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Luiz Inácio Lula da Silva
Columna
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Lula acierta en la ONU y Brasil vuelve a contar en el mundo que se está engendrando

El presidente brasileño necesita saber usar sus favorables dividendos internacionales para imponerse en la política interna

Lula da Silva
Lula da Silva pronuncia un discurso en la sede de Naciones Unidas en Nueva York, el pasado 19 de septiembre.BRENDAN MCDERMID (REUTERS)
Juan Arias

Tras cuatro años de oscurantismo y peligro de un golpe militar a manos del ultraderechista Bolsonaro, Brasil corría el peligro de volver a ser el país del pasado, en vez del clásico país del futuro. Su posición estratégica entre Norte y Sur del mundo, sus riquezas naturales y su posición clave en la actual crisis climática que amenaza al planeta se estaba deshilachando.

Quienes asesoraron los días pasados a Lula en sus discursos y numerosos encuentros con motivo de la reunión con sus pares en la reunión de la ONU en Nueva York han acertado el tiro. Lula, como lo confiesan hoy hasta sus mayores críticos, como el columnista del diario Globo y presidente de la Academia de la Lengua, Merval Pereira, “estrechando los lazos con los Estados Unidos en una visión humanista del trabajo, ha dado un giro en lo que caminaba para ser una unión antioccidental en la política externa”.

Los siete aplausos recibidos por Lula en su discurso en la Asamblea de los grandes del mundo, algo inusitado, fue la señal de que acertó en el tono para dejar atrás el oscurantismo en el que Brasil había caído, y volvía a resurgir de las cenizas para recuperar el peso que le corresponde en el nuevo ajedrez mundial que se está forjando.

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En Nueva York, Lula se ha distanciado finalmente de sus obsesiones de estar al lado de los países antioccidentales y su positivo encuentro con Biden le ha conducido incluso a revisar sus ímpetus de acercamiento a Putin en la guerra de Ucrania y a tener, por fin, un encuentro sin aristas con el líder ucraniano Zelenski para hablar de una solución pacífica y pactada del conflicto bélico que empieza a cansar al mundo.

Una vez rota la obsesión antioccidental de Lula y de acercamiento al continente latinoamericano, de boicotear el dólar para crear una nueva moneda que favorezca a China, Brasil puede ahora revisar su desastrada política exterior, destruida por su antecesor, Bolsonaro, que estaba arrastrando a este país no sólo a un desencanto interno sino también a no saber ya cómo colocarse en el globo en transformación.

Ahora Lula, si no desiste de su conversión, y si Biden consigue derrotar a Trump, como Lula lo hizo con Bolsonaro, las relaciones entre ambos presidentes considerados progresistas podría dar un vuelco. Y en ese caso sí es cierto que Brasil, con sus buenas relaciones, sobre todo comerciales con China y con los países en desarrollo, podrá abrir nuevos caminos de diálogo positivo y fructífero. Y eso no sólo entre Estados Unidos y China, sino también entre Brasil y Europa. Brasil podría así ser un punto clave en la nueva partida de ajedrez que se está jugando en las arenas movedizas de un nuevo orden mundial.

Lula necesita ahora olvidarse de los viejos países dictatoriales del continente para entablar un diálogo franco con los nuevos Gobiernos progresistas que están surgiendo en América Latina, que siguen viendo a Lula con excesivas simpatías con las viejas dictaduras del continente.

Ahora que el líder brasileño en pocos meses se ha encontrado ya, en su febril política exterior, con los líderes de medio mundo, necesita con urgencia colocar todos sus esfuerzos en hacer realidad sus jugosas promesas de política interna para barrer del país la basura acumulada por su antecesor y para levantar de su letargo a una economía que mal responde a sus posibilidades reales.

Brasil es un país en el que, dada su situación continental y sus riquezas de todo tipo, no puede ya permitirse el bochorno de seguir teniendo millones no sólo de pobres sino de familias que no consiguen comer cada día.

Lula ha llegado con un programa social robusto, progresista, con sueños de recuperación urgente que necesita ahora poner en marcha sin dejarse atemorizar por la vieja política rancia de un falso semipresidencialismo del Congreso. Es algo que le impide llevar a cabo reformas sustanciales ante las rancias prácticas clientelistas del pasado.

Lula, con su gran experiencia, sabe muy bien que ya no puede volver a las viejas prácticas de la política rastrera de que el Gobierno tenga que comprarse literal y monetariamente a los congresistas para poder aprobar las reformas. Tanto lo sabe, que ello le condujo un día a la cárcel.

Lula necesita ahora saber usar sus favorables dividendos internacionales para saber imponerse en la política interna, quebrando los viejos y desgastados trucos internos que han impedido siempre a este país, desde la colonización hasta hoy, hacer realidad el famoso eslogan de que “Dios es brasileño”.

Es verdad que nunca, como en los cuatro años del desastroso Gobierno golpista bolsonarista, se usó y abusó tanto del nombre de Dios aprovechando que Brasil es un país profundamente religioso. Ahora ha llegado la hora de pasar de los eslóganes fáciles y manidos para dar paso a las reformas profundas que permitan a este país poder ser y significar lo que realmente es y debe ser en el mundo. Un mundo digital a caballo entre el norte y el sur, entre lo viejo que muere y lo nuevo que lucha por nacer.

A Lula no le falta intuición ni olfato político para entenderlo, como lo ha demostrado en su larga carrera política. Puede que esta sea, por su edad, la última vez que tenga la posibilidad de demostrarle al mundo que, como lo bautizó Obama, es “El Político”. Es decir, el político por excelencia en instinto y biografía.

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