Somos tan insensibles
Una vez escribí una necrológica que resucitó al difunto


Un día, hace años, no compré un paraguas que un pobre me ofreció en una esquina de la Gran Vía de Madrid, pese a que estaba a punto de llover. Llovió, claro, me calé hasta los huesos y enfermé. No sé por qué, me viene con frecuencia a la memoria aquel paraguas que no abrí y con el que no me protegí y con el que no regresé a casa. Aún hoy, después de tanto tiempo, observo el paragüero del vestíbulo y reparo en su ausencia. No sé qué sería del pobre, también me lo pregunto a veces. En otra ocasión, escribí por encargo una necrológica sobre un admirado escritor. Me aseguraron que había fallecido y que necesitaban tres mil caracteres con urgencia. Para no parecer mezquino, envié tres mil doscientos que resucitaron al difunto y que por fortuna no se llegaron a publicar. Poco después, coincidí con él en la presentación de un libro y al estrecharle la mano me pareció la de un cadáver: para autojustificarme, supongo. Aún vive.
¿Y qué hay de la gente que no ha nacido? Para nacer se necesita nacer, valga la redundancia. Pero el peso de los no nacidos es mucho mayor que el de los alumbrados. Cuando se observa con atención el movimiento de un parque infantil, se comprueba que abundan más los niños inexistentes que los existentes. Como los primeros no se ven, apenas reparamos en ellos. Pero las calles están llenas también de hombres y mujeres que dan la impresión de ir solos, aunque llevan de la mano a un hijo o una hija nonatos. Abundan asimismo las viudas cuyo marido continúa activo y los huérfanos o huérfanas imaginarias. Hay gente, como el escritor del primer párrafo, que se resiste a perecer, aunque le hayas escrito una necrológica elogiosa.
No deseo extenderme en este asunto porque me entran ganas de llorar por las lágrimas no derramadas. He llorado en menos ocasiones que en las que he llorado. Y eso no dice mucho de mí, ni de nosotros. Debería afligirnos el llanto no llorado. Pero somos tan insensibles…
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