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tribuna
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Esa incómoda red de relaciones sociales

En estos tiempos de individualismo atroz que vivimos quizá uno de los gestos más modestamente revolucionarios, pero todavía a nuestro alcance, sea no caer en la trampa de la descontextualización

Relaciones sociales
Viandates por una calle de Barcelona.Paco Freire (Getty)
Zira Box

En una entrevista radiofónica a una conocida actriz, la conversación derivaba hacia el acto en sí de creación, centrado, específicamente, en el proceso de escritura. Defendiendo que el hecho de crear sería, en sí mismo, un ejercicio de despersonalización que implicaría conectar con una suerte de alma humana, se concluía que, en ese sentido, era irrelevante si el autor era hombre o mujer porque, justamente, el objetivo del propio proceso sería que eso no importase. Casi por las mismas fechas, en otra entrevista, un escritor aludía a lo mucho que le aburrían las cuestiones de género en literatura.

No soy creadora; tampoco experta en estética, arte ni disciplina afín, pero sí profesora en una facultad de Ciencias Sociales y pretender despersonalizarnos para trascender lo que somos, especialmente si esto se cifra en términos de género, etnia o clase social (por nombrar lo más evidente), me parece tan falso como peligroso. Por contraargumentar mínimamente la conversación mencionada: por muy atractivo y comprensible que resulte conectar con esa universalidad al alcance del arte o la literatura, podrían plantearse, como poco, dos réplicas concernientes al qué y al cómo. La primera es que el hecho de estar hablando de escribir narrativa y no, por ejemplo, de literatura oral, indica que no se trata de un qué neutro o abstracto, sino de una legitimación (qué es y qué no es arte) que escapa muy poco de esos condicionantes que supuestamente se buscaría trascender (es evidente que no todos tenemos la misma capacidad para imponer nuestro canon y que tenerla, o no, ha dependido históricamente del género, la clase y la jerarquía cultural). La segunda tiene que ver con las condiciones de creación tan problematizadas por la historia del arte feminista. Puede que quien escriba experimente una estimulante despersonalización, pero resulta claro que no todos —ni todas— tenemos las mismas posibilidades de sentarnos en el escritorio esperando a las Musas, así que quién somos es, de nuevo, esencial. Finalmente, cabría considerar —y esta sería una tercera réplica— que es difícil que nuestra subjetividad, nuestra socialización, nuestras experiencias y cúmulo de realidades, aquello que vemos y sentimos, no se plasmen, de forma más o menos consciente, en lo que hacemos. Y que precisamente acceder como espectadores o lectores a otras subjetividades y experiencias de enunciación diferentes de las nuestras probablemente sea una de las mejores cosas que puede ofrecernos el arte, en general, y la literatura, en particular.

Con todo, no quiero meterme en un jardín poblado de debates sobre creación del que saldría malamente. Las entrevistas mencionadas son anécdotas que me sirven para plantear una reflexión más específica, que es la de sugerir el peligro que entraña no saber o no querer ver la importancia de tener en cuenta las redes de relaciones sociales que nos envuelven. Lo expresó con contundencia la escritora Anne Boyer en su Desmorir partiendo de un ejemplo —la enfermedad— abrumador y radical: los cuerpos nunca son ahistóricos, sino que están marcados por sus particularidades históricas agrupadas en constelaciones de relaciones sociales y económicas. Bajo el terreno de juego visible, advertía Boyer, estarían las menos visibles familia, raza, trabajo, cultura, género, dinero, educación…

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Cuando obviamos las condiciones sociales que a cada uno de nosotros nos rodean comenzamos a entrar en una zona de peligro: esa en la que dejamos de calibrar con una mínima justicia qué cúmulo de ventajas y desventajas condicionan cada vida y en la que el marco mental del individualismo liberal demuestra estar ganando la partida. Asoma en discursos más o menos grandilocuentes —sería el ejemplo de aspirar a lo universal o el pensar que, por alejarnos de ello, el género es una cosa pesada e intrascendente. Asoma, también, de forma mucho más peligrosa y doliente cuando desde las tribunas políticas —hay ejemplos recientes— se alude a que no existen las clases sociales, se minimiza la desigualdad o se niega la realidad de una violencia específica contra las mujeres. En esta visión alérgica a tomar en consideración las múltiples tramas de poder que nos atraviesan pareciera como si el recordar que no somos seres abstractos, sino seres sociales habitando en redes de relaciones profundamente asimétricas fuese una ofensa en lugar de una obviedad propia de tener una básica conciencia crítica. Por último, asoma discretamente en nuestra vida cotidiana, porque cuando dejamos de entender, por ejemplo, que tras ese trabajador que nos atendió con deficiencia hay un mercado laboral precario y temporal que no siempre ofrece condiciones para hacer bien la tarea, estamos viendo los árboles, pero nos estamos perdiendo el bosque. Corren tiempos de individualismo atroz y quizá uno de los gestos más modestamente revolucionarios que aún estén a nuestro alcance sea, precisamente, no caer en la trampa de la descontextualización para no olvidar esa incómoda red de relaciones sociales que indefectiblemente nos envuelve.

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