Columna
Artículos estrictamente de opinión que responden al estilo propio del autor. Estos textos de opinión han de basarse en datos verificados y ser respetuosos con las personas aunque se critiquen sus actos. Todas las columnas de opinión de personas ajenas a la Redacción de EL PAÍS llevarán, tras la última línea, un pie de autor —por conocido que éste sea— donde se indique el cargo, título, militancia política (en su caso) u ocupación principal, o la que esté o estuvo relacionada con el tema abordado

Activismo ‘mainstream’

La inmediatez impide la reflexión. Estamos más atentos a reaccionar que a escuchar, la ausencia de una mirada más pausada es una forma de irracionalidad

Del Hambre
Más información

Existe un abismo entre los problemas y su representación social, pues la manera misma de nombrarlos forma parte de la contienda política. La reciente denuncia falsa de una agresión homófoba es muy ilustrativa, y quizá se puedan extraer algunas lecciones sobre este contexto político y social nuestro, tan marcado por la inmediatez y la sombra vigilante de unas redes sociales que promueven el exceso o la caricatura, también en nuestras militancias. La inmediatez impide la distancia, la reflexión, oscureciendo la posibilidad de una visión más amplia y profunda sobre lo que ocurre. Dice algo sobre todos nosotros, más atentos a reaccionar que a escuchar, y de cómo la ausencia de una mirada más pausada es una forma de irracionalidad.

Dice mucho también sobre la manera de informar; sobre cómo las muertes por feminicidio, la violencia de género o la homofobia llegan demasiado a menudo al debate público desde el sensacionalismo, a través del prisma del entretenimiento, de la catarsis, la conmoción transitoria y su fulgurante desaparición. Piensen en el show de Rociíto. El carácter sistemático de la violencia de género se anula cuando todo se colma de patologías y vivencias individuales, en un espectáculo que dota de tragedia a un relato narrado como destino fatal que acecha al personaje, como si esa violencia obedeciera a fuerzas terribles de la naturaleza que, inevitablemente, conducen a la catarsis final. Lo grave es que ese espectáculo sea aprovechado por políticos de izquierda para colocar sus mensajes sin preocuparse por las implicaciones de esa forma ventajista de representar un problema tan serio. El prisma de entertainment de los programas faranduleros se convierte en retuit por parte de quien debiera ser precavido a la hora de reproducir ese casposo poder paternalista sobre los vulnerables, que los construye como víctimas anuladas por el miedo, haciéndoles perder la confianza y su capacidad de respuesta.

Dice algo, en fin, sobre nuestros actores políticos. Vemos demasiado a menudo la agenda del presidente marcada por el último golpe mediático y comprobamos cómo otros partidos se esfuerzan por ocultar problemas acuciantes. Miren a Vox, sembrando dudas sobre el origen de los agresores, o al PP, tachando de antipatriota madrileño a quien exprese dudas sobre la seguridad en las calles de Madrid. La técnica es vieja y bien conocida: la mejor manera de acallar una crítica es estigmatizar al emisor. Cualquier problema lanzado por la oposición se torna interesadamente en una posición antimadrileña y al final solo queda el ruido. Lo importante es “no ensuciar el nombre de Madrid”, como señaló Almeida, sin que nadie entienda qué diablos significa. La denuncia fue falsa, pero reaccionamos como si la agresión se hubiera producido porque cuadra con nuestros objetivos, con nuestra necesidad de ira y desahogo. Son lecciones difíciles que nos exponen a todos, pues hablan de nuestro oportunismo. Y estaría bien pensar sobre ellas.

Inicia sesión para seguir leyendo

Sólo con tener una cuenta ya puedes leer este artículo, es gratis

Gracias por leer EL PAÍS

Más información

Archivado En

Recomendaciones EL PAÍS
Recomendaciones EL PAÍS
Logo elpais

Ya no dispones de más artículos gratis este mes

Suscríbete para seguir leyendo

Descubre las promociones disponibles

Suscríbete

Ya tengo una suscripción