Ir al contenido
_
_
_
_
Tribuna

El erial tras la marcha de Yolanda Díaz

El problema a la izquierda del PSOE es que su proyecto de impugnación del sistema está agotado y no recoge a los nuevos indignados

La vicepresidenta del Gobierno y ministra de Trabajo, Yolanda Díaz. Carlos Luján (Europa Press)

La crisis que atraviesa el espacio a la izquierda de Pedro Sánchez no se arregla, sin más, armando la enésima plataforma electoral para maximizar la obtención de escaños. El drama tampoco se revertirá definitivamente con la renuncia de Yolanda Díaz para poner a Gabriel Rufián, o a quien se preste a liderar el cartel del nuevo conglomerado. El problema es mucho más profundo y de largo alcance, porque habla del agotamiento de proyecto entre quienes fueron una vez las izquierdas de impugnación al sistema en España. Nacidas del 15-M, hay evidencias para pensar que su ciclo político se ha ido agotando.

De ahí que chirríe tanto que aparezcan llamando a reflotar ese espacio casi las mismas caras —ministros incluidos— que llevan hasta 10 años en las instituciones, varios de ellos gobernando. Allí donde se habla de ilusionar al electorado, muchos solo ven más de lo mismo o desesperanza. Mientras algunos creen que los españoles aún no conocen su proyecto, quizá lo conocen demasiado. Es el caso de la vivienda. Desde los topes al alquiler —que habrán contenido algo los precios en Barcelona, a costa de que menos gente pueda acceder a un techo por escasez de oferta o su desvío a otros fines como el alquiler de temporada— hasta el decreto antidesahucios —que está provocando que muchos caseros no quieran alquilar a personas vulnerables por miedo al impago— hay un hilo que explica el desgaste de las izquierdas del 15-M: su incapacidad para representar a los nuevos indignados. El espacio actual a la izquierda del PSOE fue diseñado como respuesta a los tiempos de austeridad posteriores a 2010, en un contexto de despidos masivos y desahucios; pero esas medidas no han demostrado su efectividad a largo plazo ni para una situación —como la actual— de crecimiento económico y empobrecimiento ciudadano.

Así pues, la antes llamada izquierda alternativa atraviesa una crisis programática por desacople con el nuevo tiempo. Esa ausencia de proyecto conjunto explica por qué los actos de Rufián, Emilio Delgado o Sumar dan la impresión de servir para preservar sillones y no para transformar los dramas de fondo de la política española, como se ambicionó en 2015. Allí donde no hay un objetivo transversal por el que luchar; solo queda repartirse nichos de voto. Lo sabe bien Podemos, que hoy se dirige a un electorado marcadamente identitario, como cuando Irene Montero dice que “no hay que construir”, pese a que los datos respaldan lo contrario.

Curiosamente, el desgaste ideológico de las izquierdas alternativas o populistas fue parte de su éxito en la última década. Si hoy hay un erial de ideas nuevas o de caras es porque alguna vez supieron representar el sentir de tantos ciudadanos que protestaban contra la ortodoxia de Bruselas. Si la Unión Europea ha abierto el grifo del gasto con la pandemia o la crisis de inflación —hasta el punto de que el llamado “escudo social” existe— es porque hubo quienes alzaron la voz contra la pobreza energética, los recortes o el empobrecimiento de millones de ciudadanos, desde Grecia hasta España.

El problema es caer en el anacronismo de pensar que los contextos políticos son inmutables o que otros partidos no pueden llenar esos huecos, cuando la realidad política es cambio constante. La crisis a la izquierda del PSOE también se agrava como consecuencia de que Pedro Sánchez se haya convertido en su líder indiscutible: con la crítica a los tecnoligarcas, la retórica contra los “poderosos”, el acercamiento al independentismo mediante la amnistía y los indultos, la asunción de políticas de vivienda de Podemos o incluso enarbolando la defensa de Palestina con más énfasis que Ione Belarra.

Sin embargo, los tiempos están cambiando en nuestro país: síntoma de ello es el posibilismo ideológico que destiló el acto de Rufián y Delgado –y todo ello, a riesgo de que los más puristas o ideologizados les acaben tildando de fachas. Es más, esta semana algunos barómetros reportan una caída del feminismo entre los jóvenes y habrá quien lo atribuya a la gestión del Ministerio de Igualdad —con figuras como Ángela Rodríguez Pam o Montero—. Pero hay algo más relevante, seguramente: hasta qué punto el partido morado ha actuado en estos años como una herramienta disolvente de causas previas, como el sindicalismo o el feminismo. Parte del erial que asola ese espacio es haber cuestionado de forma adanista a quienes pelearon antes, o haber creído que la política empieza y termina en las instituciones, porque ya estaban allí los del 15-M para darle cauce.

En consecuencia, no es tanto el espacio a la izquierda de Sánchez lo que languidece como el ciclo y las formas sobre las que sus partidos se diseñaron. Durante un tiempo se pensó que la izquierda alternativa debía ser mesiánica y sustituir a los movimientos sociales para tener mayor impacto. Que izquierdas de proximidad como el BNG o Bildu entusiasmen a tantos jóvenes indica que no está todo perdido. Sigue existiendo un magma social huérfano: juventud que no llega a fin de mes, mujeres que buscan cobijo institucional, familias empobrecidas, médicos que protestan por sus condiciones laborales... En ningún lado está escrito que el erial no pueda volver a ser campo.

Tu suscripción se está usando en otro dispositivo

¿Quieres añadir otro usuario a tu suscripción?

Si continúas leyendo en este dispositivo, no se podrá leer en el otro.

¿Por qué estás viendo esto?

Flecha

Tu suscripción se está usando en otro dispositivo y solo puedes acceder a EL PAÍS desde un dispositivo a la vez.

Si quieres compartir tu cuenta, cambia tu suscripción a la modalidad Premium, así podrás añadir otro usuario. Cada uno accederá con su propia cuenta de email, lo que os permitirá personalizar vuestra experiencia en EL PAÍS.

¿Tienes una suscripción de empresa? Accede aquí para contratar más cuentas.

En el caso de no saber quién está usando tu cuenta, te recomendamos cambiar tu contraseña aquí.

Si decides continuar compartiendo tu cuenta, este mensaje se mostrará en tu dispositivo y en el de la otra persona que está usando tu cuenta de forma indefinida, afectando a tu experiencia de lectura. Puedes consultar aquí los términos y condiciones de la suscripción digital.

Rellena tu nombre y apellido para comentarcompletar datos

Archivado En

_

Últimas noticias

Recomendaciones EL PAÍS
Recomendaciones EL PAÍS
Recomendaciones EL PAÍS
_
_