Droga rica, droga pobre
Una cosa es que se pongan hasta arriba los acomodados y otra que lo hagan los tirados


Hace tiempo un escribidor me dijo en medio de una fiesta una frase que no consigo olvidar: “La Transición la hizo la zarpa”. Se refería a que si, durante las horas más tensas de la reconstrucción democrática de la España que son dos, no hubiese habido por el medio sustancias euforizantes, nunca se habrían sentado las bases de la concordia. Cuatro de los siete padres de la Constitución tenían menos de 40 años cuando se retiraron en el Parador de Gredos y me los imaginé haciéndose lonchas sobre una mesa de madera de nogal mientras discutían el capítulo de la Corona. Zarpa, por si no se habían enterado, es jerga para cocaína (lonchas lo es para rayas), una sustancia que ha sido para la parte privada de la vida pública española mucho más importante de lo que nadie está dispuesto a admitir. No creo ni por asomo que durante el pacto del mantel los comensales se levantasen furtivamente al baño: para eso hace falta tener una cierta disposición a perder el control por un rato y aquellos políticos se tomaban tan en serio los asuntos de Estado como su ego. Pero me gustó la idea. Los años del subidón constitucional también fueron los de la reconversión industrial: drogas mucho menos elegantes arrasaron a generaciones de jóvenes que se refugiaron en ese dios. Hubo en prime time campañas de la FAD advirtiendo sobre la fina línea (guiño) que separa la diversión de la adicción, pero también una Lola Flores que defendía que “todo se puede hacer con método”. Alguien me contó esta semana que en un barrio muy céntrico de Madrid (eludo el nombre para evitar el estigma) se están volviendo a ver drogas baratas de las que se consumen en portales y dejan sin dientes. Esa visión horrible está llevándose a vecinos que siempre fueron muy de izquierdas muy a la derecha. Una cosa es que los acomodados nunca hayan dejado de ponerse hasta el culo y otra que los pobres vuelvan a hacerlo.
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