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Opinión

El efecto Mateo

En España la educación se ha convertido en uno de los campos más fértiles para la mezcla de desigualdad y enriquecimiento privado

Biblioteca de la Facultad de Políticas de la Universidad Complutense en el campus de Somosaguas. SAMUEL SÁNCHEZ

“Porque a cualquiera que tiene, se le dará, y tendrá más; pero al que no tiene, aun lo que tiene le será quitado”, dice la cita del Evangelio según san Mateo que la sociología tomó, a finales de los años sesenta, para acuñar un efecto que se ha producido siempre en ámbitos como la economía o la cultura pero que, en los últimos tiempos, parece haberse generalizado como modo operativo sin disimulo. No solo se trata de la manera de actuar de Trump en la esfera internacional o cuando favorece a los gigantes tecnológicos. En España, por ejemplo, la educación se ha convertido en uno de los campos más fértiles para esa mezcla de desigualdad y enriquecimiento privado. Así, mientras Ignacio Zafra informaba de cómo el abandono escolar de los alumnos extranjeros triplica al de los autóctonos, su compañera Elisa Silió advertía que los municipios más ricos de Madrid acaparan las “becas de excelencia” que se dan en esa comunidad y que han empezado a exportarse a otras regiones.

No tener estudios postobligatorios se ha convertido en una nueva forma de exclusión, pero esa posibilidad pasa cada vez más por la capacidad económica. Buena parte de las familias inmigrantes no solo se enfrentan a la barrera lingüística, al laberinto burocrático a la hora de pedir becas para sus hijos, a la falta de refuerzos individualizados y aulas de acogida en la enseñanza pública. Además, suelen no tener el poder adquisitivo suficiente para pagar clases particulares o los ciclos de Formación Profesional privados que están proliferando. En lugar de ayuda u orientación, lo que reciben muchas veces de la escuela es la repetición de curso como única alternativa, el indicador que mejor avisa del futuro fracaso. Por su parte, la estrechez propicia que estos alumnos, cumplidos los 16 años, salgan del sistema educativo para ponerse a trabajar en los mismos empleos precarios por los que los jóvenes españoles dejaban los estudios antes de 2008. Ellos son el nuevo proletariado, y su regularización debería ir acompañada de un modelo integrador que les permita realizar el sueño de prosperidad que trajo aquí a sus padres.

Pero el paradigma meritocrático basado en becas y una enseñanza pública de calidad hace ya años que se rompió para todos. La educación privada es un negocio que, en España, mueve 20.000 millones de euros al año. A la entrada de fondos de inversión en las entidades que ofertan carreras universitarias, másteres o ciclos de Formación Profesional con vínculos empresariales para realizar prácticas, no solo se le añade el aliento que ciertas administraciones autonómicas les dan sin desmayo, sino el boca a boca no siempre fundado de las familias. Por una parte, nos encontramos con una financiación de universidades públicas a todas luces insuficiente; con campañas de descrédito; con desgravaciones de las clases particulares; con cesiones de terrenos para la construcción de más centros concertados; con cierres de líneas escolares y recortes de personal mientras las ratios siguen siendo elevadas; con sinergias entre lo público y lo privado, ya sea celebrando actos propios de la primera esfera en espacios de la segunda, o contratando y cediendo datos de menores a empresas como Google. El modelo es el estadounidense. Si usted quiere una educación o sanidad de calidad, pague, aunque quien garantice plenamente esa calidad, en este país, sigan siendo la universidad y la sanidad públicas.

Es el marco que, por otra parte, compran cada vez más familias, no solo de clases favorecidas. Con el argumento del “dinero llama a dinero”, de relacionarse con una élite que asegure una red de contactos o de la innovación tecnológica, aumentan los padres que están cambiando a sus hijos incluso de colegios concertados a privados, que empiezan a ahorrar muy pronto para poder pagar una universidad o un ciclo formativo, que piden créditos. No sé si reparan en que la lógica de esta profusión de entidades académicas es puramente mercantil, en que si hasta ahora el 63% de la educación concertada sacaba el beneficio ideológico de su adoctrinamiento religioso, el fin ha pasado a ser un descarnado ánimo de lucro. ¿Qué valores puede transmitir quien se rige por un razonamiento principalmente competitivo? ¿Qué humanidad puede trasladar la EdTech?

La educación es una oportunidad para la vida, no un producto. Es un derecho universal conquistado por un Estado del Bienestar que se fue consolidando en España desde los años ochenta y que ahora parece una ilusión a punto de desvanecerse, un espejismo, un edificio que era sólido y se está resquebrajando. Ante la confusión interesada de llamar excelencia a lo que más bien es un privilegio de cuna, el fomento del negocio privado y el desprestigio de una enseñanza pública destinada cada vez más a ser un gueto de exclusión, emociona encontrarse de nuevo con las palabras del nieto de Francisco Tomás y Valiente cuando recibió en 2018 el Premio Extraordinario en Bachillerato de Madrid: “No solo son excelentes aquellos que obtienen óptimos resultados, sino, muy especialmente, quienes consiguen progresar desde circunstancias menos ventajosas, en ocasiones con problemas familiares, aprietos económicos o dificultades de aprendizaje”.

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