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Rumbo a Qatar

Subió a un avión al que no quería subirse. Estará allá trabajando durante semanas. Pero él no quería irse

Varios pasajeros con maletas en el aeropuerto de El Prat, a 19 de noviembre de 2021, en Barcelona.
Varios pasajeros con maletas en el aeropuerto de El Prat, a 19 de noviembre de 2021, en Barcelona.David Zorrakino (Europa Press)

Lo extrañan el piso y las bisagras. Lo extraña el sol que entra a empellones y arroja hilos de luz sobre la mesa de su desayuno. Lo extrañan los zapatos que quedaron al pie de la cama. Lo extrañan las paredes que hay que volver a pintar y el piso del living, negro como mi corazón. Lo extrañan las puertas y las tazas y la botella de Pedro Ximénez que dejó sin terminar. Lo extraña el vaso chico que usa para beber lo que sea. Lo extraña el pan que amasé y que se pondrá viejo. Lo extrañan los cactus del balcón, la tierra que los sostiene. Lo extraña su llavero violento, esa cadena agresiva que lleva en la cintura como un guerrero sin rumbo y que dejó porque resulta muy pesado. Subió a un avión al que no quería subirse. Viajó a Qatar. Estará allá trabajando durante semanas. Yo hago eso todo el tiempo: irme, trabajar. Siempre regreso. Pero él no quería irse. Durante los días previos a su viaje lo vi dolerse, despedirse de a poco. Había algo tierno y dramático en todo eso: la última cena con la familia, el último paseo con el perro del vecino, la última visita a los gatos callejeros que alimenta desde hace años. Antes de que se fuera, tuve que ir unos días a Uruguay. Regresé a Buenos Aires horas antes de que partiera. Seguía desconcertado, un poco mudo. Sumido en una aprensión que lo rejuvenecía. Ayudé con la maleta, pregunté: “¿Llevás dentífrico?”; dije: “Acá tenés un libro que te va a gustar”. Descargué en su teléfono 14 películas de Netflix. Le di un adaptador universal, un pendrive. Cuando llegó el momento, llevé su valija hasta el ascensor. Me abrazó. Todo él parecía a punto de caerse. Reiteró lo que había dicho tantas veces: que le daba pena irse. Por las gatas que viven en casa, por el perro del vecino, por los gatos callejeros. Yo asentí y apreté el botón de la planta baja. “Te voy a extrañar —me dijo entonces—, pero sé que vos te arreglás sola”. Yo sonreí. Dije: “Por supuesto”. Y eso era, a la vez, verdad y una catástrofe.

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Sobre la firma

Leila Guerriero

Periodista argentina, su trabajo se publica en diversos medios de América Latina y Europa. Es autora de los libros: 'Los suicidas del fin del mundo', 'Frutos extraños', 'Una historia sencilla', 'Opus Gelber', 'Teoría de la gravedad' y 'La otra guerra', entre otros. Colabora en la Cadena SER. En EL PAÍS escribe columnas, crónicas y perfiles.

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