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ISRAEL
Columna
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Netanyahu: peligroso extremista

El derrumbe del primer ministro israelí en las encuestas tiene que ver con dos factores cruciales: la reforma judicial y la incapacidad de prevenir o evitar los ataques de Hamás del 7 de octubre

Benjamin Netanyahu
Benjamín Netanyahu, en una conferencia de prensa el 31 de diciembre pasado.POOL (via REUTERS)
Diego García-Sayan

Benjamín Netanyahu siempre ha encarnado una posición extremista en los principales asuntos israelíes, no solo en temas de política externa sino también interna. El mundo y la sociedad israelí le deben varios momentos y etapas de tensión, conflicto y muerte. Antes y ahora.

Pienso no solo en los 20.000 muertos en Gaza en poco más de dos meses (la mayoría niños y mujeres). Están en la siniestra cuenta del primer ministro Netanyahu también la pretensión de acabar con la independencia de la justicia en Israel, y la sospecha de que tras la total inacción de la seguridad israelí el 7 de octubre, podría haber algo muy distinto a la simple ineficiencia del mejor sistema de defensa y seguridad del mundo.

Siempre confrontacional, adverso al diálogo sobre asuntos de fondo y esencialmente autoritario, la lógica intolerante de Netanyahu explica en parte la política israelí. Podría recordarse muchos hechos, pero tres perlas resultan claramente ilustrativas de la amenaza que significa Netanyahu para el mundo, el medio oriente y la democracia israelí, empezando por la oposición frontal a una salida negociada, única vía para hacer realidad los dos Estados en Palestina.

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1) Persistente y sistemática oposición de Netanyahu a cualquier salida pacífica o negociada de la tensión palestino-israelí.

Desde la creación de Israel por las Naciones Unidas en mayo de 1948 y la tensión que ello generó entre el pueblo palestino, no solo ha habido confrontación y tensión. Se han producido, también, acercamientos, negociaciones y acuerdos importantes entre Israel y la representación del pueblo palestino. El paso medular fundamental fueron los Acuerdos de Oslo, negociados durante la década de 1990 con la mediación Noruega y del presidente estadounidense Bill Clinton.

Los llamados Acuerdos de Oslo fueron cruciales. Firmados en setiembre de 1993, en la Casa Blanca por el entonces primer ministro israelí Yitzhak Rabin, el presidente de la Organización para la Liberación de Palestina (OLP), Yasser Arafat, y ante el presidente Bill Clinton. Los acuerdos fueron medulares en al menos cuatro aspectos fundamentales:

a) Reconocimiento mutuo entre Palestina e Israel como negociadores válidos; Arafat ratificó allí el derecho de existir de Israel

b) Compromiso del primer ministro israelí de devolver los territorios ocupados de Gaza y Cisjordania

c) Se estableció un autogobierno llamado Autoridad Palestina en la Ribera Occidental y la Franja de Gaza, y el compromiso de la retirada progresiva de las fuerzas armadas israelíes

d) Medidas de prevención contra actos de terrorismo y hostilidades entre ambos estados, así como la garantía de resolver, antes de mayo de 1999, otros temas controvertidos: Jerusalén, las fronteras, los refugiados y los asentamientos.

Estaba fresca la tinta de los acuerdos firmados en la Casa Blanca y la voz confrontacional, agitada y extremista de Netanyahu, levantó agresivamente a sectores extremistas y violentistas de la sociedad israelí contra los acuerdos de Oslo y contra el primer ministro Rabin, a quien llegó a acusar públicamente de estar “alejado de la tradición judía y de los valores judíos”. A los pocos días Rabin fue asesinado en Tel Aviv por un extremista, Yigal Amir, en medio de ese ambiente confrontacional promovido por Netanyahu. Con ello, se paralizó el proceso de paz en el que había participado activamente Rabin. En el sepelio de Rabin, su hijo Yuval Rabin, delante de Netanyahu y mirándolo, denunció la existencia de “un mecanismo que actuó contra Yitzhak Rabin, un mecanismo de incitación y división que continúa golpeándonos”.

Siendo ese el contexto, resulta evidente que sólo el camino de una salida que apunte a la existencia de los dos Estados en la zona, Israel y Palestina, podrá generar estabilidad y paz duradera. Y para que sea ese el resultado, sólo el camino de una negociación exitosa ofrecería consistencia y solidez.

2) Otro objetivo de Netanyahu: acabar con la independencia de la justicia.

