Tribuna
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Un mundo sin párpados

Las esferas pública y privada, antes delimitadas, llevan tiempo erosionándose en internet. La frontera hoy está en un botón que activa o desactiva una cámara capaz de convertir nuestro dormitorio en un auditorio

ENRIQUE FLORES

Nada más cercano a la ceguera que un mundo saturado de imagen. Nuestro mundo-pantalla en cierta forma vuelve más difícil cerrar los párpados, y ante la saturación y disponibilidad que incita a ver todo el tiempo complica observar lo mirado, detener la imagen y profundizar en ella, abordar el espesor más allá de lo epidérmico. La dificultad de mirar sin párpados conlleva el riesgo de inmunizarnos frente a las imágenes que en otro tiempo nos hubieran agitado: ese niño tiritando en la frontera, esas muertes masivas.

Porque la luz tiene fama de alentadora, pero ¿han advertido cómo muchas de las cosas que importan suelen protegerse de ella y necesitan oscuridad o párpados? Sin ellos, ¿cómo entornar los ojos para enfocar lo que importa?, ¿cómo descansar en el sueño o ensimismarnos en el pensamiento interior?

Como si por defecto las compuertas de los dispositivos tecnológicos estuvieran abiertas todo el tiempo, y con ellas también los ojos, no siempre hay transición entre las pantallas. A menudo, incluso esas pantallas vienen con cámaras y, por tanto, con la posibilidad de ser vistos en lo que antes fue nuestra intimidad y madriguera, pequeñas viviendas, pisos y habitaciones mayoritariamente en el contexto urbano. Algunos que pueden se mudan a casas más grandes o a pueblos.

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Aquí o allí las habitaciones donde vivimos son, cada vez más, salas donde multitud de solos conectados también trabajamos. Las esferas pública y privada, antes delimitadas, llevan tiempo erosionándose en internet y la frontera entre ellas está en un botón que activa o desactiva una cámara y que es capaz de convertir, a golpe de dedo, nuestro dormitorio en un auditorio.

En este escenario vital-laboral que se normaliza, el trabajo inmaterial se está transformando en una práctica de prácticas indefinidas que trascienden aquella actividad central que buscaba disciplinarnos y describirnos socialmente. En su lugar el trabajo se derrama y nos desborda, haciéndose de una lluvia de tareas mediadas por tecnología y tejidas con comunicación y números; actividades dispersas que van cambiando, relacionadas con la visibilidad y la auto-promoción. Siendo ambiguas en su definición y pago, estas tareas son, sin embargo, claras en tener al sujeto como protagonista en el escaparate digital.

Bajo el escrutinio público online se puede tener una vida y trabajo modestos, pero experimentar una ansiedad de famoso. Como respuesta, las estrategias de supervivencia a las que empuja el medio estimulan la impostura y, más allá, donde empieza la carne, se naturalizan los ansiolíticos.

En cierta forma, es como si el párpado estuviera atascado o el interruptor que nos apaga la luz para dormir, profundizar o distanciarnos de la tecnología no funcionara. Hay entonces algo excesivo que fatiga, no solo en la apropiación del tiempo, sino en la hipervisibilidad que ofrece la vida conectada, en tanto ha normalizado hábitat laboral y vital. Desde ella me pregunto, ¿dónde residen las sombras cuando el sentido del hacer descansa en ser visto y para ello precisa estar iluminado?

Que los sujetos (con sus nombres y biografías) vayan adjuntos a una opinión o trabajo expuestos implica que la crítica, también expuesta, se cierne implacable como causa posible de daño donde se dificulta el tiempo reflexivo. Que su nombre iluminado (aunque solo lo sea para usted) protagonice sus redes le hace sentir que no debe bajar la guardia, le dificulta esconderse. A la pérdida de sombra —que es aquí una clara pérdida de intimidad— se suma que los tiempos de trabajo están entrelazados con la exposición pública.

