Tribuna
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Cuatro voces disidentes desde El Valle

La comunidad latina de EE UU es mucho menos uniforme y más compleja de lo que comúnmente se cree. El Black Lives Matter no estaría completo sin las voces de los ‘africano-latinx’ que viven en el país norteamericano

Martín Elfman

El Río Grande Valley, al que sus habitantes conocen simplemente como El Valle, se encuentra en el límite más sureste de los Estados Unidos, justo en la frontera con México. Ubicado sobre una llanura aluvial que desemboca en el Golfo, El Valle es una región transfronteriza entre Texas y Tamaulipas que se ha convertido en principal testigo del drama migratorio de nuestros tiempos. Ahí se erigen, para vergüenza propia y ajena, las jaulas que han detenido a niños migrantes por tiempo indefinido y en condiciones infrahumanas. Hombres y mujeres de todas las edades han intentando cruzar las aguas del Río Bravo-Río Grande en busca de una vida mejor por generaciones enteras, y muchos han perecido en la travesía. La covid-19 golpeó con especial fuerza a las ciudades de vida precaria que se erigen en el Valle. Pero este territorio de clima extremo —bochornoso hasta el hartazgo en el verano y con un frío que ataca los huesos en el invierno— también ha visto nacer una de las literaturas más críticas de la manera en que vivimos ahora en la Unión Americana. El corazón mismo del Valle fue, después de todo, hogar de Gloria Anzaldúa, la teórica chicana que con su Borderlands impuso una manera queer y nómada de hablar en spanglish de la frontera y lo fronterizo. Y de aquí son también las familias y los ancestros de al menos cuatro poetas medulares de hoy: Emmy Pérez, poeta laureada de Texas en 2020; Vanessa Angélica Villarreal, autora de Beast Meridian, un volumen feroz que sale de la frontera para arrasar con el colonialismo racista que se expande a lo largo y ancho de Estados Unidos; Ire´ne Lara Silva, quien, además de poeta, acaba de ganar el premio de no ficción que otorga el Instituto de las Letras de Texas; y, más recientemente, Ariana Brown, que en su We Are Owed de próxima aparición incorpora de manera central la experiencia de Africano-Latinxs para interrogar nociones hegemónicas de mestizaje en tiempos del Black Lives Matter. A veces la poesía vocifera con una ternura infinita. A veces, canta y hiere a la vez. Y en estos casos, cosidos al cuerpo y al ras del territorio, los poemas de estas cuatro escritoras no solo dan cuenta de un presente peligroso y tumefacto, sino también de un futuro donde, con suerte, cabremos todos.

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Emmy Pérez lo dice mejor en su With the River on Our Face, el libro en el que explora su relación con las aguas de un río que no solo han marcado su vida como habitante del sur de Texas sino el de tantos migrantes que han perecido tratando de alcanzar la otra orilla: “La ambigüedad de la vida, la ambigüedad de los momentos, la certidumbre/ de los momentos, la certidumbre de las leyes, la ambigüedad de las leyes el Río Grande-Bravo carga una línea invisible en su centro/ una cesura invisible/ sobre el agua”. Al equiparar la línea fronteriza con la cesura del verso, Pérez crea una liga inescapable entre el territorio y la poesía, entre la historia y el presente. Su “Río Grande existe/dentro del Río Bravo”, y pasa así, con sus dos caras, por distintas confluencias geográficas y culturales en una serie de columnas que se mueven, sobre la página, al ritmo de las ondulaciones del agua: “Matamoros-Brownsville/ Ciudad Acuña-Del Río/ Ébanos-Díaz Ordaz/ Presidio-Ojinaga/ Ciudad Juárez-El Paso” pero también por “Bless Me, Última/ Space X/ Río Salado/ With His Pistol in His Hand” hasta llegar a las palabras indígenas: “pasalápaane/hañapakwa/ Tó Ba´áadi”. Majestuoso, sobrevolado por garzas y libélulas, el río no escapa, sin embargo, a la vigilancia fronteriza: “sus canales, sus diques de irrigación, las llantas para flotar, sus interludios, sus balsas que cortan a través de las corrientes durante los cambios de turno de la migra”.

