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La tractorada: ¿progre o facha?

Hay un agravio de fondo, lógico. La desigualdad de ingresos entre población europea rural (75% de la renta media) y urbana (125%)

Varios tractores circulan este sábado por las carreteras de La Rioja.
Varios tractores circulan este sábado por las carreteras de La Rioja.Fernando Díaz (EFE)

Dos miradas al campo que ahora revitamina la tractorada: ambas, simplonas. La nostalgia arcádica preindustrial relanzada por el hipismo y el neorruralismo. Y el desdén cosmopolita —a veces compasivo—, hacia el mundo campesino anclado a un pasado de hambruna y reacción. Abandonemos toda esperanza en línea.

No hay esas fracturas nítidas. El mapa de la protesta amalgama enfoques reaccionarios y sensatos. Unos, violentos, antieuropeos y corporativistas: los de consejeros autonómicos ultras. Otros, la respetuosa movilización en Cataluña (dirigida por Unió de Pagesos, de izquierdas) o la prudencia de sindicatos gallegos, aplazando todo al 18-F.

Abismo entre organizaciones; abismo en motivos. Hay un agravio de fondo, lógico. La desigualdad de ingresos entre población europea rural (75% de la renta media) y urbana (125%). Y dentro del campo, el que separa al 20% de los de arriba (habitan palacios: los Alba), que perciben el 80% de las ayudas de la Política Agrícola Común (PAC), del resto.

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Esa política busca con torpeza conjugar tres fines de difícil encaje: apoyo a la producción (favorece a los grandes tenedores, con propiedades más rentables); sostenimiento a la renta de los pequeños (para fijarlos al suelo y evitar las Españas vaciadas); y equilibrio ecológico contra el cambio climático (fertilizantes no contaminantes, pesticidas inocuos, semillas nuevas y resistentes). Y al ser generosa, exige formularios burocráticos que soslayen la corrupción: ocupan quizá un 20% del tiempo útil del agricultor.

¿Generosa? ¡Demasiado! La UE dedica con la PAC 387.000 millones cada septenio, el 35% de su presupuesto, al 4,5% de su población, la agraria, que genera poco más del 1,6% del PIB. Una locura, compatible con su carácter antirredistributivo interno que beneficia a los terratenientes por encima de la pequeña burguesía rural y los jornaleros.

El otro gran argumento, la defensa frente a la competencia desleal (por ejemplo, marroquí), aunque tenga alguna pequeña percha (pesticidas, salario/hora), apesta a xenófobo. Competitivos, nosotros. En 2000, importábamos más productos agrícolas y pesqueros de los que exportábamos. Ahora, el saldo comercial neto nos es favorable en 14.900 millones anuales. ¿Marruecos? También progresa. Nos vende en 15 años más kilos de tomates de los que vendía; nosotros, menos a la UE de los que solíamos (629 millones de kilos en vez de 957)… pero hemos duplicado su precio. Ganamos más con muchas menos unidades. No sean cutres.

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