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Columna
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Perfidia

El acto de maldad extrema es traicionar la verdad de los propios valores para denigrar al que piensa de manera contraria

Guerra Israel Gaza
Un hombre lleva en brazos a una niña víctima de un bombardeo en Rafah, en el sur de la franja de Gaza, el 1 de diciembre.Hatem Khaled (REUTERS)

Democracia, si tú puedes con Dios hablar, pregúntale si yo alguna vez te he dejado de adorar. Te busco y no te puedo hallar, dice la canción. Antonio Machado nos da un buen consejo a sus lectores: la mejor manera de defender una idea es evitar que los enemigos tengan razón. Comportarse con lealtad a uno mismo es el modo de debilitar las críticas de los adversarios. Como tantos consejos de Machado, esta invitación a la propia conciencia tiene mucho valor en la actualidad de las redes sociales, cuando se sustituye la información por mentiras aborregadas, y la extrema derecha populista dispara campañas de desprestigio contra las mentalidades progresistas. La perfidia, el acto de maldad extrema, es la decisión de traicionar la verdad de los propios valores para denigrar al que piensa de manera contraria.

Un periodista del Opus se hizo pasar por víctima de los abusos sexuales en la Iglesia para desprestigiar las investigaciones llevadas a cabo sobre este asunto por EL PAÍS. También he leído insultos clericales contra la excelente investigación del defensor del pueblo. Ser creyente, católico y defensor de una moral frailuna, atenta a los pecados mortales, y acabar de cómplice de los abusos por enemistad con el demonio supone la traición extrema a la santidad. Las personalidades descansan así en el odio al otro más que en la propia conciencia. Una perfidia.

Por desgracia esta dinámica está invadiendo las costumbres de la oposición política. Después de ver a miles de niños muertos en la televisión, después de sufrir las imágenes de inocentes bombardeados y degollados por Herodes, resultan una perfidia las críticas al presidente del Gobierno de España, porque, al mismo tiempo que denunciaba claramente el terrorismo, pedía respeto a los derechos humanos. Y que eso lo hagan los representantes del tradicionalismo español clama al cielo de los justos. Ya no sé ni cómo orientarme. Perfidia.

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