Ni un triste minuto
De todas las posesiones a las que podemos calificar como nuestras, porque disfrutamos de ellas, el tiempo es la que menos nos pertenece


Nadie tiene un minuto para no hacer nada. Nunca escaseó tanto el tiempo, de hecho. Y más que va a mermar en esta historia sin respiro que parecen ser nuestras vidas. Cada época genera sus propias ficciones, y hoy estamos en la de la escasez del tiempo. Hace ya un par de años tuvimos noticia del frenazo del núcleo interno de la Tierra, de lo que podría derivarse en el futuro la reducción de los días en alguna fracción de segundo. Lo que nos faltaba. Cómo no temer que sin esa fracción preciosa habrá tareas, recados, experiencias, citas a las que no llegaremos. Los días serán de pronto cortísimos, unas décimas de segundo por debajo de las veinticuatro horas que ya se nos antojan muy pocas, francamente.
Cómo vamos a disponer de margen para no hacer nada. Si por un casual gozas de un minuto para no hacer nada, lo sacrificas y haces algo. Pobre Oblómov hoy. Hace tiempo que rebajamos a irrelevantes, casi frívolos, esos momentos que podemos dedicar a lo que nos apetezca (incluyendo la holganza). Cabe pensar que las manos, los pies, la cabeza están para hacer. El cuerpo es en sí mismo un tributo a la acción. Inventamos los bolsillos, las sillas, las camas, los recreos, para interrumpir la actividad apenas momentáneamente, con vistas a retomarla al poco con más brío. La vida se entrega a todas horas a dos de célebres verbos del capitalismo: producir y consumir.
El tiempo, en cualquiera de sus unidades —minutos, segundos, horas, días, etcétera—, se nos presenta como una oportunidad única para exprimirlo y acometer más acciones. Siempre hay algo nuevo delante para hacer. Quién querría tener más tiempo para hacer menos. A ver: en un plano teórico, o en el de los sueños, y en todo caso gratuito, todos querríamos. En cambio, cuando llega el momento, renunciamos a ese juguete del tiempo propio, que está ya tan lejos de nuestro alcance que ni siquiera recordamos haber fantaseado con él alguna vez. Nos encanta declarar que no tenemos tiempo, eso sí, y que ojalá lo encontrásemos. “Declarar” devino una de las facetas en las que los individuos depositamos nuestras energías. Yo digo, tú dices, ella dice… Cómo nos gusta decir, decir por decir, sin implicarnos más que en la simple oración. Tener tiempo para uno constituye una magnífica pretensión. Nos gustaría disponer de él para leer más, para pasear, para quedar y ponernos al día, para aburrirnos, para bla bla. Amamos esas frases con las que se dibujan unas pretensiones, lamentos, entusiasmos, frustraciones, ascos… Y con el enunciado se cierra todo, cae el telón, cesa la interpretación. Algo más fuerte que las aspiraciones nos empuja a hacer lo que sea.
De todas las posesiones a las que podemos calificar como nuestras, porque disfrutamos de ellas, el tiempo es la que menos nos pertenece. Nuestro tiempo está, en general, al servicio de otros. Me pregunto a veces qué sucedería si, todos a la vez, hiciésemos absolutamente nuestro un minuto, solo uno. Qué ocurriría si durante sesenta segundos exactos no hiciésemos nada al mismo tiempo. Es decir, si todo el mundo suspendiese su actividad, y no hiciese literalmente nada, ni levantar un brazo, ni mover un dedo, ni desplazar la cadera, ni volver el cuello, ni rotar un pie, ni toser, ni hablar, ni mirar de reojo al móvil, ni asentir. En un mundo en el que nunca existió tanta acción, movimiento, transferencia, intercambio, velocidad, seguramente algo espeluznante sucedería si de pronto no ocurriese nada porque nos quedamos quietos. Asistiríamos a una revolución salvaje, de imprevisibles consecuencias. La revolución de la nada.
Es hermoso pensar que durante una fracción de tiempo minúscula quizás no habría alza de precios, ni récord de beneficios, ni abusos de poder. No habría quien lanzase bombas, quien las fabricase, quien impartiese talleres de escritura, quien extrajese petróleo, quien hiciese volar un dron, o navegar un barco, o circular un camión, o acallar a un individuo libre, o remover el odio, o enfrentar a unos con otros. No habría violencia física o verbal, malos gestos, mentiras que difundir, estafas, humillaciones, selfies, erratas, goles, rayas, suicidios, notificaciones, ruido. Colapsaría la realidad, caería momentáneamente al vacío, y se hablaría de una revuelta individual y colectiva, terrorífica a la vez que pacífica; a saber si se reescribiría la Historia.
No hacer nada —¡ni scroll!—, no pulsar la tecla de enviar, no consumir, no generar riqueza o pobreza expresamente, tiene algo de alucinógeno. Durante ese ínfimo minuto, en lugar de esclavos, o peones, nos volveríamos dueños del tiempo; lo haríamos nuestro y de nadie más. Reduciríamos el estrés, la ansiedad, mejoraría nuestra salud. Nos situaríamos fuera de un engranaje para el que solo somos combustible. Recuperaríamos la atención y en alguna medida también el control sobre nuestras vidas. Casi da vértigo. Pero claro, esto nunca ocurrirá. Es imposible. El mundo nos traslada a todas horas un mandato al que resulta inviable sustraerse: haz. ¿Quién tiene un minuto enorme, descomunal, que dure como uno pequeño, para quedarse parado, no hacer, a lo mejor pensar?
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