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Bajo el dominio de los gusanos

Por qué la campaña electoral de Brasil en 2022 es aún más violenta que en 2018

Jair Bolsonaro, presidente de Brasil, durante una conferencia de prensa en Brasilia (Brasil), en 2020.
Jair Bolsonaro, presidente de Brasil, durante una conferencia de prensa en Brasilia (Brasil), en 2020.Andressa Anholete (Getty Images)

En la campaña electoral de 2018, en Brasil, los resentidos salieron de su capullo para metamorfosearse al revés. Orgullosos de su esencia, apaleaban a las personas LGBTQIA+, les gritaban a los negros que “volvieran a los barracones”, juraban barrer a los indígenas de la Amazonia, destruían centros religiosos afrobrasileños. Era la venganza de los resentidos que habían acumulado rencor durante décadas ante el avance de los derechos y de aquello que denominan “la prisión de lo políticamente correcto”. Su acción fue decisiva para elegir a su portavoz, el entonces candidato Jair Bolsonaro. La campaña electoral de 2022, en la que Bolsonaro busca reelegirse, es mucho peor.

Tras casi cuatro años en el poder utilizando la máquina del Estado para minar la democracia, el bolsonarismo ha infiltrado más profundamente sus raíces podridas en las instituciones brasileñas y en organizaciones de la sociedad civil. Si en 2018 los peores ataques los llevaban a cabo individuos o grupos, en 2022 provienen de parlamentos y asociaciones. Aunque ambos escenarios sean espeluznantes, la diferencia es sustancial. Y muestra que la corrosión de la sociedad brasileña aún será más difícil de revertir de lo que piensan los más pesimistas. Como el personaje de Smith en la icónica serie Matrix, Bolsonaro se replica por millones. Aunque no se reelija ni sea capaz de consumar el golpe de Estado que prepara por si pierde, miles de Bolsonaros se reelegirán en el Parlamento y seguirán ocupando cargos de poder en todas las esferas.

Entre las más recientes agresiones cometidas por instituciones públicas se encuentra la solicitud que presentó una partidaria de Bolsonaro en el Estado de Santa Catarina para abrir una Comisión de Investigación. La diputada Ana Campagnolo quiere investigar a una niña que a los 10 años se quedó embarazada tras ser violada y, aunque sea un derecho legal, solo consiguió abortar después de luchar mucho. Para abrir una investigación en ese Parlamento se necesitan 14 votos. Campagnolo consiguió 21: más de la mitad de los diputados está dispuesta a utilizar su mandato para criminalizar a una niña que ahora tiene 11 años y ya ha sufrido una violación, un embarazo y un aborto.

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Entre los más recientes ataques de organizaciones de la sociedad civil se encuentra la carta que las asociaciones y federaciones de la industria de Pará enviaron a la Presidencia de la República clamando que abandone la Convención 169 de la Organización Internacional del Trabajo, que establece la necesidad de realizar una consulta “libre, previa e informada” a las comunidades indígenas y tradicionales que puedan verse afectadas por proyectos económicos. En 2021, la Amazonia perdió 18 árboles por segundo, pero la élite económica del Estado campeón en deforestación se siente autorizada a exigir que se silencie oficialmente a los guardianes de la selva.

Hace poco más de una semana, un hombre invadió la fiesta de otro que celebraba su cumpleaños con una decoración pro-Lula en la ciudad de Foz de Iguazú. Lo mató a tiros, ante todos los invitados, gritando “Aquí somos de Bolsonaro”. La Policía Civil afirmó que no se trataba de un crimen político. Y gran parte de la prensa responsabilizó no a la destrucción de los adversarios que promueve Bolsonaro, sino a la “polarización”, como si ambos lados fueran igualmente violentos. Así se pudre un país.

Bolsonaro puede perder las elecciones, pero la bestialidad de lo que representa no solo circula por las calles a plena luz del día, como en 2018, sino que, en 2022, también lidera gran parte del aparato institucional en todas las áreas. Bolsonaro ya ha ganado, aunque pierda. Y derrotarlo será una lucha que durará mucho más que una generación.

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