tribuna
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Sobre un giro tradicionalista en la cultura

La generación de la crisis de 2008 se busca en el pasado con fuertes dosis de sentimentalización y un antielitismo que hace de lo popular y lo anónimo los depositarios morales de un modelo dilapidado por el progreso

eduardo estrada

Hace dos años Sònia Hernández publicaba una novela titulada El lugar de la espera (Acantilado) que arranca a bocajarro apuntando un retrato generacional: Javier ha decidido llevar a juicio a sus padres y al Estado por haber incumplido sus promesas. Su juventud tiene los días contados, vive de prestado en el piso de una amiga y no logra dar un rumbo a su vida; siente que nadie le preparó para semejante escenario. No importa que a ratos desprenda un victimismo indigesto, su lamento es hijo natural de la autocomplacencia que impregnó la cultura española desde los años sesenta. La sombra de las penurias fue quedando atrás en la memoria familiar como recordatorio de un tiempo no muy lejano que, sin embargo, se nos hizo remoto. Retoños de la clase media, Javier y quienes le seguimos estábamos destinados a mostrar el triunfo de una clase mal definida que se había convertido en el protagonista histórico del país y parecía llamada a crecer sin límite.

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Para quienes crecimos en esa coyuntura es inevitable que la circunstancia personal se confunda con la del país, como lo es que el incumplimiento de nuestras aspiraciones apunte al fracaso de un proceso histórico. No es ningún secreto que estamos resentidos, atascados; algunos sienten que se les debe algo. Muchos hablan obsesivamente de lo que una época y un modelo presuntamente “modélico” perpetraron contra ellos. Quien más quien menos lleva una década practicando un encausamiento histórico. Ocurre que también somos víctimas de las esperanzas puestas en una movilización ciudadana que debía abrir un proceso constituyente. Desde ese rasero, los frutos cosechados saben a poco. Pasan los años y ahora esperamos resignados menos la ruptura que una salida medianamente digna.

En 2008 colapsaba un ciclo, pero el que había de relevarlo ha tomado derivas imprevistas. El afán de cambio parece haber cedido paso a una corriente nostálgica que en mitad de la precariedad y la incertidumbre invoca el rostro humano y hospitalario de un pasado idealizado. Por momentos, cuesta saber si bajo la fortuna de ciertas divisas del 15-M, como la política de lo común o la bandera de los cuidados, late el deseo de gestar una modernidad alternativa o el regreso a modelos premodernos. Hoy suscitan la impresión de un revival de jergas y gestos tras los que asoman seductoramente cosas nada nuevas. Tal vez hemos jubilado al fin la originalidad como valor obligado ―ya muy mermado, por lo demás, por el posmodernismo―. Ha eclosionado una suerte de restauración que dicta que la salida del atolladero pasa por rescatar tradiciones olvidadas, silenciadas o devaluadas portadoras de causas susceptibles de rehabilitar la intensidad de proyectos abortados y hasta un espíritu colectivo perdido. Esa ola neotradicionalista ―que permea ámbitos e ideologías muy dispares― revisita formas y figuras pasadas imprimiéndoles fuertes dosis de sentimentalización, y se rige por un antielitismo que hace de lo popular y lo anónimo los depositarios morales de un modelo dilapidado por el progreso.

A veces se diría que el repudio de los padres —identificados con el penoso devenir del país— se hubiera saldado con la vindicación de otros más antiguos, prudentemente inaccesibles, presuntamente intachables o bien heroicos y mitificables pese a todo. En el pasado destella la plenitud de algo que se tuvo o se supo y que la Transición y la democracia arrasaron. Alguno de los discos más celebrados de los últimos años guarda relación con ello: desde diferentes frentes, Rosalía, Rodrigo Cuevas o el último C. Tangana son testimonios de una generación emergente que entona coplas entre sintetizadores y que recicla imaginarios culturales ajustándolos a la hora presente. Claro que no rescatan las viejas identidades sin más, su tradicionalismo es una espectacularización impostada, una teatralización: ahí están la dicción de Rosalía, los excesos camp de Rodrigo Cuevas o la pose anacrónica del madrileño C. Tangana. Homenajes, todos, a identidades pretéritas o preteridas que retornan, no obstante, como algo más que recreaciones irónicas: en pleno auge identitario, ¿no hablan de una época ansiosa de símbolos con que urdir un vínculo colectivo?

En sus disfraces se ventila una memoria común en horas bajas. Quizá sea propio de los trances de descomposición y recomposición: con la derogación de una época brotaría la urgencia de reparar una comunidad imaginaria. Todo apunta a que las teatralizaciones están instaurando una tendencia, quién sabe si también una convicción. Por lo pronto, resulta clara la acción de una nostalgia de signo neopopular, y cabe esperar que ese sustrato ejerza algún ascendiente sobre el presente. Los resultados más fructíferos y enriquecedores están siendo tanto la configuración de una idea de pueblo que enfatiza prácticas opacadas por el capitalismo como un enfoque muy apegado a las costumbres, donde el género y sus modulaciones ocupan un papel señero. Asimismo, destaca la revaloración de manifestaciones culturales estigmatizadas por el proceso de modernización que siguió a la dictadura.

Sin embargo, también cabe esperar que junto al relanzamiento de ese demos popular se nos venga encima el de un demos nacional. Recuperar lo negado apareja conflictos: a menudo se cuelan compañeros de viaje nada recomendables. Quien escucha Cuándo olvidaré en el último disco de C. Tangana se encuentra con el efecto emotivo de lo que no debería pasar de ser una machada casposa: la canción se interrumpe para que el cantaor Pepe Blanco vuelva de entre los muertos para proclamar que hay una manera de cantar genuinamente española y solo le es dada al intérprete español. Y es altamente sintomático que el celebradísimo Feria dedique a su vez una extensa cita exculpatoria a unas palabras de El Fary que siempre lucieron jocosamente en el museo de los horrores nacionales (me refiero, claro está, a aquel “siempre he detestado al hombre blandengue…”). Feria, que bien podría cifrar el vuelco reaccionario de las aspiraciones del 15-M, ilustra la reapertura de cuestiones que nos teníamos prohibido abordar sin numerosas cautelas. Esa es la función y la fortuna de una obra entre regeneracionista y redentorista de la que inquieta la ligereza con que se proclaman ideas que causan un siniestro déjà vu falangista —ya señalado por Pablo Batalla Cueto en su reseña del libro para El cuaderno digital—. Cuanto hace muy poco habría resultado impresentable resurge en nombre de un apolillado contrato comunitario que espera la salvación a través del retorno al pueblo, la familia y la nación (hay una urgencia insidiosa de patria y de bandera), garantes, no sé si junto a la religión, de un mundo orgánico sacrificado por ese puro camelo que fueron las pecaminosas décadas que precedieron a la crisis.

Del polvo de las frustraciones ha brotado este lodo de banderas polvorientas que prometen devolvernos al fin a un lugar supuestamente idílico al que, con suerte, nunca volveremos.

Carlos Femenías es profesor de literatura en la Universitat de Barcelona.

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