Editorial
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Putin, al acecho

Ni la OTAN ni la Unión Europea pueden permitir que Moscú amenace o intimide a la incipiente democracia de Ucrania

El presidente ruso, Vladímir Putin, el 30 de noviembre en Moscú.
El presidente ruso, Vladímir Putin, el 30 de noviembre en Moscú.Europa Press (Europa Press)

Vladímir Putin concibe sus relaciones con Europa como una competitiva partida de ajedrez geopolítico en la que se propone recuperar las casillas perdidas por Rusia con el desmembramiento de la Unión Soviética y con el ingreso en la UE y en la OTAN de numerosos países que antaño pertenecieron al bloque comunista. Muchas son las piezas apetecidas por el jugador del Kremlin, en los Balcanes por ejemplo, pero la de mayor significado estratégico es la Ucrania desgajada entonces de su unión con Rusia.

Mutilada desde 2014 por el secesionismo de la región del Donbás y la anexión de Crimea por Moscú y sometida ahora a la presión de maniobras militares y de la concentración de tropas en sus fronteras, son numerosos los informes de inteligencia sobre la posibilidad de que sufra una invasión armada a gran escala a principios del año próximo. Ciertamente, aunque son crecientes los temores a una invasión al viejo estilo, es más probable alguna forma de ataque híbrido, siguiendo la llamada doctrina Gerasimov, por el nombre del jefe del Estado Mayor ruso. Detrás de esa designación se oculta la combinación del uso de la fuerza con métodos no violentos, especialmente la desinformación y los ataques informáticos, las guerras por procuración a través de milicias contratadas o ejércitos de otros países y la utilización de los flujos de refugiados y los suministros de energía para ejercer presión sobre el adversario.

El incremento de la tensión militar detectado en las fronteras de Ucrania e incluso en las aguas del mar Negro coincidirá el próximo 9 de diciembre con el 30º aniversario del acuerdo de disolución de la Unión Soviética entre los presidentes de Rusia, Ucrania y Bielorrusia —”la mayor catástrofe geopolítica del siglo XX”, según Putin—, y la celebración simultánea de la cumbre de las democracias convocada por Washington, con participación de 77 países considerados libres o parcialmente libres, a la que no han sido invitados ni Moscú ni Pekín. Los portavoces rusos y chinos ya han interpretado la convocatoria como un señalamiento acusador, que reaviva una nueva guerra fría y expresa las ambiciones de ampliación de la OTAN a los Balcanes y a Ucrania. Todas estas circunstancias apuntan a un momento de particular riesgo, en el que no se puede descartar un nuevo ataque híbrido e incluso alguna maniobra militar de mayor envergadura, como ya fue el caso de los ataques en Ucrania por fuerzas interpuestas en 2014 y el lanzamiento de un misil tierra-aire que derribó un avión civil de las líneas aéreas de Malasia con 298 personas a bordo.

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Como país candidato pero todavía no miembro de la Alianza Atlántica, Ucrania no se halla protegida por el artículo 5 del tratado sobre la mutua defensa ante un ataque exterior, pero ni la OTAN, ni la Unión Europea, ni sus países miembros pueden permitir que Moscú imponga su ley, destruya una incipiente democracia e intimide de esta forma a los países que antaño estuvieron sometidos al imperio soviético. La pretensión de Putin es precisamente la obtención ahora de lo que no obtuvo Moscú en el momento de la disolución de la Unión Soviética, es decir, una garantía formal por parte de Washington de que jamás se producirá una nueva ampliación de la Alianza, condición que de cumplirse sería una vergonzosa y abierta limitación de la soberanía de Ucrania y de cualquier nuevo candidato del antiguo bloque del Este. Lo que está en juego no es tan solo la estricta soberanía ucrania, sino que afecta incluso al proyecto de integración europea y al modelo de democracia liberal que está en el fundamento de los tratados.

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