Columna
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Ola de divorcios

Además de vidas, haciendas, cabezas y Gobiernos, la pandemia, con su certeza de lo fugaz de la vida, se está llevando por delante amores que parecían eternos

Ramón García y Patricia Cerezo en un concierto en Madrid en julio de 2018.
Ramón García y Patricia Cerezo en un concierto en Madrid en julio de 2018.Sierra/797/Cordon Press / Cordon Press

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Mi pregunta, al final de un banal intercambio de wasaps de curro, era del todo inocente. Un “¿cómo estáis?” retórico, dando el plural y el “bien” por supuestos, interesándome por un viejo colega y su pareja, también compañera, después de año y medio sin vernos por el teletrabajo. Fue la respuesta la que me dejó seca: “ya no estamos juntos”. Se me cayó el alma al suelo. Listos, guapos, brillantes, excelentes cada uno en lo suyo, mis colegas son —eran— una pareja de esas que da gloria verlas. De las que, de tanto emanar armonía, crees inseparables. No lo eran, claro. No son los únicos, ni siquiera los menos pensados. Pero, en este año largo sin olernos el dolor en el aura ni la tristeza en los ojos, en este limbo sin charlas de café ni cotilleos de pasillos, saber de las penas ajenas duele el doble que cuando nos teníamos hasta en la sopa del menú del día.

Además de vidas, haciendas, cabezas y Gobiernos, la pandemia, con sus certezas sobre lo fugaz de la vida, sus rigores sociales y económicos, y su caldo gordo de humores bullendo en la olla de las casas, se está llevando por delante amores que parecían eternos. Anónimos y celebérrimos. El penúltimo en trascender, mediante la preceptiva portada autorizada en ¡Hola!, ha sido el de Ramón García, el Ramontxu de las campanadas de Nochevieja, y su muy ideal esposa, Patricia Cerezo. Antes fueron Enrique Ponce y Paloma Cuevas. Iker Casillas y Sara Carbonero. Amelia Bono y Manuel Martos. Ricos y famosos, de acuerdo. Pero ni toda la miel ni el dinero del globo pueden endulzar del todo la amargura de ciertas rupturas de toda una vida. Menos mal que, en la misma revista, nos queda un clavo al que asirnos. Ana Obregón, dolorosa superviviente a su idolatrado hijo Aless, vuelve a posar divina en traje de baño a sus 66 años inaugurando el verano y demostrando que, queriendo, de casi todo se sale. Los muertos se lloran, los Gobiernos caen, las cabezas mutan, las parejas rompen. La vida pasa. Ana permanece.

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