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Con Nelson Mandela

Lograr un entendimiento salvador es la única vía que ofrece una convivencia digna y pacífica a las futuras generaciones

Nelson Mandela, durante una visita a Khayelitsa en 2002 en la que decidió vestirse con la camiseta que le habían entregado los miembros de MSF y la Campaña de Acceso a Medicamentos (TAC).
Nelson Mandela, durante una visita a Khayelitsa en 2002 en la que decidió vestirse con la camiseta que le habían entregado los miembros de MSF y la Campaña de Acceso a Medicamentos (TAC).Eric Miller

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La ONU ha tenido la brillante idea de declarar, el 18 de julio, Día Internacional de Nelson Mandela. Es traer a la memoria la esencial contribución del gran político sudafricano que apostó por la paz, por la democracia y las vías dialogadas de resolución de los conflictos, el respeto a los derechos humanos y la dignidad de las personas, en particular, la no discriminación por razón de género, los derechos de los colectivos de presos e inmigrantes huyendo de la miseria y la opresión, y su lucha tenaz contra el racismo.

La huella de Nelson Mandela es inabarcable, por universal, pues la excepcionalidad de su persona y lo que representa superan los motivos de su propio homenaje. El rostro del mundo contra el que luchó permanece, desgraciadamente. La condición de millones personas no deja de ser manifiestamente infrahumana, tanto en términos de violencia o de opresión social, como los que sufren identidades denegadas, memorias olvidadas, al fin y al cabo, una suerte de negación silenciosamente admitida de la esperanza para una gran parte de los seres humanos.

La iniciativa de la ONU es particularmente simbólica porque, más allá de los resultados, que no son pocos, de la propia batalla del líder africano, busca evidenciar un punto clave de nuestra pertenencia común al sentido de la humanidad. Añade un rasgo singular a la identidad universal que se está forjando en medio y a pesar de las luchas del mundo, un gesto vital civilizador, que convierte el diálogo entre enemigos, por encima de las contiendas legítimas e ilegítimas, en principal y única herramienta válida y de efectos permanentes.

¿Parece utópico ese objetivo? No. Mandela ha demostrado, con De Klerk, que los blancos y negros, aunque levantados violentamente unos contra otros por la dominación y la rebeldía, fueron capaces de superar el conflicto con la inteligencia de la razón y la perseverancia de la voluntad al servicio del bien común. Esta filosofía, esta grandeza de visión, debería ser, hoy en día, el principal método de resolución de los graves desencuentros en nuestro mundo, tan afligido por los sufrimientos y el odio.

Y, en este contexto, es el de Israel y los Palestinos el que prescinde más de este principio mandeliano como hilo conductor de una mediación concertada y pacífica, que promueve la capacidad de hombres y mujeres para dominar sus instintos, sus pasiones, sus memorias heridas y sus muertos, con el superior objetivo de lograr un entendimiento salvador; es la única vía que ofrece una convivencia digna y pacífica a las futuras generaciones. La última guerra entre los dos pueblos no ha sido solo el resultado de la manipulación cínica de individuos que no merecen figurar en el panteón de la humanidad civilizada, sino también la consecuencia de un estado previo, latente, de desesperanza y de violencia identitaria acumuladas a lo largo de estas décadas. Para salir de esa parálisis, el ejemplo del gran Nelson Mandela debe pervivir.

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