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editorial
Es responsabilidad del director, y expresa la opinión del diario sobre asuntos de actualidad nacional o internacional

El secesionismo cotiza a la baja

La sociedad catalana sigue dando muestras de su desinterés por el independentismo

Josep Santacreu, ganador en las elecciones a la Cambra de Comercio de Barcelona.
Josep Santacreu, ganador en las elecciones a la Cambra de Comercio de Barcelona.Gianluca Battista

Si alguien esperaba una contundente señal de cambio en la opinión pública catalana respecto a la reivindicación independentista, esta ha llegado de donde menos se la esperaba: de las elecciones a la Cámara de Comercio de Barcelona. En la votación celebrada este miércoles resultó derrotada la candidatura promovida por la Assemblea Nacional Catalana, que hace cuatro años se hizo con el poder de la entidad con el apoyo del Govern secesionista presidido por Quim Torra.

Ahora va de empresa es el elocuente lema de la lista vencedora, que se presentó como un proyecto integrador, transversal y representativo de todas las mentalidades, capaz de recuperar a las grandes compañías, expulsadas en la práctica por el separatismo, y de regresar también a la Cámara de Comercio de España, en la que el peso de Barcelona debe ser el que corresponde a su actividad económica. Josep Santacreu, el nuevo presidente, se propone contribuir al regreso de las firmas que huyeron de Cataluña después del referéndum ilegal de 2017.

El cambio en el empresariado se suma a una evidencia expresada en todas las elecciones: las autonómicas, que dieron la victoria en votos y escaños al PSC sobre ERC y Junts; las municipales, en las que el socialismo recuperó la alcaldía de Barcelona, y las generales, en las que el separatismo perdió 660.000 votos y obtuvo su peor resultado desde que empezó el procés. Idéntica evolución experimenta el sentimiento separatista, en caída libre desde 2019 según las encuestas, y a 10 puntos de quienes no desean la secesión.

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Corroboran esta tendencia la incuestionable disminución de la participación en las manifestaciones de la Diada, la desaparición del paisaje urbano de los lazos amarillos y de las esteladas, y la creciente fragmentación del espectro político independentista, tentado por proyectos más radicales aún que el de Carles Puigdemont, como el de la propia ANC, o sin inhibiciones ideológicas, el de la xenófoba Aliança Catalana, que cuenta ya con la alcaldía de Ripoll. Ambas son partidarias de la vía unilateral y rupturista. Tampoco es una formalidad sin significado político la audiencia del rey Felipe VI a Jaume Collboni, un encuentro con el alcalde de Barcelona que no se producía desde 2006, cuando fue Juan Carlos I quien recibió a Jordi Hereu, y que no ha sido emulado todavía por la presidencia de la Generalitat.

Todo ello contrasta con la persistencia de la retórica procesista, espoleada ahora por la influencia parlamentaria que el resultado del 23-J otorgó a Junts. Pese a su inesperado protagonismo en Madrid, el sector más inmovilista del secesionismo haría mal en actuar de espaldas a la sociedad cuyos intereses afirma defender. Más de la mitad nunca se sintió ni defendida ni representada por los discursos de ruptura. Sería un error que los nacionalistas renunciaran a hacer política por el afán mesiánico de hacer historia.

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