capaz de implicarse en la defensa de su propia libertad, con un mayor conocimiento de los resortes de las campañas que pretenden manipularle y con grandes dosis de espíritu crítico, un legado que habrá que transmitir de generación en generación. Durante años la verificación de la información se entendió como una tarea reservada a periodistas especializados, pero ahora requiere de la participación activa de toda la sociedad. En plena mutación, la guerra informativa del siglo XXI se libra en las plataformas digitales, pero también en la inteligencia colectiva de las sociedades.

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