Hace un año el Gobierno de Netanyahu anunció el objetivo de “reformar” el sistema de justicia en Israel. Es decir, un gobierno nombrando “sus” jueces en base a la afinidad política y apuntando a un gobierno que no rinda cuentas.

Buscaba cambiar las normas fundamentales sobre asuntos y facultades judiciales sustanciales con lo que se terminaba la independencia de la justicia en Israel sometiéndola al control político del Gobierno. Tal como lo han venido intentando en estos tiempos en América Latina, a su manera, sectores antidemocráticos y de extrema derecha en Pactos de Corruptos en Guatemala o el Perú.

La “reforma” de Netanyahu buscaba concentrar el poder en sus manos. Tenía como objetivos, entre otros, darle al Gobierno el poder absoluto en el nombramiento de jueces y fiscales; impedir que la Corte Suprema pueda revisar las Leyes Fundamentales y limitar la capacidad del sistema judicial de revisar otras leyes y decisiones gubernamentales, por medios como permitir que la Knesset (Parlamento) anule sentencias de la Corte Suprema con una votación por mayoría simple.

Pese a la complejidad de la situación interna en Israel, la verdad de los hechos es que la Corte Suprema ha generado, ocasionalmente, un mínimo de protección a la población palestina y a otras minorías de Israel. Por ejemplo, anulando intentos del gobierno de prohibir que se presenten partidos políticos palestinos a las elecciones parlamentarias de Israel. La justicia también ha permitido a palestinos que se enfrentaban a desalojo forzoso o traslado forzoso obtener órdenes judiciales temporales.

La medida autoritaria de Netanyahu tuvo inmediata reacción en la comunidad democrática israelí y, por cierto, entre jueces y juristas y en espacios internacionales como Naciones Unidas. Como relator especial de la ONU sobre independencia de jueces, función que desempeñé hasta noviembre de 2022, expresé oficialmente, en su momento, que la reforma judicial propuesta “minaría seriamente la independencia de los tribunales de Israel, incluida la Corte Suprema”. Uno de los más destacados desde Israel, ha sido Shimon Sheetret, profesor de la Universidad Hebrea de Jerusalén, y profesor visitante en las más relevantes universidades de EE UU y Gran Bretaña.

Las protestas masivas y sostenidas por meses contra la “reforma Netanyahu” paralizaron al país en varios momentos en una de las convulsiones políticas más profundas a las que se ha enfrentado Israel en su historia. Por ello, es trascendente la decisión adoptada este lunes 1 de enero por la Corte Suprema de Israel que anuló la ley promovida por Netanyahu que limitaba los poderes de la justicia y los concentraba en el Gobierno.

Dado el empuje que Netanyahu le dio a su proyecto cancelatorio de la independencia judicial, es obvio que la tensión continuará con el impulso autoritario y confrontacional del primer ministro. En oposición dos fuerzas: una más religiosa y autoritaria contra una más laica y pluralista que es la que en este caso ha acabado ganando. Tanto está tensión como la guerra contra Gaza reflejan algunas de las crecientes y agudas contradicciones tensiones que hoy atraviesan Israel.

3) La inacción del sistema de inteligencia y defensa israelí ante el ataque de Hamás el 7 de octubre.

Como es sabido, el derrumbe de Netanyahu en las encuestas en Israel tiene que ver con dos factores cruciales. De un lado, la llamada “reforma judicial” que generó abrumador rechazo popular. Por otro, la incapacidad de prevenir o evitar los ataques de Hamás del 7 de octubre en los que murieron 1.200 personas. Esto último pese a tener uno de los mejores y más fuertes sistemas de inteligencia y de seguridad en el mundo.

Por su dimensión y complejidad logística hay razones para suponer que el ataque pudo -o debió- ser detectada ante hechos que se organizaban a pocos metros de la frontera israelí y en zonas plagadas de efectivos de seguridad israelíes.

Ehud Olmert, ex primer ministro de Israel (2006-2009), en entrevista publicada en este periódico, atribuye el resultado a la arrogancia: “Israel tenía toda la inteligencia necesaria para saber lo que estaba pasando. Incluso hubo advertencias concretas de servicios amigos de la posibilidad de un ataque militar muy serio por parte de Hamás”, pero que “la mentalidad israelí estaba a otra cosa y eso es lo que permitió la matanza. La arrogancia. Ese fue el problema”.

El hecho es que hasta el momento no se conoce si investigaciones en profundidad están realmente en curso y cuál podría ser la explicación que después de tres meses del ataque no haya un asomo de los resultados.

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