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El nuevo retroorden de Vox

Las vejaciones no humillan ni rebajan a Irene Montero, sino a quienes jalean la subordinación de la mujer

La ministra de Igualdad, Irene Montero, el miércoles en el pleno del Congreso.
La ministra de Igualdad, Irene Montero, el miércoles en el pleno del Congreso.Fernando Sánchez (Europa Press)

La solemnidad histriónica de la diputada de Vox anuncia la descarga de machismo de mujer que tantas veces exhibe el discurso de Vox. Pero incluso así cuesta, a bocajarro, entender que pueda estar diciendo lo que está diciendo una mujer adulta desde la tribuna de oradores del Congreso. Las zalamerías que su grupo gasta con la diputada poco después, ya en el patio del Congreso, ella sonriente y contenta, expresan de forma muy gráfica la parafernalia del trumpismo y su estrategia de ruptura: la descalificación de la mujer forma parte del repertorio del machismo femenino de Vox para expulsar a las mismas mujeres de la discusión política y despersonalizarlas como sujetos con criterio, profesión, especialidad o vocación. La sublevación de los diputados de la izquierda al completo estuvo justificada e iba más allá de la defensa de una ministra que ha recibido una cascada de insultos, improperios y descalificaciones, muchas veces de estirpe ratonil sin relación con su gestión política o los posibles errores en la ley del sí es sí: el objetivo es la destrucción de la persona y la política, al margen de su papel.

La desaparición de Olona como diputada en el Parlamento, nunca explicada desde Vox, tuvo visos de machismo militante, y fue ella misma quien sugirió que la verticalidad masculina y castrense del partido dejaba sin aire a su propio papel en una Cámara recalentada de zafiedad, en gran medida por las contribuciones de Olona. El electorado de Vox no es homogéneo ni responde a un patrón cerrado: la mejor noticia de esta escenificación del odio y el neomachismo es que responde a la desesperación desquiciada de un partido que pierde protagonismo y solo sabe recuperarlo en los medios, en las redes o en la conversación pública, como ahora, regresando a vejaciones que no humillan ni rebajan a Irene Montero sino a quienes jalean la subordinación de la mujer como forma básica del nuevo retroorden que buscan y no encontrarán.

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Sobre la firma

Jordi Gracia

Es subdirector de Opinión y llega a la redacción desde la vida apacible de la universidad, donde es catedrático de literatura. La inmersión en el periódico equivale a entrar en el mundo real casi sin respirar. Pese a haber escrito sobre Javier Pradera, nada podía hacerle imaginar que la realidad real era así: ingobernable y adictiva.

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