Nada hace sentir más vulnerable a un trabajador creativo que exponerse en su obra y hacerlo, como hoy, en escaparates tecnológicos sin horarios ni párpados, donde es habitual sentir que están ocupados todo el día en el bucle de un hacer digitalizado. Si fueran ricos o valientes hace tiempo que muchos habrían abandonado las redes o las gestionarían de otras maneras, pero ser visibles es hoy exigencia para que ellos mismos difundan sus trabajos y participen de la cadena que retroalimenta el circuito productivo. La competición es por lograr más ojos en tanto canjeables como nueva forma de valor.

En la visibilidad contemporánea se funden las esferas clásicas que hasta hace poco permitían diferenciar la vida abiertamente accesible a los demás como vida pública, la que conformamos con las personas que vivimos como vida privada, y la que solo nos pertenece a cada uno como vida íntima. Hay quien sitúa la crisis del sujeto contemporáneo en la disolución de las esferas pública e íntima y en su fusión en el mar público-privado que conformamos en nuestras habitaciones conectadas.

Pienso en las culturas pasadas y diversas que conozco y en todas ellas un rasgo común ha sido la protección de la esfera privada. Ahora no solo no se protege, sino que muchas personas buscan visibilizarla en la red, como si eso fuera parte reclamada para su expectativa laboral y de socialización, convirtiendo sus vivencias en capital. Pero matizo, tras ese “buscan” creo que muchos “se sienten obligados a estar” para ser vistos, y a ser vistos para seguir trabajando.

Hace tiempo que el modelo de negocio digital brinda gratuitamente sus servicios de uso a cambio de apropiarse de datos y de tiempo, incentivando la conversión del sujeto en producto. El propósito es que los usuarios pasen más tiempo en las aplicaciones y plataformas. Aunque ni ustedes ni yo interesamos expresamente, interesa que participemos del circuito de control global: que al compartir lo que hacemos, la rueda gire, dejemos rastros, y esto exija a otros pronunciarse, portar el poder de dejar huellas y datos para pronosticarnos, siendo parte activa de los modos de control y de productividad.

Primero se orienta a exponerlo todo, se archiva silenciosamente, después se genera la ilusión de olvido bajo el recordatorio de contingencia y exceso, y pasado el tiempo se recupera, pudiendo juzgar lo guardado indefinidamente, cuando probablemente los sujetos ya sean otros. He aquí una cuestión cardinal para la ansiedad que marca nuestras vidas (no solo trabajo), que ante la puesta en riesgo de la intimidad en un mundo abierto, claramente, no es igual dirigir estas fuerzas de exposición desde dentro de uno mismo, por voluntad y decisión propia, que incentivadas desde el exterior. Esto es clave en la exteriorización de la vida íntima. Porque hay grados de transparencia y hay persianas, pero ¿quién tiene el control? De hecho, todo apunta a que la externalización de la intimidad es un motor rentabilizado por el poder económico, azuzado por el mercado que en ella encuentra la materia prima para gestionar y predecir a las personas desde la tecnología.

Qué alivio entonces poder controlar los párpados. Qué alivio contar con la oscuridad que permite detenernos y extrañarnos ante las cosas, recuperar la atención perdida, entornar los ojos e interpelar lo mirado manteniendo activa nuestra curiosidad. Qué alivio frenar en el ver productivo de quien acumula sin integrar ni componer lo que recolecta sintiéndose solo frente a su pantalla.

La sumisión de un mundo sin párpados es posible porque se debilitan las formas éticas de solidaridad y ciudadanía, pero también el pensamiento propio que requiere sujetos con párpados y vida íntima. De cómo una época gestiona, promueve o dificulta la intimidad para unos y otros se derivan diferentes mundos de vida y de ciudadanía. Diría que distintos grados y espejismos de libertad.

Remedios Zafra es investigadora en el Instituto de Filosofía del CSIC y autora de Frágiles. Cartas sobre la ansiedad y la esperanza en la nueva cultura (Anagrama).

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