Columna
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El coste psicológico de poner la lavadora

Es hora de encender todas las luces. Y alumbrar siempre antes de cobrar para que la dignidad de los ciudadanos no se apague

Mujer pone una lavadora en su domicilio en Madrid, el 8 de marzo de 2021.
Mujer pone una lavadora en su domicilio en Madrid, el 8 de marzo de 2021.Víctor Sainz

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“La noche es para descansar, no para poner lavadoras” se lee en el folio blanco que un vecino ha colgado en su portal. Y debajo, escrito por otra mano: “La luz me la vas a pagar tú”. La imagen se hizo tan viral como un buen meme, aunque su autor asegura que está basada en hechos reales. En todo caso, la tormenta de chistes da una idea del impacto social de la última subida de esta factura. Incluso hay quien afirma que Pedro Sánchez cogerá el Falcon solo de madrugada para ponerse a planchar en la hora valle y crear un mundo más sostenible. (Esto sí es un meme). Pero después de una semana destripando la factura por bromas y céntimos, vale la pena analizar el coste psicológico y subjetivo de la misma.

Lo primero que debemos aceptar como ciudadanos es que no podemos entender cómo demonios se calcula el precio de la luz. Tanto es así que en el sector aseguran que si alguien te ha explicado el funcionamiento del sistema eléctrico y lo has entendido es que te lo han explicado mal. Hay que asumirlo. Las fórmulas del mix de producción de energía eléctrica son muy complejas, entre otras cosas porque para incentivar la inversión en renovables los gobiernos (de uno y otro color) han incentivado una rentabilidad demasiado alta. En todo caso, es imposible explicar la fórmula del todo. Intervienen factores políticos, meteorológicos, económicos… Y al consumidor no le queda otra que aceptar que el precio de esta necesidad básica es algo que nunca llegará a entender. Pero sí a pagar. Por eso cada día es más difícil discernir si no entendemos porque somos algo tontos o si nos están haciendo pagar como si lo fuéramos.

Pero el coste subjetivo del tarifazo va mucho más allá del insulto a nuestra inteligencia. En el análisis de los daños psicológicos que ocasionará la nueva factura es importante recordar que no venimos de un año cualquiera cuando recibimos esta noticia y que no somos a estas alturas unos ciudadanos cualquiera. Nosotros somos aquellos que asumimos que no hacía falta llevar mascarillas, después que debíamos quedarnos en casa, luego que solo podíamos salir en tramos horarios (expresión que será para siempre traumática), más tarde que las horas dependían de cada comunidad o incluso de cada barrio (en función de criterios nunca unificados), luego que había que ponerse Astrazeneca, después que no, finalmente que mejor sí (pero que la segunda dosis ya de otra si se prefiere). Nosotros, los que recibimos la noticia de la última subida, no solo somos consumidores, nosotros somos supervivientes. Hemos vivido un daño irreparable y además inevitable. Somos los que aceptamos que no todo se puede entender en una crisis sanitaria. Y quienes lo asumimos con solidaridad y sin desvelos conspiranoicos. Ahora bien, después del murciélago de China es fácil ver en la factura de la luz el ala oscura de un vampiro.

Y ahí el asunto de las horas verde y las valles, dibujadas de rojo, verde y amarillo como el traumático semáforo que nos indica la situación de la pandemia en distintos gráficos, ha terminado por volvernos locos. Porque, además de aceptar un precio arbitrario (por cuanto incognoscible), se nos propone coser la tarifa a nuestra intimidad hasta el punto de que ya no solo se nos obliga a aceptar la subida sino a comportarnos como súbditos. Los nuevos tramos nos invitan a asumir que en caso de pagar una factura demasiado alta, la culpa será nuestra. ¿Acaso nos atrevimos a poner la lavadora a la hora que nos dio la real gana?

Nos han explicado que los tramos horarios no son un capricho sino que responden a un bien mayor e incontestable: el ecológico. Lo que pasa es que no sabemos cuál es el plan para que la industria sea más sostenible ni qué lavadoras encenderán las fábricas por la noche. Tampoco conocemos cuánto podemos hacer los consumidores finales para hacer un uso más eficiente de la energía. Al final lo que más gasta es la nevera y la tele y esas dos van a seguir enchufadas. La lavadora no tiene un peso importante sobre la factura final, pero sí simbólico pues sirve para culpabilizarnos del exceso de gasto y de desembolso. Un poco como lo de acabar con el plástico cobrándonos las bolsas en el súper mientras cada manzana se envuelve en poliespan y film transparente en la sección de la fruta.

La transparencia siempre ha sido políticamente deseable pero ahora es además psicológicamente inexcusable. Porque de otro modo podríamos llegar a sentir que nos enfrentamos a un timo con los sellos y el respaldo de la Administración. Que los asuntos que no conocemos son asuntos que se ocultan con premeditación y que afectan cada día a aspectos más sensibles. Que la política insulta nuestra inteligencia y nuestra resiliencia y que su verdadero objetivo es controlar nuestro cuerpo y nuestros deseos hasta el punto de meterse en nuestra casa, de meterse incluso en nuestra colada, de husmear en nuestra prendas más íntimas. Son tantas las cosas que se supone no podemos entender como ciudadanos, empezando por el precio de una necesidad básica, que a estas alturas es difícil saber si detrás de la factura de la luz se esconde algún secreto de Estado o si lo secreto es ya y para siempre el Estado mismo. Por eso, por costoso que resulte, es hora de encender todas las luces. Y alumbrar siempre antes de cobrar para que la dignidad de los ciudadanos no se apague. El Estado, que nadie se equivoque, debe recordar que la energía más importante es la nuestra

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