Instrucciones para dirigir el mundo
Al estrechar la mano, se debe contraer rápida y determinadamente, porque así usted podrá establecer una relación de poder, que es lo que suele buscarse

Sepa que lo más trivial nunca lo es, aunque lo parezca. Póngase en el centro del escenario, donde le vean bien. Siéntase cómodo. Suéltese. Note que en cada gesto hay un mensaje, y lo mismo que se dicen cosas con los ojos, con las cejas y con los pliegues de la cara también pueden decirse con los dedos de una mano. Tienda la suya al frente y espere a que la otra parte estreche su palma. Apriete. Aguante. Mire a los ojos. No deje de apretar. No suelte. En principio, no necesitará ir a hacer daño: suele bastar con una firmeza dulce. Que no duela, pero que se sepa que no duele porque usted no quiere. Que sea a la vez un saludo y una manera de advertirle al otro de que está perdonándole la vida.
Debe ser una contracción de la mano rápida y determinada porque, en ese gesto, usted podrá establecer una relación de poder, que es lo que suele buscarse. Al cabo, todo el poder del mundo se refleja en ese gesto que se interpreta como una muestra de educación, pero que, en realidad, desvela casi todas las variables de la condición humana, incluida la servidumbre. En otro acto reflejo, que sin duda será premeditado, puede incluso tirar del brazo a su invitado y atraerlo hacia usted. En función de su respuesta, sabrá si a ese o a esa que tiene enfrente habrá de llamarlo socio, amigo, subordinado o súbdito. Podrá saber si es de fiar. En ese gesto, medirá el alcance de su relación.
Hágalo siempre entre sonrisas, porque así es como mejor se disimulan las verdades: con sonrisas que fingen con los dientes lo que usted ya habrá deducido por las manos. Así, tendrá ocasión de detectar traidores y de calibrar las resistencias, aunque quizá llegue a notar otros acordes de acompañamiento como palmadas en la espalda o golpecitos suaves sobre la palma de la mano. No se fíe: pretenderán complacerle. Por suerte, usted ya sabrá a quién tiene de su lado para lo que sea: para cerrar un trato o para conquistar el mundo. Será ese gesto el que retrate, en lo que dura un instante, qué piensan de usted todos esos que le halagan tanto; aunque será, eso sí, al precio de dejar al descubierto lo que usted piensa de sí mismo. O sea: sus propios complejos.
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