tribuna
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Tiempos de oscuridad

Los jóvenes españoles de la Transición fueron los que estrenaron su libertad denunciando las atrocidades que sucedían en Sudamérica, como esos artistas que pusieron voz y emoción a nuestros infortunios

Marcha en Buenos Aires en marzo de 2013 en recuerdo de los desaparecidos por la dictadura argentina.
Marcha en Buenos Aires en marzo de 2013 en recuerdo de los desaparecidos por la dictadura argentina.Mónica Paz (LatinContent via Getty Images)

En estos tiempos en los que aquellos que viven el privilegio de haber nacido y vivido en libertad ponen en duda el complejo y difícil tránsito de las dictaduras a la democracia, vale recordar el poema de Bertold Brecht A la posteridad, en el que alude a los “tiempos de oscuridad” en los que le tocó vivir desde que debió dejar Alemania y se refugió en Estados Unidos, país que abandonó cuando el Comité de Actividades Antiamericanas sospechó que era comunista. Terminó en Berlín Este porque las autoridades de la Alemania occidental le negaron el permiso. En el poema narra que cambió de país como de zapatos, llegó a las ciudades “en horas de desorden”, cuando reinaba el hambre, las masacres y la muerte. Pero al dirigirse a esos jóvenes por venir les pide clemencia, “no nos juzgues con demasiada dureza”, y les advierte sobre todo de lo que se salvaron: “Tú que emergerás del diluvio donde nos ahogamos, recuerda al hablar de nuestras debilidades, la época oscura de la que escapaste”. Como la compasión y la clemencia son emociones que no se dan muy bien con las explicaciones dogmáticas, donde no hay lugar para la duda, debemos insistir en todos aquellos rasgos del autoritarismo que permanecieron tapados por la eficacia de los discursos de la época y por los actuales que hacen desaparecer los hechos atroces para recordarles a las generaciones nuevas y por venir de lo que se salvaron.

Porque viví en “tiempos de oscuridad” puedo reconocer la solidaridad de los que “nos salvaron” y ser clemente al mirar el pasado en el que reconozco aspectos no siempre tenidos en cuenta a la hora de reconstruir la transición democrática a un lado y otro del Atlántico en el que caminamos a contramano pero nuestros destinos colectivos permanecieron unidos. Huelga decir que los lazos que permanecen y persisten son aquellos que tocaron las fibras de nuestra humanidad.

En cuanto España se democratizaba, el continente sudamericano estrenaba su periodo más oscuro, el de las dictaduras militares, como ese terrorismo de Estado del que se sirvió la dictadura argentina con la perversión de los presos desaparecidos, sus cadáveres ocultos para negar el crimen. Pero la libertad recuperada en la Península sirvió para denunciar nuestra mordaza. Los jóvenes españoles de la Transición fueron los que estrenaron su libertad denunciando las atrocidades que sucedían en Sudamérica, abogados que tomaron la bandera de los derechos humanos, periodistas que abrieron las páginas de los diarios y las revistas a nuestras denuncias, artistas que pusieron voz y emoción a nuestros infortunios. Como tantos que fuimos acogidos como exiliados en España, viví el privilegio de ejercer el periodismo en libertad. En Argentina se respondía a las denuncias desvalorizando la Transición española a la que se vulgarizaba con “el destape”, la liberalización de las costumbres. En cuanto la prensa española, hija de la democracia, ofreció sus páginas para nuestras denuncias, los censurados diarios y las revistas argentinas se llenaban de “chistes de gallegos”, el gentilicio que en esta parte del mundo se aplica a todos los españoles, y que son el equivalente de los chistes de “los de Lepe”para los españoles, los polacos para los estadounidenses o los australianos para los ingleses.

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A la hora de la democratización, sobrevino el idilio con España. Fueron los años de mayor intercambio político y cultural. La luz pública disipó la bruma o, en con una expresión sarcástica, la luz pública oscureció el pasado. Tal cual sucedió en la Península tuvimos nuestra primavera democrática y los Pactos de La Moncloa se convirtieron en el ejemplo a imitar, sin que en esta parte del mundo se termine de entender que en democracia los pactos son políticos, no corporativos.

Los argentinos fuimos lejos con la condena a los jerarcas de la muerte y llegamos al mayor consenso que nuestra sociedad jamás logro, el “Nunca Más”, un mantra democrático compartido como idioma común. Pero en la medida que nos fuimos alejando del terror, las nuevas generaciones nacidas y educadas en libertad ideologizaron el pasado y Argentina, de haber sido un país que se jactaba de ser vanguardia a la hora de firmar los tratados internacionales de derechos humanos, hoy no condena las persecuciones ni las prisiones de los adversarios políticos en Nicaragua, Cuba o Venezuela.

Hannah Arendt tenía razón. La compasión y la solidaridad aparecen en los “tiempos de oscuridad”, no resisten la luz pública de la política para la que son irrelevantes. La pensadora tomó esa expresión del poema de Brecht para uno de sus libros más interesantes, en el que rescata a figuras que vivieron en esos tiempos sombríos: Lessing, Rosa Luxemburgo, Jaspers, Benjamin y el mismo Brecht, a quien perdona su pecado de haber escrito una oda a Stalin, vindicado “por los dioses de la poesía”.

No se trata de cancelar la mirada crítica que puedan tener las nuevas generaciones con un tiempo que no vivieron sino de humanizar el relato histórico. Porque mientras siga vivo el significado del pasado, es tarea de los historiadores y de la literatura reconstruir ese tiempo e involucrarnos en su narración. Como señala Arendt, aún en los momentos más sombríos tenemos derecho a cierta iluminación que no procede de las teorías ni de los dogmas sino de la luz débil y trémula que irradian algunos hombres y mujeres.

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