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‘Desalarmados’

Algunos nos acostumbramos a las cadenas y, ahora, al finalizar el estado de alarma, vamos como vacas sin cencerro

Jóvenes reunidos y en ambiente festivo en una calle de Barcelona durante la primera noche sin el estado de alarma.
Jóvenes reunidos y en ambiente festivo en una calle de Barcelona durante la primera noche sin el estado de alarma.Lorena Sopêna i Lòpez / Europa Press

Lo negarán todos los portavoces parlamentarios. Pero me consta que, independientemente de sus siglas, muchos padres y madres de la patria, y de sus respectivas proles no emancipadas, echan de menos el estado de alarma, y no precisamente por miedo a la quinta ola. El toque de queda lesionaba derechos y libertades fundamentales, de acuerdo. Pero había obrado el milagro de que toda la familia estuviera recogidita en casa a las 11 de la noche, aunque el resto de la velada los mayores se dedicaran a tontear con desconocidos en Tinder y los pequeños a ver porno, o viceversa, en sus respectivos móviles sin dirigirse la palabra. Nada nuevo, vale. La falta de autoridad moral y de la otra, y el miedo de los padres a la libertad de los hijos son tan viejos como el mundo. Ya dijo esa madre coraje llamada Isabel Pantoja que prefería que su hija Isa, a la sazón una señora de veintitantos años, estuviera encerrada en Gran Hermano antes que suelta por la calle. Lo nuevo es que, a cuenta de la pandemia, papá Estado nos había solucionado la papeleta y ahora nos toca volver a vivir en vilo.

Pensé en ello el pasado sábado al ver la estampida de jóvenes y no tanto de vuelta a la juerga nocturna pasándose la responsabilidad por el septum. Esos hijos de su madre también tienen padres, pero los irresponsables siempre son los otros. Tú, don o doña perfecta, que te fuiste un finde a la playa con un papel de tu cuñao el fontanero diciendo que ibas a sellar una gotera, o yo, periodista, que pensé en ir a mojarme el culo porque siempre podía decir que iba a hacer un reportaje sobre, yo qué sé, las mutaciones de las algas marinas tras meses sin bañistas, somos probos ciudadanos. Pues mira, no. Ni tanto ni tan poco. La inmensa mayoría de jóvenes y adultos hemos cumplido las normas. Pero también es cierto que algunos nos acostumbramos a las cadenas y, ahora, desalarmados, vamos como vacas sin cencerro.

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