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tribuna
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Mbappé acusa como Zola

Todos estamos llamados a participar en los asuntos políticos porque nos conciernen

Kylian Mbappé, durante el partido entre Francia y Países Bajos en la Eurocopa, el pasado día 21.
Kylian Mbappé, durante el partido entre Francia y Países Bajos en la Eurocopa, el pasado día 21.Kai Pfaffenbach (REUTERS)
Irene Lozano

Tenía que ser en Francia donde naciera la nueva estirpe de los intelectuales. Allí Émile Zola publicó su célebre ¡Yo acuso…! y enmarcó el título de su artículo entre signos de exclamación que eran más bien de indignación. Corría el año 1898 y el escritor —ya en la cumbre de su carrera literaria— se atrevió a denunciar el antisemitismo que había llevado a la injusta condena de Dreyfus. Zola tomó partido, señaló a los responsables y arrostró las consecuencias en forma de juicio y exilio. Además inauguró una categoría: los intelectuales, un cuerpo de personas interesadas en la búsqueda de la verdad, con voluntad de influir en el debate público.

Yo aplaudo a Kylian Mbappé por ocupar ese lugar. Ya iba siendo hora de revitalizar la función de los intelectuales, que fueron muriendo sin reemplazo en el siglo XX. Las sociedades europeas del siglo XXI no han encontrado la forma de hacerles sitio, probablemente porque son gente de matices. Los intelectuales carecían de otro interés distinto del conocimiento y la defensa de sus ideas, a veces equivocadas; podían no tener la pericia técnica del experto ni la sapiencia de la academia; toda su autoridad se asentaba en la defensa de los valores; casi nunca eran pragmáticos. Demasiado complejo para un perfil de TikTok.

Mbappé se ha pronunciado contra los extremos y no se refería a los que corren por la banda. Sólo oír a un futbolista hablar de cosas distintas al fútbol ya es extraordinario. Mbappé tiene ideas, la materia prima con la que trabajaban los viejos intelectuales, desde Albert Camus a Bertrand Russell. Pero además tiene fama, imprescindible para hacerse escuchar en la economía de la atención. Claro que futbolistas con visibilidad hay muchos, aunque lo más frecuente es que la despilfarren en una marca de coches, un local de moda o un fijador de pelo. Casi siempre cobran por ello, hasta el punto de que les resulta engorroso hacerse una foto con algo o alguien si no suena el cling-cling de la caja registradora.

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No tiene nada que ganar Mbappé con sus palabras, si acaso enemigos. Y tal vez esa sea la razón de que muchos no se atrevan, pues sólo asumen el riesgo inherente a la lesión del ligamento cruzado. Ha medido con precisión el mensaje que quería transmitir y a quién se lo dirigía. No ha abogado expresamente por el voto a un partido y, sin embargo, su mensaje ha sido netamente político: “Estoy en contra de los extremos, los que dividen. Hay jóvenes que se abstienen, quiero hacerles llegar este mensaje. Su voz sí cambia las cosas”. A esa generación cuyos índices de abstención en Francia rozan el 70% les anima a ejercer de ciudadanos, a creer en su capacidad de decidir el futuro con el voto.

La madre de Mbappé es argelina y su padre, camerunés. Él se crio en una de las banlieues donde a menudo la República sólo reparte desesperación y juegas con máscara si te rompen la nariz. Sin embargo, ha hablado como un francés: “Quiero estar orgulloso de defender a un país que representa mis valores”. Todo intelectual que se precie descubre una paradoja. La que él señala consiste en que el nacionalismo fanático antiinmigración traiciona los valores de Francia, aunque no deje de invocar el patriotismo. Él es francés de pura cepa porque defiende “la mezcla, la tolerancia y el respeto”. No lo es por sus raíces ni por el color de su piel, sino porque quiere serlo. Si hay que ponerle una pega es no haber dicho que parafraseaba a Simone de Beauvoir: no se nace francés, llega uno a serlo. Se identifica y se enorgullece de esos valores que están amenazados en este crítico momento en Francia.

La legitimidad de los intelectuales para implicarse en el debate público reside en esa apelación a la ciudadanía y los valores. Mbappé interviene en calidad de ciudadano, como podría hacerlo cualquier futbolista: todos estamos llamados a participar de los asuntos políticos porque nos conciernen. Por eso resulta más llamativo que aquí, sin ahorrar patetismo en el regate, algunos aún esgriman falta de conocimiento político para eludir pronunciarse.

Se ve que en muchos campos de fútbol españoles aún resuena el viejo consejo de Franco: “Haga usted como yo, no se meta en política”. Pero el rumor se vuelve tenue hasta apagarse cuando en esos mismos campos juegan las mujeres. Nuestras futbolistas, además de ser las mejores del mundo, saben utilizar la atención que reciben para ejercer una influencia positiva en la sociedad. Lo contrario de lo que hacen muchos de ellos, que tienen al mundo entero mirándoles y se concentran para decir una simpleza. Aitana Bonmatí se sirvió de su discurso al recibir el balón de oro de FIFA para reivindicar la igualdad, entre otras muchas cosas. Eso tras ganar un Mundial, cambiarse de ropa, defenestrar a un presidente de la Federación de fútbol, quitarse las botas de tacos y desencadenar un movimiento mundial contra la desigualdad en el deporte. No está mal. Fue un trabajo de equipo, como nos ha recordado Mbappé. Porque uno solo no puede con la selección reaccionaria global.

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