La referencia a la tumba de Gloria Anzaldúa en el poema que da título al libro no es gratuita y sí señera: la influencia de Anzaldúa se deja sentir con gran peso en la poesía contemporánea que se genera desde aquí y, más generalmente, entre escritoras chicanas o mexicano americanas o latinx o simplemente fronterizas. Ese diálogo intergeneracional, que ha sido productivo, también es, a veces, contencioso. Supongo que la siempre rebelde, la atrabancada Anzaldúa no lo habría querido de otro modo.

Vanessa Angélica Villarreal, otra hija del Valle, arribó con gran fuerza a la escena literaria con su Beast Meridian en 2017, en una edición bellísima de la reconocida editorial independiente Naomi Press. Altisonantes y experimentales, incorporando la fotografía íntima y la tachadura o reescritura crítica, Villarreal examina las dinámicas de discriminación racial que atraviesan lo familiar y alcanzan lo literario: “Heredé un palacio de puertas cerradas.// Mi padre estaciona/ carros descompuestos/ en mi pecho/ mi madre me deja/ en la escuela alternativa/ en un Chevy Beretta/ tan vulgar como un triturador de basura/ y entonces aprendo: meterse en problemas es más solitario// O literario: nosotros, los pulgones entre el trigo; nosotros/ los que no estamos incluidos en el mural de los graneros rojos/ nosotros que no somos las blancas/gallinas;”. No es mera casualidad que, junto con la poeta Raquel Salas Rivera, haya formado parte de la Mongrel Coalition, el muy vociferante colectivo que hace no mucho puso en jaque a la comunidad literaria experimental en este país, señalando las jerarquías colonialistas y raciales que sus poemas, aparentemente radicales, dejaban incólumes.

En Un lugar antes de las palabras, la crónica que publicó la revista Texas Highways en septiembre de 2020, Ire´ene Silva rememora con gran lucidez las carreteras que recorrió al lado de sus padres mientras iban de un lado a otro en busca de trabajo en los campos del sur de Texas. A ella le tocaba, como a muchos niños de la primera generación, leer las señales del camino, traducir las noticias, o bajarse de la troca para negociar una habitación en moteles de paso. Silva, quien también ha escrito líneas memorables sobre las experiencias del cuerpo diabético, no solo describe el pasado, sino también, acaso sobre todo, el presente irresuelto de una nación que depende como nunca de la labor incansable de los ahora llamados trabajadores esenciales para continuar con el sueño americano. Antes, como ahora durante la pandemia, el Estado continuó negándoles la ciudadanía y el seguro médico a estos trabajadores esenciales sobre cuyas espaldas se erige la vida de tantos.

Ariana Brown se define como una poeta queer y negra mexicano-americana del sur de Texas. Y ahí, en la definición misma, está la provocación. La noción de mestizaje ha dominado muchas de las narrativas de la frontera entre México y Estados Unidos, invisibilizando así, con bastante frecuencia, el quehacer y la importancia tanto demográfica como política de la comunidad negra latinx. Lo dice continuamente, y muy bien, la poeta dominicana radicada en Houston Jasminne Mendez. Y nos los recuerda ahora, con una fuerza singular, Ariana Brown. Ya en Let Us Be Enough, su primera colección de poesía, Brown exploró la especificidad de la experiencia negra dentro de los espacios estrechos de las comunidades mexicano-americanas. Tal como quedó claro en las votaciones recientes, la comunidad latinx es mucho menos uniforme y mucho más compleja de lo que comúnmente se cree. Estamos en todos lados, es cierto, y venimos en todos los colores y sabores imaginables. El Black Lives Matter tampoco estaría completo sin las voces de los africano-latinx que viven en Estados Unidos.

Cristina Rivera-Garza es poeta y escritora, autora de El invencible verano de Liliana (Literatura Random House).

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