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Ofensiva de Rusia en Ucrania
Tribuna
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El error del zar

Putin, cuyo concepto del “mundo ruso” es absurdo desde el punto de vista histórico, ha subestimado la determinación de los ucranios de defender su tierra y su libertad

Vladímir Putin, con unas azafatas aéreas en un acto público en Moscú el pasado 4 de marzo.
Vladímir Putin, con unas azafatas aéreas en un acto público en Moscú el pasado 4 de marzo.MIKHAEL KLIMENTYEV/SPUTNIK/KREML (EFE)

A medida que aparecen las primeras grietas en la cúpula del Kremlin, queda claro que esta es la guerra de Putin contra Ucrania. La ampliación de la OTAN es un factor secundario, el pretexto utilizado por Putin para poner de su parte a escépticos como Seguéi Lavrov. El objetivo de Putin es destruir Ucrania como país soberano y recuperarla como vasalla de la “Rusia histórica”, su visión distorsionada de la “familia de pueblos” que habitaban las tierras de Rusia, Ucrania y Bielorrusia desde la época de la Rus de Kiev en el primer milenio. La guerra de Putin es una guerra por la historia. Pero su historia es una fantasía.

Al igual que muchos rusos de su generación, educados en la visión soviética de la historia, Putin nunca ha reconocido realmente la independencia de Ucrania. En 2008, le dijo al presidente estadounidense George Bush que Ucrania “no era un verdadero país”, sino una parte histórica de la gran Rusia, una zona fronteriza que protegía el corazón de Moscú de Occidente.

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Esta opinión podría haberla leído en cualquier libro ruso de historia, empezando por la Historia del Estado ruso (1818-1829), de Karamzín, la obra fundacional de la historiografía imperial de Rusia. La lectura que Putin hace de ella le enseña que Rusia ha sido fuerte cuando su pueblo ha estado unido detrás de un Estado fuerte, y débil y vulnerable a la invasión extranjera cuando sus ciudadanos han estado divididos o han perdido de vista los “principios rusos” que los unían y distinguían.

Ucrania ocupa un lugar especial en esta visión de la historia. Era tanto un “territorio fronterizo” (significado de la palabra eslava ukraina) y un cauce para la entrada de las ideas occidentales en Rusia. Esta es la razón por la que los zares prohibieron las publicaciones en ucranio en el siglo XIX. Temían al nacionalismo ucranio como fuerza democrática. Putin también teme a Ucrania. Una democracia floreciente a sus puertas representa una amenaza para su régimen en Rusia.

El presidente ruso no expresa así sus miedos, sino que los envuelve en historia para que parezcan hechos. En julio de 2021, escribió un extenso artículo titulado Sobre la unidad histórica de rusos y ucranios, en el que se detenía en todos los momentos en los que, a lo largo de 400 años de historia, Occidente había intentado poner a Ucrania en contra de Rusia. Básicamente, sostenía que el nacionalismo de Ucrania había sido creado por los enemigos de Rusia para desmantelar su imperio.

Dado que el texto está lleno de referencias arcanas a disputas históricas hace tiempo enterradas, no es apto para fines propagandísticos. Pero, en sus discursos, Putin menciona a Stepan Bandera, el nacionalista ucranio cuyos seguidores colaboraron con los nazis durante la guerra, y hace la absurda afirmación de que el Gobierno de Zelenski se apoya en banderistas armados y financiados por Occidente.

El concepto de Putin del “mundo ruso”, que ha sustentado su política exterior desde 2012, es igualmente absurdo desde el punto de vista histórico. La idea fue propuesta por el patriarca Cirilo, jefe de la Iglesia ortodoxa rusa, para reivindicar a esta como heredera espiritual de la Rus de Kiev, un vínculo roto por la desintegración de la Unión Soviética. Putin la adoptó y la utilizó para afirmar el derecho de su país a defender a los rusohablantes, las “decenas de millones de nuestros [sic] ciudadanos” que “se vieron fuera del territorio de Rusia” después de 1991.

El hecho de que estos rusohablantes fueran ciudadanos de Estados soberanos extranjeros y se identificaran como tales no contaba para Putin. La historia justifica la reincorporación de sus “tierras rusas” (Crimea, el Donbás y toda Ucrania) a la “gran Rusia” o la “Rusia histórica”, una “civilización” que se remonta a la Rus de Kiev.

Estas ideas sobre la civilización salen directamente de las páginas de los eslavófilos del siglo XIX, que querían que Rusia rechazara la senda occidental en favor de sus propios “valores tradicionales” (el colectivismo del “alma rusa” y otras ideas parecidas). La ideología se debe, sobre todo, a Nikolái Danilevski, quien sostenía que Rusia no formaba parte de Europa y no debía buscar la aprobación de esta ni medir su propio progreso de acuerdo con los principios “universales” occidentales, unos principios en realidad interesados que servían de medio para que Europa impusiera sus valores a otras civilizaciones. Todo lo que dice Putin sobre la “doble moral” y la “hipocresía” occidentales tiene su origen en esta política del resentimiento.

Esta visión de las cosas llevó al zar Nicolás a luchar contra toda Europa en la guerra de Crimea, una guerra —así lo veía él— para defender a los ortodoxos más allá de las fronteras rusas. Su aventura fracasó. El zar calculó mal la determinación de las potencias occidentales de combatir la agresión rusa contra el Imperio otomano, y se engañó pensando que los eslavos del sultán recibirían a sus tropas con los brazos abiertos.

Putin ha cometido un error parecido. Puede que los rusos del este de Ucrania hayan votado a partidos prorrusos en el pasado, pero esta guerra los ha unido detrás del Gobierno de Zelenski.

Putin también ha subestimado la determinación de los ucranios de defender su tierra y su libertad. Los ucranios son un pueblo diverso, pero muchos de ellos remontan su origen a los cosacos, los mejores combatientes del zar, que ganaron la mayor parte de las guerras de Rusia. Putin ha olvidado su historia rusa.


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