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editorial
Es responsabilidad del director, y expresa la opinión del diario sobre asuntos de actualidad nacional o internacional

Vox frena el auge ultra en la UE

Su frustrada incorporación a un Gobierno del PP detiene las expectativas de poder de la ultraderecha en Bruselas

Santiago Abascal, líder de Vox.
Santiago Abascal, líder de Vox.Rodrigo Jimenez (EFE)
El País

La caída electoral de Vox y, sobre todo, la imposibilidad de formar parte de un Gobierno de coalición con el PP, ha roto el ascenso de las fuerzas ultraconservadoras y euroescépticas en Europa, que parecía imparable tras la victoria en Italia de la actual primera ministra, Georgia Meloni. La alianza de esas formaciones en torno al grupo ECR (European Conservatives and Reformists), presidido por Meloni y con Libertad y Justicia de Polonia y Vox entre sus compañeros de viaje, aspira a convertirse en un nuevo eje fundamental de la política europea, capaz de plantar cara a la democracia cristiana, concentrada en el Partido Popular Europeo, e incluso de romper el histórico entendimiento entre populares y socialdemócratas que ha mantenido en pie la Unión durante casi 70 años.

La llegada de Vox al Gobierno en la cuarta economía de la UE, y en el cuarto país más poblado, hubiera dado mucha fuerza a la ofensiva ultra, en particular de cara a las elecciones al Parlamento Europeo de 2024, en las que ECR aspira a situarse como la tercera fuerza más votada (por detrás de PPE y Socialistas) y ser imprescindible en el reparto de poder en Bruselas y en la gestión de la agenda comunitaria. El 23-J ha desbaratado la estrategia de ECR, que probablemente deberá revisar a la baja sus ensueños de poder ejecutivo. Las elecciones en España pueden marcar un punto de inflexión similar al que supuso la victoria de Emmanuel Macron en Francia en 2017, cuando la UE parecía condenada a sucumbir ante la ola transatlántica de nacionalpopulismo que había dado la victoria al Brexit en el referéndum en el Reino Unido y a Donald Trump en las presidenciales estadounidenses.

Pero el alivio de Bruselas no debe hacer olvidar la temeridad con la que el líder de los populares, Alberto Núñez Feijóo, se ha acercado a un partido cuyos tintes euroescépticos son evidentes, aunque a menudo queden tapados por sus exabruptos xenófobos, misóginos y homófobos. Un Ejecutivo de Feijóo con Vox hubiera permitido a los países donde los partidos ultras lideran o participan en el Gobierno llegar a sumar hasta un 35% de voto en el Consejo de la UE. Ese es el umbral que les permitiría, llegado el caso, bloquear cualquier iniciativa de la Comisión Europea. Sin España, esa amenaza aparece de momento disipada.

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El fracaso de la estrategia de Feijóo, que en lugar de tender puentes hacia otras formaciones apostó por esperar el apoyo de Vox, debería servir también de aviso para sus correligionarios europeos. El líder de los populares, el eurodiputado alemán Manfred Weber, alienta desde hace meses un acercamiento hacia Meloni y compañía como vía para lograr el poder donde los conservadores no tengan votos suficientes (como en Suecia) y, sobre todo, para intentar mantener la amenazada cuota de poder del PPE en la UE (donde presiden la Comisión Europea, el Parlamento Europeo, el BCE y el Eurogrupo). El error del PP español se ha evitado por la movilización del electorado progresista y por la propia concentración de voto conservador en las candidaturas de Feijóo. El error de Weber podría ser más difícil de evitar por la heterogeneidad de las elecciones europeas y podría salir mucho más caro: pondría en peligro el tándem democristiano y socialdemócrata que ha permitido avanzar en la integración europea, objetivo prioritario de la UE. Pensar que fuerzas ultranacionalistas, pendientes solo de su propio interés y con vocación renacionalizadora, pueden sumarse a ese motor europeo es desconocer la historia del continente antes del nacimiento de la UE y olvidar las trágicas lecciones de ese pasado.

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