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Tribuna
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Muy generosísimo maestro

Francisco Rico fue mucho más que un sabio, también fue promotor de uno de los primeros programas televisivos sobre lengua y dirigió colecciones que popularizaron nuestra literatura en los quioscos

Francisco Rico, fotografiado en Barcelona en un bar de la Travessera de Gràcia, muy cerca de donde nació.
Francisco Rico, fotografiado en Barcelona en un bar de la Travessera de Gràcia, muy cerca de donde nació.Gianluca Battista
Lola Pons Rodríguez

En el Quijote un personaje encomia un “muy sabrosísimo queso” y otro habla de sus lágrimas de “muy alegrísimo contento”. Lo más probable es que Cervantes nunca escribiera esas frases. En el español actual, decir de algo que es muy carísimo o muy penosísimo no es correcto desde el punto de vista normativo, pero en la lengua hablada de aquí y de allá es posible toparse con esta construcción de muy con ísimo sin mayor problema. A inicios del siglo XVII, cuando se imprimen las dos partes del gran libro de nuestra literatura, esa forma de superlación acabada en ísimo todavía se estaba asentando en el idioma y no se veía tan claro como hoy que algo carísimo es más caro que muy caro. Aun así, hacer coincidir muy con ísimo empezaba a sonar extraño y ya no aparecía tan frecuentemente en la prosa culta. Cervantes no lo usa en sus textos salvo en esos dos casos del Quijote.

Hace unos años, alguien nos enseñó en un libro llamado El texto del “Quijote” (2005) que para entender la lengua y el sentido de una obra había que fijarse también en su materialidad, en algo tan ajeno al autor como el soporte en que circulaba el texto. Si se miran las correspondientes páginas en que están escritas ambas expresiones del Quijote, se observa que en los dos casos las formas con muy ísimo aparecen en páginas con mucho espacio entre palabras, con mucho aire en los renglones, como si sobrara papel.

Tal es la razón de esos muy ísimo del Quijote y eso lo descubrió el filólogo Francisco Rico (1942-2024). Halló que en los talleres de imprenta los pliegos internos de una obra se imprimían como cuadernillos independientes que luego se doblaban y encuadernaban y que eso obligaba a hacer un cálculo de páginas previo sobre el papel que se necesitaría. Acreditó que los impresores fallaban a veces por cuenta de menos o de más y que, si eso ocurría, se sentían en la libertad de recortar texto del original del autor o, al contrario, podían embutir palabras para rellenar, como hacen los estudiantes cuando no manejan bien la lección y en el examen escriben mucho y muy grande para rellenar los folios. Eran ardides tipográficos de cualquier profesional con experiencia. Cervantes seguramente escribió solo sabroso queso o alegre contento, y el impresor amañó para henchir la página.

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Pongo este ejemplo menudo como muestra de esa filología de imprenta que el profesor Rico nos enseñó a hacer. Podría poner ejemplos similares de cómo nos dio la vuelta a nuestra interpretación del Lazarillo de Tormes, de su imponente investigación sobre Petrarca, de su agudeza al explicarnos las Glosas como el cuaderno de un estudiante de latín o de su agudo retrato del sevillano Antonio de Nebrija como el primer español con sentido europeísta que luchó contra esos bárbaros que manejaban un mal latín.

No puedo resumir la bibliografía de un maestro, de un titán de la filología, en estos párrafos que me preceden. Sus avances en la interpretación de los grandes textos de nuestro pasado fueron haciendo de Francisco Rico una cita indispensable en las clases universitarias sobre cultura, historia y literatura. Pero no fue solo un sabio cuya erudición nos mejoró las clases. Rico fue promotor de uno de los primeros programas televisivos sobre lengua, dirigió colecciones editoriales que popularizaron nuestra literatura en los quioscos, no se alejaba de la vida pública. En este periódico publicó numerosas tribunas: yo les recomiendo la que dirigió, con seny y humanidad, a Marta Rovira, secretaria general de ERC, cuando fue imputada por un delito de rebelión y huyó a Suiza. Las propias declaraciones de Rico, barcelonés, sobre el nacionalismo nos muestran una forma de ver la siempre abejeante cuestión catalana alejada de convulsiones y equidistancias. Rico mostró su desacuerdo con el procés y, sin bailar el agua al nacionalismo catalán, defendía el exquisito papel de Barcelona en el argumento del Quijote y hablaba sin obstáculos de Bernat Metge o del Tirant.

Rico murió el sábado pasado. Cuando el domingo comprobé que la noticia de su fallecimiento no salía en las portadas de todos los periódicos españoles sentí una profunda decepción. ¡Que no ha muerto un sabio especialista más ni un meritorio erudito ilustrado! ¡Que ha muerto Francisco Rico! Una no es tan inocente como para creer que la Filología es más importante que el deshojar la margarita del presidente o el fútbol de ayer, pero no deja de ser indicativo de cómo estamos el ver que se relegaba a páginas interiores el fallecimiento de un intelectual irrepetible. Dan ganas de irse a las bibliotecas y sacar sus libros en manifestación.

Sé que los obituarios suelen caer en el pecado admisible de la exageración pero me puedo permitir hacerlo para compensar esa ausencia en las portadas: muy sabrosísimo conversador, muy generosísimo maestro Francisco Rico, que Cervantes te tenga en su gloria.

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Sobre la firma

Lola Pons Rodríguez
Filóloga e historiadora de la lengua; trabaja como catedrática en la Universidad de Sevilla. Dirige proyectos de investigación sobre paisaje lingüístico y sobre castellano antiguo; es autora de 'Una lengua muy muy larga', 'El árbol de la lengua' y 'El español es un mundo'. Colabora en La SER y Canal Sur Radio.
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