Columna
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Vigencia de la doctrina de Colin Powell

Quien rompe la vajilla debe pagarla: no se puede invadir un país y desentenderse luego, después de haberlo destruido

Colin Powell muestra un tubo que, según dijo, podía contener Antrax, el 5 de febrero en el Consejo de Seguridad de la ONU.
Colin Powell muestra un tubo que, según dijo, podía contener Antrax, el 5 de febrero en el Consejo de Seguridad de la ONU.Ray Stubblebine (Reuters)

La guerra como mal menor. El uso de la fuerza como último recurso. No cabe un tal dispendio de energías y recursos, vidas humanas incluso, sin objetivos políticos claros. Nada de gesticulaciones. Menos todavía si los motivos no pueden ser explicados ni se pueden compartir con la mayoría. Quien rompe la vajilla debe pagarla: no se puede entrar en un país extranjero y desentenderse luego, después de haberlo destruido.

Cosas sabidas, obvias, parte de la vieja sabiduría militar, como la que condujo a la victoria en la II Guerra Mundial, de la mano de generales como George Marshall o Dwight Eisenhower, tan olvidada en los últimos 20 años. O en la primera guerra de Irak, donde el general Colin Powell forjó su doctrina, la Doctrina Powell.

Una superpotencia debe pensárselo dos veces antes de lanzarse a una aventura, pero cuando lo hace, como hizo Bush padre, no debe escatimar recursos para asegurarse la victoria, saber qué hará con ella y cómo terminará la guerra una vez obtenida. Lo contrario de lo que Bush hijo, malaconsejado por Donald Rumsfeld, emprendió en 2003 para la segunda guerra de Irak: un ejército lo más pequeño posible, con la contratación de servicios privados y la idea perversa de proporcionar beneficios a las empresas estadounidenses.

Sentido común y pragmatismo. Humildad y respeto por la vida. El ejército al servicio de la democracia y a las órdenes del poder civil. Con una idea exacta y moderada de la proporción de diplomacia y de fuerza que hay que emplear en las relaciones internacionales. Máxima atención al Estado de derecho y a la legalidad internacional. Multilateralista y hostil por tanto a la infame guerra preventiva.

Primero en todo, tipos así se dan en pocos países. Primer ciudadano negro en tres relevantes cargos: jefe del Estado Mayor, consejero de seguridad de la Casa Blanca y secretario de Estado. Pudo ser el primer presidente y antes el primer candidato republicano negro en 1996 si se hubiera decidido a bregar por la Casa Blanca. Se le recuerda por su defensa de la existencia de las armas de destrucción masiva en Irak, con la que se justificó la guerra ante el Consejo de Seguridad de la ONU en 2003. Bush, Cheney y Rumsfeld conspiraron para cargar tal tarea sobre sus espaldas, el más prestigioso y decente de todos ellos y el único en quien todos podían confiar. Engañó a la opinión pública porque antes lo engañaron a él. Pero actuó disciplinadamente, como corresponde a un militar, fue leal al presidente y no traicionó a su país.

Cuando las cosas fueron de mal en peor, hizo lo que estaba en sus manos para evitarlo. Hasta abandonar el republicanismo y pedir el voto primero para Obama y luego para Biden. Ahora que se ha ido, a los 84 años, su doctrina, la Doctrina Powell entera, tanto en su vertiente militar como en la civil y moral, sigue vigente.


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Sobre la firma

Lluís Bassets

Escribe en EL PAÍS columnas y análisis sobre política, especialmente internacional. Ha escrito, entre otros, ‘El año de la Revolución' (Taurus), sobre las revueltas árabes, ‘La gran vergüenza. Ascenso y caída del mito de Jordi Pujol’ (Península) y un dietario pandémico y confinado con el título de ‘Les ciutats interiors’ (Galaxia Gutemberg).

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