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Columna
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Sor Cristina

El edificante ejemplo de Pedroche infundirá en muchos de nosotros los beneficiosos sentimientos de culpa y de vergüenza, que nos llevarán a mortificarnos, aún más, con la esperanza de salvarnos

Cristina Pedroche se hace un selfi en un photocall durante su embarazo, en junio.
Cristina Pedroche se hace un selfi en un photocall durante su embarazo, en junio. Jorge Gil (Getty)

En una entrevista concedida en 1981 al Sunday Times, Margaret Thatcher afirmó que, para el neoliberalismo, “la economía es el método, pero el objetivo es cambiar el corazón y el alma”. Con esta frase, la dama de hierro se erigía en la madre superiora de la contrarreforma neoliberal, cuyo objetivo era hacer de nuestra sociedad una especie de convento, en el que todos nos esforzásemos por expiar el pecado original de nuestra naturaleza deficitaria. Porque, tras su apariencia materialista, el capitalismo neoliberal abomina del carácter corporal de nuestra existencia, que se revela en su pecaminosa tendencia a descansar, a enfermar, a envejecer o, simplemente, a vivir. Siendo su último anhelo limpiar de toda escoria el oro de la vida, para transformarlo en lingotes de puro valor económico. De ahí que, a pesar de toda su purpurina hedonista, este no cese de provocarnos sentimientos de culpa, vergüenza, miedo y mortificación. Dormir menos, trabajar más, curarse antes, jubilarse más tarde, no tener hijos, tenerlos y no tener tiempo de estar con ellos, gestionar en redes nuestra marca personal las 24 horas del día… cualquier cosa con tal de escapar a las llamas del infierno de la miseria y la marginación, que no concibe en términos meramente económicos, sino también “religiosos”.

En el gran convento neoliberal, los economistas son teólogos; los influencers, sacerdotes; los coaches, padres espirituales; el inglés, lengua sagrada; las frases motivacionales, mandamientos; los cursillos de formación, retiros; los emprendedores, santos; los móviles, rosarios; y las redes sociales, coloridas vidrieras en las que admirar el paraíso prometido, y ponderar los sacrificios que exige. Tal es el caso de la estampa que muestra cómo sor Cristina Pedroche ha logrado, tras santas mortificaciones, el milagro mariano de dar a luz a un niño conservando su cuerpo inmaculado. Insisto, lo que en dicha foto parece una celebración del cuerpo es una negación del mismo, ya que pretende abolir sus características fundamentales, como son el cambio y la imperfección, considerados pecaminosos, por la sencilla razón de que reducen nuestra rentabilidad dentro del convento neoliberal. Sin duda, su edificante ejemplo infundirá en muchos de nosotros los beneficiosos sentimientos de culpa y de vergüenza, que nos llevarán a mortificarnos, aún más, con la esperanza de salvarnos… Parece que necesitamos un nuevo esfuerzo secularizador, que nos libere de tanto puritanismo encubierto, y nos permita gozar alegremente de nuestros deficitarios cuerpos imperfectos.

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